Los Milei, jaqueados por la crisis y el crecimiento del odio popular, recurren a Macri, un verdadero salvavidas de plomo

Por Juan Giglio

La Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara de Diputados, presidida por el economista ultraliberal Alberto “Bertie” Benegas Lynch, comenzó a discutir la modificación de la Carta Orgánica del Banco Central. Se trata de una reforma reclamada insistentemente por Javier Milei para poner esa institución al servicio exclusivo de los requerimientos del FMI, el capital financiero internacional y el gobierno de Donald Trump.

Benegas Lynch convocó a varios economistas amigos del oficialismo para que defendieran el proyecto. Entre ellos estuvo Miguel Ángel Boggiano, quien, además de respaldar la iniciativa libertaria, se dedicó a atacar, en tono provocador, a los partidos que gobernaron anteriormente por haber hecho “mal los deberes” en el manejo del Banco Central.

El problema comenzó cuando Boggiano dirigió sus dardos no solo contra el kirchnerismo, sino también contra la Unión Cívica Radical y el PRO, dos fuerzas cuyos votos necesita el Gobierno para aprobar sus proyectos. En la bancada de La Libertad Avanza hubo varios que se agarraron la cabeza. El jefe del bloque, Gabriel Bornoroni, y la diputada Silvana Giudici, proveniente del PRO, tuvieron que intervenir para poner paños fríos y evitar que naufragara el acuerdo. Finalmente, el oficialismo consiguió las firmas necesarias, aunque estuvo a punto de provocar una nueva ruptura con sus aliados. (La Nación, 13 de agosto)

Las palabras del expositor también provocaron la ira del diputado del PRO Fernando de Andreis, quien amenazó con rechazar el dictamen. La situación adquirió ribetes tan patéticos que el representante de Unión por la Patria Itai Hagman ironizó: “Parece un programa de streaming; falta que venga el Gordo Dan a explicar el proyecto”.

El episodio retrata el grado de descomposición del oficialismo. En un contexto de extrema debilidad económica, política y social, el Gobierno es boicoteado por fracciones de su propio espacio. No existen diferencias estratégicas de fondo entre ellas: todas defienden el ajuste, el pago de la deuda y los intereses del gran capital. Lo que las enfrenta es la disputa por los cargos, las cajas estatales, los negocios y las candidaturas para 2027.

La reforma del Banco Central forma parte de esa ofensiva contra el pueblo trabajador. El objetivo es eliminar cualquier función vinculada con el crecimiento económico, el empleo o la estabilidad del sistema productivo, para transformar definitivamente la institución en una escribanía del capital financiero. Bajo el discurso de la “independencia” y la “estabilidad monetaria”, el Gobierno pretende garantizar el pago de la deuda externa y blindar los intereses de los bancos, incluso a costa de una recesión más profunda, nuevos despidos y una mayor destrucción de los salarios.

En ese cuadro tampoco resulta casual que Karina Milei se haya reunido durante más de media hora con Mauricio Macri para reclamar el auxilio del expresidente y de su partido. Contra lo que esperaban algunos dirigentes del PRO, la “hermanísima” no habría impuesto condiciones para iniciar el acercamiento. El mediador fue Diego Santilli, quien, según la nota cita de La Nación, representa a Macri ante Karina Milei y a Karina Milei ante Macri.

Una de las cuestiones que habrían discutido está relacionada con el eventual recambio de la jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Ese lugar podría ser ocupado por Santilli si Mauricio Macri acepta entregar la cabeza política de su primo, Jorge Macri, quien ha adquirido cierta autonomía respecto del expresidente, incluso mayor que la que tuvo Horacio Rodríguez Larreta antes de romper con el jefe del PRO.

Estos enjuagues, traiciones y negociaciones electorales no constituyen ninguna anomalía. Son prácticas habituales de los partidos patronales cada vez que se aproximan las elecciones, particularmente las presidenciales. Lo específico de la situación actual es que las maniobras se desarrollan en medio de una crisis furibunda del Gobierno y de una modificación incipiente de la relación de fuerzas entre el movimiento de masas y el régimen político.

Ese cambio comenzó a manifestarse durante el Mundial, con la irrupción popular de la bandera de Malvinas y los festejos por la victoria contra Inglaterra, y adquirió una expresión política más concreta en la enorme movilización contra la extranjerización de las tierras. El Gobierno, que pretendía avanzar sin obstáculos con el programa colonial del FMI y las grandes corporaciones, empezó a comprobar que existe una resistencia social creciente, capaz de hacerlo retroceder.

La debilidad de Milei, sin embargo, no significa que las fuerzas políticas tradicionales representen una alternativa. El PRO, la UCR y los gobernadores “dialoguistas” discuten cargos y condiciones, pero comparten lo esencial del programa de ajuste. El peronismo, por su parte, está todavía más sumergido en su propia crisis y actúa como un verdadero peso muerto: contiene las luchas, desmoviliza y prepara nuevas variantes de recambio para preservar el mismo régimen capitalista que engendró a Milei.

La situación favorable para los trabajadores y los sectores populares debe ser aprovechada por la izquierda revolucionaria. Para ello tiene que ponerse al frente de la resistencia, impulsar la movilización independiente y trazar una delimitación tajante con el peronismo y todas las fuerzas patronales. La tarea no consiste en rescatar al régimen mediante nuevos pactos parlamentarios, sino en organizar la fuerza social que pueda derrotar el ajuste, enfrentar al FMI y abrir una salida política propia de la clase trabajadora.

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