Cristina, igual que Milei -aunque con formas distintas- gobernó para Monsanto, Chevron y compañía
Por Juan Giglio
Ciertos sectores del progresismo y de la izquierda todavía
sostienen que Cristina Fernández de Kirchner enfrentó a los grandes intereses
del agronegocio durante el llamado “conflicto del campo” de 2008. Sin embargo,
aquella disputa estuvo lejos de constituir una batalla contra el modelo
agroexportador.
Es cierto que el Gobierno mantuvo una pulseada con la
Sociedad Rural, Confederaciones Rurales Argentinas, la Federación Agraria y
otras entidades por la aplicación de retenciones móviles. Pero nunca cuestionó
el poder de las multinacionales semilleras, los fabricantes de agrotóxicos, los
grandes exportadores ni los pooles de siembra. Por el contrario, garantizó la
continuidad de un modelo basado en el monocultivo, la concentración de la
tierra, la expansión de la frontera agrícola y la apropiación privada de la
renta agraria.
La prueba más contundente llegó el 15 de junio de 2012.
Frente a los empresarios estadounidenses reunidos en el Consejo de las Américas
de Nueva York, Cristina Fernández reivindicó públicamente las inversiones de
Monsanto y presentó la biotecnología empresarial como una pieza fundamental
para el futuro de la producción de alimentos. El propio comunicado de la Casa
Rosada destacó la inversión de la multinacional en Malvinas Argentinas,
Córdoba, y celebró que la Argentina estuviera “a la vanguardia” en materia de
patentes y eventos biotecnológicos. [El discurso todavía puede consultarse en
el archivo oficial] https://www.casarosada.gob.ar/informacion/archivo/25917-ante-empresarios-estadounidenses-la-jefa-de-estado-sostuvo-que-argentina-tiene-un-futuro-muy-promisorio.
No fue una equivocación ni una contradicción circunstancial.
Fue una definición de clase. Mientras el kirchnerismo pronunciaba discursos
contra “las corporaciones”, ofrecía a una de las mayores multinacionales del
agronegocio condiciones favorables para ampliar sus negocios. Como el tero,
gritaba en un lugar y ponía los huevos en otro.
La alianza resultaba todavía más escandalosa porque, casi
simultáneamente, comenzaba en Córdoba el primer juicio oral del país por
fumigaciones ilegales con glifosato y endosulfán. El proceso no tuvo a Monsanto
como acusada: los imputados fueron dos productores y un piloto aeroaplicador.
En agosto de 2012, un productor y el piloto fueron condenados a tres años de
prisión condicional por contaminación ambiental.
La causa dejó al descubierto las consecuencias del modelo
agroindustrial. En el barrio Ituzaingó Anexo se habían denunciado alrededor de
200 casos de cáncer, cien de ellos mortales, mientras que diversos análisis
detectaron agroquímicos en el organismo de numerosos niños. Los hechos juzgados
correspondían a fumigaciones realizadas en 2004 y 2008, cuando el barrio ya se
encontraba bajo emergencia sanitaria. [La sentencia constituyó el primer
precedente penal argentino de este tipo] https://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-201610-2012-08-22.html.
El problema, además, nunca se redujo a un solo barrio. Las
fumigaciones rodearon poblaciones y escuelas rurales de Córdoba, Santa Fe,
Entre Ríos, Buenos Aires y otras provincias. Docentes, familias, médicos y
organizaciones ambientales denunciaron intoxicaciones, enfermedades y la
presencia de agrotóxicos en el agua, el suelo y el organismo de niños y
trabajadores. Frente a esas advertencias, los gobiernos nacionales y
provinciales protegieron la rentabilidad de los grandes productores y las
multinacionales.
Esa fue la verdadera política agraria del kirchnerismo: no
acabar con el poder de la oligarquía y los monopolios, sino negociar con ellos
la distribución de una parte de la renta mientras se mantenían intactas las
bases del negocio, una orientación similar a la que Cristina y los suyos
desarrollaron hacia la industria petrolera. En 2014, impulsaron la Ley 27.007,
aprobada por el PJ junto al macrismo, sectores del radicalismo, fuerzas
provinciales y otros representantes de la oposición patronal. La norma
profundizó la entrega de los hidrocarburos al gran capital y creó condiciones
todavía más favorables para las petroleras.
La ley estableció concesiones de 25 años para la explotación
convencional, 35 para la no convencional —incluido el fracking— y 30 para las
explotaciones en la plataforma continental. Lo más grave es que habilitó
prórrogas sucesivas de diez años. Esto significa que, en la práctica, las
empresas pueden perpetuarse sobre los yacimientos mientras las autoridades
continúen renovando sus concesiones. [Así quedó establecido en el texto de la
Ley 27.007] https://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/235000-239999/237401/norma.htm.
La normativa también extendió los beneficios del régimen
creado por el Decreto 929/2013 y redujo de mil millones a 250 millones de
dólares la inversión mínima necesaria para ingresar en él. Después de tres
años, las empresas beneficiadas podían comercializar libremente en el exterior
hasta el 20% de su producción, sin obligación de ingresar esas divisas al país.
No se trató, por lo tanto, de recuperar la soberanía energética, sino de
ofrecer Vaca Muerta y otros recursos estratégicos como garantía de rentabilidad
para Chevron y el resto de las petroleras imperialistas.
Estos hechos pulverizan el relato de un kirchnerismo
enfrentado con el imperialismo. Cristina Fernández administró los intereses del
gran capital con un discurso distinto en las formas del utilizado hoy por Milei,
pero muy parecido en cuanto a su contenido entreguista. Mientras el libertario
proclama abiertamente su subordinación a Washington y a las corporaciones, el
kirchnerismo encubrió sus acuerdos con una retórica “nacional y popular”.
El vínculo privilegiado de Cristina con el ala “progresista”
del Partido Demócrata estadounidense tampoco modificó esa relación de
dependencia. Cambiaron los interlocutores, las formas diplomáticas y los
discursos, pero no la subordinación económica ni la entrega de los recursos
naturales.
Los trabajadores y el pueblo debemos enfrentar el ajuste de
Milei, Caputo y el FMI, pero sin depositar ninguna confianza en quienes ya
gobernaron para Monsanto, Chevron, las mineras y los grandes exportadores.
Volver al kirchnerismo no significa salir del saqueo, sino regresar a otra
variante de su administración.
La única salida verdaderamente antiimperialista consiste en
expropiar a los monopolios, nacionalizar la banca y el comercio exterior bajo
control obrero y colocar la tierra, los hidrocarburos, la minería y el conjunto
de los recursos estratégicos al servicio de las necesidades populares. Esa
tarea no será realizada por ninguna fracción del peronismo ni de la burguesía.
Requiere una organización revolucionaria de la clase trabajadora y una lucha
consciente por un gobierno obrero y socialista.




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