Trump, en su laberinto

 


Por Musa Ardem

El imperialismo estadounidense se hunde cada vez más en su propia crisis. La bravuconada de Trump con la tarjeta roja al jugador estadounidense fue cualquier cosa menos una demostración de fortaleza. El presidente de Estados Unidos viene de sufrir derrotas políticas, económicas y militares, mientras enfrenta un aislamiento internacional cada vez mayor, en el marco de la creciente fractura de la OTAN. 

Tras el primer golpe recibido por parte de Irán y luego de unas negociaciones que representaron una de las mayores humillaciones de la historia para Estados Unidos, el imperialismo norteamericano se ve obligado a volver a una confrontación que nunca quiso y de la que no encuentra una salida. 

En los últimos días, Irán atacó al menos tres embarcaciones en una zona estratégica, lo que derivó en una ofensiva estadounidense contra objetivos iraníes y en posteriores respuestas de Teherán contra países del Golfo. 

El Gobierno iraní insiste en mantener el control sobre ese paso marítimo y advirtió que podría imponer condiciones para la circulación de buques. Además, amenazó con responder contra aquellas embarcaciones que no respeten las rutas autorizadas por Teherán. 

Con siglos de historia y experiencia en guerras y negociaciones, los iraníes comprendieron que atraviesan una oportunidad histórica. A su juicio, Estados Unidos nunca estuvo tan debilitado, y esa debilidad alcanza también al Estado sionista de Israel, cuya existencia y capacidad militar dependen, en gran medida, del respaldo estadounidense. 

Trump anunció nuevos ataques con la grandilocuencia que lo caracteriza, en medio de una reunión de la OTAN en Turquía. Sin embargo, la alianza atlántica es hoy poco más que una formalidad. El imperialismo norteamericano ya no ejerce sobre ella la influencia que tuvo durante la posguerra, cuando la OTAN surgió como instrumento de la hegemonía estadounidense frente al bloque del Este. 

Las condiciones actuales son completamente diferentes. No solo por la desaparición de la burocracia estalinista, sino, sobre todo, porque Estados Unidos perdió aquella hegemonía. En el marco de la disputa mundial por los mercados, las potencias europeas poseen intereses propios que ya no coinciden necesariamente con los de Washington. Una muestra de esa crisis dentro de la OTAN es la negativa de varios de sus integrantes a acompañar a Trump y a Netanyahu en una nueva aventura militar contra Irán. 

Trump se encuentra así en un atolladero aún mayor: un conflicto que, según esta interpretación, ya perdió y que no podrá ganar. Al mismo tiempo, expone ante el mundo —y especialmente ante China— la profundidad de la crisis del imperialismo estadounidense. Mientras permanece empantanado en Oriente Medio, ve limitada su capacidad para desplegar su estrategia sobre América del Sur, donde el imperialismo chino continúa ampliando su presencia económica y comercial. 

La crisis de Estados Unidos constituye una situación inédita. Es incluso más profunda que la atravesada por otras potencias imperialistas, como Inglaterra, cuando perdieron la hegemonía mundial. La enorme masa de capitales sobrantes y la sobreproducción que impulsan la crisis actual son muy superiores a las de etapas anteriores. Por esa razón, la destrucción de capital necesaria para reiniciar un nuevo ciclo de acumulación capitalista resulta hoy mucho más compleja y difícil.



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