Por Ernesto Buenaventura
Durante el período transcurrido entre la muerte de Lenin y
principios de los 90 explotaron varias revoluciones obreras y populares, que
fueron conducidas por el stalinismo, como China, Vietnam y Cuba. A pesar de que
en esos países se expropió a los grandes capitalistas, los gobiernos que concretaron
esta medida se convirtieron rápidamente en dictaduras burocráticas y enemigos acérrimos
de la herramienta principal del socialismo, la democracia directa.
Los líderes “comunistas” utilizaron el control dictatorial
del estado soviético para imponer esta misma metodología en los nuevos gobiernos
“socialistas”, no para extender las revoluciones, sino para negociar espacios
de poder con el imperialismo y preparar el terreno para la restauración
capitalista. Para avanzar en ese sentido se propusieron borrar de la memoria
obrera las experiencias más radicalizadas, en cuanto al desarrollo de la
democracia de las bases, como el régimen de los soviets de 1917 y la gloriosa Comuna
de París.
Los stalinistas abortaron decenas de revoluciones o, como en
estos casos, las estrangularon desde adentro, con el propósito de aplastar cualquier
atisbo de autodeterminación del movimiento de masas. La fortaleza del aparato
contrarrevolucionario, organizado por el PC de la ex URSS, bloqueó el
crecimiento del trotskismo y otras direcciones revolucionarias consecuentes.
Trotsky enfrentó esa trágica realidad, promoviendo una “Revolución Política” para
liquidar estos regímenes dictatoriales, recuperar la economía estatizada y
ponerla bajo control de un régimen soviético democrático.
Para eso, Trotsky y sus compañeros de ruta apoyaron las
luchas de resistencia que tuvieron lugar dentro de los estados obreros
degenerados y los organismos proletarios -centrales obreras, sindicatos, etc.- dirigidos
por la burocracia traidora. Una de las primeras manifestaciones de esta lucha,
total y absolutamente defensiva, se expresó mediante la caída de los ritmos de
producción, sin llegar a la huelga.
Con el avance de la crisis económica y el impacto de la
lucha internacional de clases, estallaron las primeras rebeliones anti
stalinistas, como Alemania en 1953, Hungría en 1956 o la “Primavera de Praga” en
1968. A pesar de que estos levantamientos fueron derrotados, su potencia sentó
las bases del proceso revolucionario, que, años más tarde, acabó con el poder
stalinista en la ex URSS y el este europeo.
Aunque la rebelión antistalinista no llegó a tiempo para frenar
la restauración capitalista, fue extremadamente progresiva, ya que destruyó el dique
de la democracia obrera, construido durante años por los burócratas comunistas.
Una de las insurrecciones que empujó más decididamente esa perspectiva, fue la que
estalló en Hungría en octubre de 1956. ¡Milllones de trabajadores y
trabajadoras ganaron las calles exigiendo una modificación radical del régimen
político, pero sin cuestionar las bases económicas del sistema “socialista”!
Este proceso revolucionario tuvo puntos de contacto con la Comuna
de Paris de 1871 y la revolución rusa de 1917, ya que el movimiento de masas,
que tomó en sus manos el combate contra el stalinismo, se organizó en los consejos
húngaros, que funcionaban como verdaderas asambleas populares en las que se discutía
y resolvía todo. Los burócratas comunistas, de Hungría y la URSS, respondieron con
una brutal represión, para lo cual utilizaron tropas provenientes de Asia Central.
A los soldados y tanquistas movilizados, que no conocían el idioma y la idiosincrasia
del pueblo húngaro, les mintieron, diciéndoles que debían enfrentar a “contrarrevolucionarios
fascistas”.
Sin embargo, las tropas no se encontraron con piquetes
fascistas, sino con la huelga general y una heroica resistencia armada, que terminó
siendo aplastada por el ejército invasor, que disolvió los comités
revolucionarios e inició una brutal persecución contra la vanguardia obrera y
estudiantil. A pesar de la destrucción de los consejos, la revolución política
continuó avanzando, por eso, muy poco tiempo después, reapareció en
Checoeslovaquia, con la gloriosa “Primavera de Praga” de 1968, las grandes
luchas obreras de Polonia de los 70 y 80, preparatorias de la caída del Muro y
la debacle stalinista de los 90.
La revolución proletaria de Hungría inició una lucha más
global, que, a pesar de sus contradicciones, fue victoriosa, porque acabó con los
enemigos de la democracia soviética y principales socios del imperialismo
yanqui. La caída en desgracia de estos traidores ha sido y continúa siendo una
verdadera “bendición” para los y las de abajo, que ahora cuentan con la
posibilidad de auto-determinarse, a partir de las asambleas de base, que serán
la piedra angular de las próximas revoluciones.

















