Trump-Netanyahu, una limitadísima victoria militar que tiende a convertirse en una nueva derrota política
Por Juan Giglio y Damián Quevedo
Donald Trump dio por terminada la guerra entre Israel e Irán, en la que intervino, más que con la intención de defender a su gran aliado regional, para frenar la locura guerrerista de su premier, Benjamin Netanyahu. Para lograrlo, el presidente yanqui se vio obligado a hacer uso de modernísimos aviones capaces de transportar las cargas explosivas -no nucleares- más potentes del planeta.
Trump agitó un discurso favorable a Israel, con consignas especialmente dirigidas al lobby sionista. Sin embargo, en los hechos, este apoyo resultó limitadísimo, porque el presidente yanqui hizo todo lo posible para abortar el plan de Netanyahu, que pretendía continuar la guerra hasta el descabezamiento de la cúpula religiosa y el derrumbe del régimen persa, conducido por Alí Jamenei.
Con un despliegue excepcional de fuerzas, Trump se encargó de demostrarle a Netanyahu y demás jerarcas de la región, que es él el que “manda” y fija las condiciones. En ese contexto, la victoria militar imperialista puede transformarse rápidamente en una derrota política, porque no hizo más que acelerar el resquebrajamiento del régimen genocida de Israel, cuyo jefe está cada vez más cerca de la prisión.
Los plumíferos del imperialismo cantan victoria, porque, según ellos, los defensores de la “civilización occidental” le habrían asestado otro golpe mortal al “eje del mal”, que, luego de las derrotas de Hezbolah y Hamas, estaría en franca decadencia. Sin embargo, para comprender la realidad sería necesario recordar la frase del gran maestro de la guerra, el mariscal Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz: “la guerra es la simple continuación de la política por otros medios”.
Más allá de la sofisticación de la maquinaria bélica israelí, la política, que no está relacionada a la técnica, sino a cuestiones más terrenales, como la relación de fuerzas entre las partes en conflicto o la salud de las instituciones de los regímenes, prima más que nunca en Israel. Y esto significa, que, ahora más que antes, el filo de la guillotina está más cerca de rebanarle la cabeza a Netanyahu y que el aislamiento internacional del Estado sionista se ha profundizado.
Si, como decía Lenin, las contradicciones entre los de arriba son fundamentales a la hora de definir las relaciones de fuerza entre oprimidos y opresores, la integridad del Estado sionista está en su peor momento. Es que, al aislamiento internacional, se le suma una intensificación cualitativa de las disputas internas y las que acontecen entre los jerarcas del régimen y la administración Trump.
La crisis del sistema capitalista obliga a las grandes potencias a convertir sus enfrentamientos comerciales en guerras directas. Los imperialistas -EEUU, China, Unión Europea, Japón, Rusia- pelean por el control del mercado mundial, que ya no tiene a Estados Unidos como su jugador hegemónico. La guerra de 12 días entre Irán e Israel, como la de Ucrania o las tensiones nucleares entre Pakistán y la India, forman parte de este proceso, que es el caldo de cultivo de nuevas revoluciones obreras y populares.
Este escenario les brindará a los
revolucionarios y las revolucionarias la posibilidad de ganar la conducción del
movimiento de masas, que entenderá que no habrá manera de ganar la paz y la
prosperidad sin acabar con el capitalismo.



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