Los burócratas peronistas traicionaron nuevamente, a cambio de los fondos que garantizan seguir viviendo como millonarios

Por Claudio Colombo

Las centrales sindicales —la CGT y las CTA— no aportaron prácticamente nada a la multitudinaria concentración nacional realizada el jueves pasado contra el proyecto libertario de extranjerización de la tierra. A sus dirigentes tampoco se les ocurrió convocar a un paro nacional para fortalecer la movilización y golpear al Gobierno donde más le duele.

En cambio, el viernes 7 de agosto, burócratas sindicales de todos los colores y pelajes se dieron cita en Liniers para rezarle a San Cayetano. A la misa también concurrieron numerosos dirigentes del peronismo, entre ellos el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof.

La burocracia no impulsó la movilización porque juega para el Gobierno. Milei, por si acaso, la había presionado con la amenaza de vaciar las cajas sindicales y las obras sociales, dos de las principales fuentes de recursos que manejan estos personajes para vivir cómodamente mientras la mayoría de sus “representados” padece las consecuencias de la motosierra.

Sin embargo, inmediatamente después de que los caciques gremiales demostraran que, más allá de sus declaraciones para la tribuna, no tienen ninguna intención de enfrentar seriamente el ajuste, el Gobierno acomodó las cosas para garantizar que los fondos que sostienen a esta casta parasitaria continuaran fluyendo en tiempo y forma.

La presión gubernamental se había materializado mediante el Decreto 407, reglamentario de la Ley 27.802. Esa norma modificaba la base de cálculo de las cuotas solidarias y de otros aportes establecidos en los convenios colectivos de trabajo, reduciendo así los ingresos de las organizaciones sindicales.

La reglamentación establecía límites y recortes sobre los aportes y las contribuciones patronales destinados a fines “sociales, asistenciales, previsionales o culturales”, denominados por algunos “peajes gremiales”. Esta modificación rompía el acuerdo alcanzado originalmente entre el Gobierno y la conducción de la CGT cuando se sancionó la reforma laboral.

La medida provocó una oleada de presentaciones judiciales por parte de los sindicatos y la negativa de numerosos dirigentes gremiales a renegociar los convenios colectivos de trabajo. Para destrabar la situación, el jefe de Gabinete, Diego Santilli, impulsó un nuevo decreto, número 612, que corrigió la reglamentación y permitió volver prácticamente a fojas cero.

A través del mismo, se estableció que la base de cálculo utilizada para aplicar el límite del 2 % a las cuotas solidarias no estaría integrada únicamente por el salario básico, sino también por las demás sumas remunerativas, normales y habituales, percibidas mensualmente y originadas en el convenio colectivo.

Con esta ampliación de la base de cálculo de las cuotas solidarias y de los demás aportes patronales, la burocracia obtuvo lo que buscaba. A cambio, sus principales dirigentes se muestran dispuestos a negociar los próximos convenios dentro del marco impuesto por la reforma laboral libertaria. En los hechos, esto significará aceptar la continuidad del derrumbe del poder adquisitivo y la destrucción de conquistas históricas de la clase trabajadora.

El Gobierno garantiza las cajas y la burocracia garantiza la paz social. Ese es el verdadero contenido del pacto. Mientras Milei descarga la crisis sobre las espaldas del pueblo trabajador, los dirigentes sindicales preservan sus privilegios, desmovilizan a las bases y bloquean cualquier respuesta de conjunto.

¡Las trabajadoras y los trabajadores tienen que romper definitivamente con esta burocracia podrida, recuperar todos los sindicatos que sea posible y construir organizaciones democráticas alternativas capaces de luchar de verdad! Hay que centralizar la resistencia mediante asambleas de base, delegados revocables y el control directo y efectivo de las bases sobre sus representantes.

La izquierda tiene que ponerse al frente de este proceso y postularse para conducirlo tanto sindical como políticamente. Porque no alcanza con denunciar a los traidores: hay que expulsarlos de las organizaciones obreras y construir una nueva dirección capaz de preparar la huelga general y organizar la lucha hasta derrotar el ajuste de Milei e imponer una salida de fondo que acabe con la entrega del país a las grandes potencias, un gobierno revolucionario de la clase trabajadora y el pueblo pobre.

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