Créditos en dólares, el gobierno jugando con el fuego que provocó el gran incendio de 2001

 


Por Damián Quevedo

El Gobierno parece empeñado en repetir algunas de las fórmulas que condujeron al estallido de 2001. No deja de resultar significativo que varios funcionarios que hoy ocupan lugares centrales hayan transitado distintas experiencias de gobierno responsables del endeudamiento y la valorización financiera. El autoproclamado “Messi de las finanzas”, Luis Caputo, vuelve a apostar a una receta conocida: **más deuda para intentar salir de una crisis provocada, entre otras cosas, por el propio endeudamiento.**

Como si no alcanzara con la recesión, el peso de la deuda externa y la creciente montaña de deudas de trabajadores y familias con tarjetas de crédito, bancos y billeteras virtuales, ahora el Gobierno decidió flexibilizar las condiciones para que los bancos presten los dólares depositados por sus clientes.

*El Poder Ejecutivo oficializó este viernes por la noche la flexibilización de los créditos en dólares que permitirá a los bancos prestar parte de los depósitos en moneda extranjera a empresas, incluso aquellas que generan sus ingresos en pesos. Tal como había anunciado el ministro de Economía, Luis Caputo, el Gobierno dispuso la aplicación de esta medida a través del DNU 736/2026, publicado a través de un suplemento del Boletín Oficial.*¹

Según el Ejecutivo, el objetivo consiste en ampliar el crédito empresario para impulsar la actividad económica. En palabras del vocero presidencial: hacer que “circulen los dólares”. Pero detrás de esa explicación aparece una pregunta elemental: **¿qué sucede cuando una empresa toma deuda en dólares pero obtiene sus ingresos en pesos?**

El problema no es menor. Una devaluación puede incrementar brutalmente, medida en pesos, la deuda de esas compañías. Y si una cantidad significativa de préstamos se vuelve incobrable, el problema deja de pertenecer exclusivamente a las empresas endeudadas y comienza a trasladarse al sistema financiero.

Por eso la medida puede terminar teniendo resultados muy diferentes de los prometidos: puede resultar inútil para reactivar una economía recesiva; puede alimentar una nueva burbuja de endeudamiento privado; y, en un escenario de creciente desconfianza, puede incentivar a los ahorristas a retirar sus dólares antes de que sean utilizados por los bancos para financiar créditos cada vez más riesgosos.

No significa que un nuevo corralito sea inevitable. Significa algo igualmente preocupante: **el Gobierno está jugando con uno de los elementos más sensibles de la memoria económica argentina, los depósitos en dólares, para intentar fabricar mediante crédito una recuperación que no consigue producir en la economía real.**

Crecer con plata prestada

La premisa de Caputo consiste en suponer que abriendo el grifo del crédito aparecerán las inversiones, aumentará la producción y finalmente llegará el crecimiento. Es la misma lógica que ha caracterizado buena parte de su actuación pública: endeudarse para conseguir dólares, utilizar esos dólares para sostener un determinado esquema económico y, cuando llegan los vencimientos, buscar nuevos préstamos para pagar los anteriores.

Ninguna empresa, rama industrial y mucho menos un país crecen simplemente porque tengan acceso al crédito. ¿Para qué va a producir más una fábrica si no tiene a quién venderle?

El Gobierno abrió completamente la economía mientras destruye el mercado interno. Las empresas nacionales deben competir con gigantes extranjeros —chinos, estadounidenses, europeos— que poseen escalas productivas, tecnologías, financiamiento y niveles de productividad imposibles de igualar para buena parte de la industria argentina.

Al mismo tiempo, los trabajadores pierden poder adquisitivo, los jubilados recortan sus consumos y los pequeños comerciantes acumulan deudas. En esas condiciones, ofrecer dólares prestados a empresas que venden en el mercado interno tiene algo de absurdo. **El problema fundamental no es que falten dólares para pedir prestados: faltan compradores con plata en el bolsillo.** Y esos compradores son, fundamentalmente, los trabajadores.

El dinero de otros

Existe además otra contradicción particularmente escandalosa. El Gobierno que hizo de la frase “no hay plata” una bandera y que acusa permanentemente al Estado de gastar “la plata de los contribuyentes” pretende ahora dinamizar la economía utilizando dólares que tampoco son suyos. Son los dólares de los depositantes. Utilizando la propia jerga presidencial podría decirse: **“con la tuya”.**

Liberar esos recursos para intentar que mágicamente aparezcan inversiones, crezca la economía, baje la inflación y aumente el consumo constituye una apuesta desesperada. Porque el problema de fondo sigue intacto. La economía argentina está sometida al peso de la deuda externa, la fuga de capitales y la subordinación al capital financiero internacional. Mientras tanto, el ajuste descarga la crisis sobre quienes viven de su salario. No existe alquimia financiera capaz de resolver esa contradicción.

Populismo financiero para sobrevivir

La medida tiene también una explicación política. El Gobierno viene acumulando derrotas parlamentarias y, mucho más importante todavía, enfrenta una creciente resistencia en las calles. La recesión y el deterioro de las condiciones de vida empiezan a transformar el malestar social en lucha. Frente a esa situación, el oficialismo necesita desesperadamente alguna señal de recuperación.

De allí esta especie de **populismo financiero berreta**: como el ajuste no produjo el crecimiento prometido, ahora se intenta estimular artificialmente la economía mediante créditos en dólares. Pero las deudas no crean riqueza por sí mismas. Solamente adelantan recursos que después deben ser devueltos. Y cuando una economía estancada acumula simultáneamente deuda pública, deuda empresarial y endeudamiento familiar, llega un momento en que la montaña de obligaciones empieza a pesar sobre todo el sistema.

Argentina conoce perfectamente esa película. Por eso la comparación con 2001 no debe plantearse como una repetición mecánica de la historia. Las condiciones son diferentes. Pero existen mecanismos que deberían encender todas las alarmas: recesión, endeudamiento creciente, dependencia del financiamiento externo y utilización del sistema financiero como tabla de salvación de una economía que no logra despegar. El Gobierno está jugando con fuego. Y pretende hacerlo con los dólares de otros.

Que la crisis la paguen los capitalistas

La cuestión decisiva, sin embargo, no consiste en esperar pasivamente un nuevo derrumbe. La crisis económica está profundizando las contradicciones sociales y la clase obrera empieza a responder. Cada lucha salarial, cada paro y cada movilización muestran que existe una fuerza capaz de enfrentar el programa de Milei, el FMI y los grandes capitalistas.

Pero esas luchas necesitan unificarse. Las conducciones burocráticas que aíslan cada conflicto y se niegan a organizar un verdadero plan de lucha funcionan como un salvavidas para un Gobierno cada vez más golpeado. Por eso la tarea de la izquierda revolucionaria no puede limitarse a denunciar la posibilidad de una nueva crisis. Tiene que intervenir para centralizar las luchas, impulsar un programa propio de la clase trabajadora y disputar una salida política frente al fracaso del experimento libertario.

Porque si finalmente vuelve a estallar la bicicleta financiera, la discusión fundamental será la misma de siempre: **¿quién va a pagar la crisis?** Para Milei, Caputo, el FMI y los bancos, la respuesta está escrita de antemano: los trabajadores. Nuestra respuesta tiene que ser exactamente la contraria. **Esta vez, que la crisis la paguen los capitalistas.**

 

¹ *La Nación*, 15 de agosto de 2026.

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