El acuerdo cipayo del gobierno por los vuelos a Malvinas provocó un salto de calidad en el desarrollo de la crisis interna del oficialismo


Por Damián Quevedo

 

Entre todos los acontecimientos escandalosos producidos durante el último viaje de Milei a los Estados Unidos, hay uno que no tuvo tanta prensa, pero, en los hechos, es de suma importancia. Tiene que ver con un tema muy sentido por la mayoría del pueblo argentino y está relacionado a la soberanía de las islas Malvinas.  

En medio de las frenéticas reuniones del presidente con personajes de las finanzas y políticos imperialistas, para rasguñar algún dólar, en busca de dólares, la canciller argentina, Marisa Mondino, se reunió con su par británico para acercar posiciones en torno al conflicto del archipiélago en disputa.

Esta actitud hizo estallar de bronca a la vicepresidenta Victoria Villarruel, que hizo públicas sus críticas al acuerdo pactado con Inglaterra, en cuanto a la reanudación de viajes a las islas, desde Brasil con escala en Córdoba.

En una nueva toma de distancia con el gobierno que integra, la vicepresidenta Victoria Villarruel cuestionó en duros términos el acuerdo, advirtiendo que esa propuesta es "contraria a los intereses de nuestra Nación", dado que se plantea "cooperar con la potencia que usurpa nuestro territorio".

Mas allá de la retórica antiimperialista, que en boca de Villarruel se parece a una broma de mal gusto, esta pelea puso en el tapete dos cuestiones importantes. La primera. tiene que ver con el paso que dio Milei en cuanto al abandono del reclamo protocolar de la soberanía malvinense, algo que ningún otro gobierno se animó a concretar.

La segunda cuestión, que va de la mano de esta conducta cipaya, es que, las declaraciones de la vice expresan -nuevamente- que, dentro del gobierno, se está desarrollando una crisis fenomenal que amenaza con hacerlo explotar por los aires. Todo esto disminuye la confianza de los capitalistas, que, mayoritariamente, no están dispuestos a tirarle un mango a un gobierno incapaz de garantizar la gobernabilidad.

A esta realidad, más que adversa para las intenciones libertarias, hay que agregarles los cachetazos del poder judicial que recibió Milei, con los rechazos a la judicialización del conflicto aeronáutico y al intento de avanzar en la privatización del Banco Nación sin pasar por el Congreso.

Los revolucionarios consecuentes deben aprovechar estas circunstancias para ocupar el principal lugar en el terreno de la oposición política, pegándoles duro, tanto al gobierno como al resto de la “casta” que se pinta de opositora, como la vice, que, aunque critica el acuerdo por Malvinas, defiende la política de entrega del país a las grandes potencias imperialistas.  

Solo la izquierda puede proponer una salida distinta, a través de la lucha por una segunda y definitiva independencia nacional.

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