La marcha contra el gobierno, el comienzo de un nuevo ascenso que sintoniza con las victorias populares de Siria y Palestina
La masiva movilización del primero de febrero, que tuvo réplicas en todo el país y en gran parte del mundo, le pegó duro al gobierno, tanto, que antes de la misma, el presidente se vio obligado a recomendarle a Patricia Bullrich que no aplique su “protocolo”. Este retroceso del aparato represivo constituyó una gran victoria para el movimiento de masas.
Además de las multitudinarias manifestaciones previstas en otros puntos del territorio argentino, durante la jornada hubo concentraciones en ciudades europeas como Berlín, Roma, París, Barcelona, Madrid, Londres, Lisboa y Amsterdam. También se convocaron en Santiago de Chile, Río[1] de Janeiro, São Paulo, Florianópolis, Montevideo, Nueva York y Ciudad de México, entre otras ciudades de América.
La marcha excedió por mucho a los convocantes y sus reclamos, ya que, de una u otra manera, unificó un sinnúmero de demandas parciales, como las de los empleados y empleadas del hospital Bonaparte o la de los jubilados y jubiladas. Sin embargo, esta movilización popular no debe caracterizarse como un hecho aislado o respuesta particular al discurso de Milei, porque, si así fuera, no podría explicarse la masividad y la solidaridad internacional que tuvo.
La protesta es un salto en la situación política de Argentina, una muestra de que existen condiciones más que favorables para luchar y de la debilidad del gobierno. Es, en otro sentido, un indicador de una tendencia general. Un ascenso obrero y popular que tiene características internacionales, ya que forma parte del que comenzó a desarrollarse a partir de dos acontecimientos excepcionales: la revolución siria, y, sobre todo, el avance excepcional de la lucha palestina.
Los procesos revolucionarios son extremadamente contagiosos. Así sucedió con la Primavera Árabe, que encendió cientos de rebeliones en todo el mundo, desde Europa hasta América, pasando por Asia y África. Desde la izquierda revolucionaria y todos aquellos luchadores y luchadores honestos que ven esta perspectiva, debemos prepararnos para grandes conflictos, luchas mucho más masivas y radicalizadas, porque aún falta el sujeto que puede inclinar definitivamente la balanza, la clase obrera.
A pesar de las apariencias de calma o desánimo, la clase obrera argentina nunca resignó sus conquistas sin dar pelea, que presentará en un marco distinto a los anteriores, ya que existe un elemento que la radicalizará y facilitará la construcción de una nueva dirección combativa. Es el descrédito de los dirigentes y sus podridos “cuerpos orgánicos”, una realidad que la izquierda tiene que aprovechar para hacerse fuerte y disputar la conducción política y sindical.
[1] Página12 01/02/2025




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