Crecen las deudas populares con bancos, aplicaciones y usureros locales que se enriquecen gracias a Milei y su banda

Por Ernesto Buenaventura

La movilización convocada para este jueves, con el objetivo de exigirle al Estado una respuesta frente a la crisis de endeudamiento que golpea a millones de trabajadores, pequeños industriales y comerciantes, pone de manifiesto la gravedad de un problema que crece al ritmo de la recesión, la inflación y la destrucción de los ingresos populares.

*En el país hay 5,8 millones de personas con créditos impagos o atrasos graves, según los datos del Banco Central de la República Argentina. Ese número se refiere a los que tomaron préstamos en los circuitos oficiales —tarjetas de crédito, billeteras virtuales y préstamos personales—, lo que significa que la cantidad total de endeudados que no están pudiendo pagar es todavía mayor. A los datos oficiales hay que sumar a quienes recurrieron a circuitos informales: vecinos, prestamistas de barrio e incluso redes vinculadas al narcotráfico.*[^1]

No se trata de individuos que “gastaron más de lo que podían”, como pretenden instalar el Gobierno, los bancos y sus voceros mediáticos. El endeudamiento para pagar alimentos, medicamentos, alquileres, tarifas y otros gastos elementales es una consecuencia directa de la política de ajuste y saqueo aplicada por el gobierno libertario.

Los salarios y las jubilaciones están planchados, mientras aumentan los precios y se multiplican las tarifas de los servicios esenciales. Millones de familias recurren al crédito para sobrevivir y después toman nuevas deudas para pagar las anteriores. Así se conforma una verdadera bicicleta financiera popular, no destinada a la especulación ni al enriquecimiento, sino a garantizar la comida de todos los días.

*En un hogar con dos jubilaciones mínimas, el peso de los servicios públicos sobre los ingresos pasó del 5,1 % al 17,3 %, más del triple. Para una familia con un ingreso mensual de 1,5 millones de pesos, equivalente al ingreso medio, la participación de esos servicios se duplicó, del 7 % al 14 %. En un hogar sostenido por un salario medio del sector formal, casi se triplicó: pasó del 3,8 % al 10,7 %.*[^2]

Esta política constituye un gigantesco mecanismo de transferencia de recursos desde los trabajadores hacia los bancos, las empresas de servicios, los monopolios y el capital financiero. Mientras las mayorías populares se endeudan para comer o pagar la luz, los grandes grupos económicos reciben beneficios impositivos, subsidios, desregulaciones y todas las garantías necesarias para continuar acumulando ganancias.

La otra cara de esta situación es el deterioro constante de la imagen del Gobierno. La recesión, el aumento de las deudas familiares y los escándalos de corrupción erosionan su base social, incluso entre sectores que votaron a Milei. Al mismo tiempo, comienza a emerger un proceso de resistencia colectiva contra el ajuste.

La movilización de los endeudados, en la que participan centrales sindicales, movimientos sociales y partidos de izquierda, no constituye un fenómeno aislado. Forma parte de un proceso más general de luchas contra el plan de saqueo: la defensa de la tierra frente a los capitales extranjeros, las movilizaciones contra los despidos, la resistencia ante el cierre de fábricas y los reclamos de jubilados, docentes y trabajadores estatales.

Cada una de estas peleas expresa, desde diferentes lugares, una misma contradicción: mientras el Gobierno pretende descargar la crisis sobre las espaldas del pueblo, sectores cada vez más amplios comienzan a comprender que ninguna salida individual podrá resolver problemas que tienen un origen social y político.

Sin embargo, la participación de las conducciones de la CGT y las CTA no ofrece ninguna garantía. Esas burocracias han dejado pasar el ajuste, aislando las luchas y negándose a convocar un verdadero plan de combate. Si ahora se suman a la movilización, es por la presión que crece desde abajo y por el temor a quedar completamente desbordadas.

En este contexto, es urgente que la izquierda revolucionaria se ponga a la cabeza del proceso, impulsando asambleas, plenarios y organismos de coordinación que permitan unir a los endeudados con los trabajadores ocupados y desocupados, los jubilados, los estudiantes y todos los sectores atacados por el Gobierno.

La tarea consiste en transformar las luchas dispersas en una fuerza nacional, independiente del Gobierno, los gobernadores y las burocracias sindicales. Unificar los reclamos, imponer un paro general y preparar un verdadero Argentinazo que derrote el ajuste y expulse a sus ejecutores.

La rebelión ya está en curso. El desafío es organizarla, centralizarla y dotarla de un programa propio de la clase trabajadora, para que la crisis no vuelvan a pagarla quienes la padecen, sino los capitalistas que la provocaron.

 

[^1]: *Página/12*, 17 de agosto de 2026. 

[^2]: *La Nación*, 30 de junio de 2026.

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