El PTS y los rugbiers asesinos ¿Qué esconde su temor a una condena ejemplar?
Por Juan Giglio
Desde CS suscribimos buena parte del artículo escrito por Octavio
Crivaro el 6 de enero pasado. El compañero, militante del PTS, igual que la
mayoría del pueblo, expresa su repudio a los chetos asesinos de Fernando Baez
Sosa: Una horda de pibes bien,
musculosos, jóvenes, bronceados y con las mejores pilchas, golpea hasta matar a
un muchacho al que le gritan “negro de mierda… Tienen todos los privilegios
sociales, culturales y de género posibles. Son chicos de clase alta o media
alta, blancos, heterosexuales, con cuerpos hegemónicos.
Su orgullo de clase
poseedora, el machismo de un ambiente medieval y ovalado, el desprecio por lo
otro, por el pobre, por la mina, por el paraguayo, los habilita, los invita,
casi que los empuja a pegar. Y lo hacen hasta matar a Fernando. Un crimen
clasista, racista y reaccionario, sin atenuantes: No hay atenuante alguno: lo
asesinan gritando “matalo al negro”. Le pegan por negro, por pobre. Son
profundamente clasistas. Hacen, con sus físicos, una barrera para que amigos o
personas ajenas no puedan acceder y auxiliar a Fernando.
Sin embargo, luego de escribir todo esto, Crivaro alerta
sobre la posibilidad de que la justicia, debido a la presión popular, castigue a
los rugbiers de Villa Gesell con una dureza desmedida. Una vez un periodista se hizo el irónico y le preguntó a Borges: “Señor
Borges, ¿es verdad que en su país todavía hay caníbales?”. Borges le respondió:
“Ya no: nos los hemos comido a todos”… Con los rugbiers pasa algo semejante:
muchos quieren penar el crimen brutal de estos caníbales comiéndolos.
El PTS está preocupado por el ambiente social que rodea al
juicio, ya que advierte que una buena parte de la población se “quiere comer a los caníbales”. Las
características del crimen, el clasismo, la violencia “macha”, el odio al
pobre, la soberbia social de los asesinos, cosas que acentuamos adrede en este
artículo, ayudan a que muchos aumenten su bronca, su indignación, su certeza de
que es un asesinato cobarde y aberrante. Pero en muchos casos, como
contraparte, se busca el sufrimiento y el tormento (paralegal) como forma de
castigo.
Para Crivaro, el crimen de Fernando podría dar lugar a la “tortura”
de los asesinos, como el en medioevo. Citando al filósofo francés Michel
Foucault, el camarada dice lo siguiente: sin
ser marxista, teorizó y militó contra el sistema carcelario burgués e hizo una
genealogía del sistema carcelario en los distintos momentos de la historia en
su famoso Vigilar y Castigar. Ahí Foucault analiza que antiguamente el crimen
era considerado una ofensa, un agravio hacia el Rey. Por eso el castigo estaba
lejos de ser reparador o ejemplificador: debía ser una marca que el reo la
lleve en el cuerpo y que, además, sea pública…
Con el crimen de los
rugbiers, podríamos decir, emergió una voluntad punitivista con ribetes
medievales, siguiendo la genealogía de Foucault. Se busca, en muchos casos, un
escarnio público, severo, lo más cercano con la muerte posible, sin llegar a la
muerte. Se desea un estado de muerte en vida, un tormento permanente y
desproporcionado.
Yendo a fondo con su análisis, Crivaro afirma: Los marxistas nos oponemos a la tortura
carcelaria. No avalamos una institución que no tiene más sentido que ser un
hoyo para arrojar pobres, un agujero para convertir en bestias a los presos.
Por eso cuestionamos el giro punitivista oculto detrás de la justa indignación
con el crimen y del hecho de que hablamos de “pibes bien” matando porque
pueden.
Pero que como
socialistas, que buscamos cambiar de raíz esta sociedad de explotación y
discriminación, no podemos estar a favor de la pena de muerte o de la tortura,
ya sea estatal o “privada”. Las cárceles, la Justicia y la Policía son
instituciones que están para defender a los poderosos, a los dueños de las
cosas. Todo deseo de castigar con penas durísimas al crimen de Fernando, basado
en muchos casos en la enorme bronca por un asesinato tan cobarde, no terminará más
que en una ilusión: el Estado se fortalecerá para condenar a los de abajo y
sostendrá su impunidad hacia los que detentan el poder. Así será hasta que
derribemos al capitalismo.
Nuestra visión de la
violencia, contra toda caricatura del pensamiento socialista, es negativa,
puramente defensiva: sabemos que es un método necesario y, fundamentalmente,
inevitable en la pelea por erradicar las injusticias, la explotación
capitalista, las opresiones de todo tipo que este sistema segrega. Pero no hay
ningún regodeo, ninguna jactancia punitivista ni ningún goce, aun cuando se
trata de enemigos de clase.
Es extraño que Crivaro no analice en su artículo un elemento
fundamental de lo acontecido, como ha sido y es la movilización que provocó el brutal
asesinato de Fernando, que se materializó a través de marchas y un sinnúmero de
muestras de indignación y solidaridad para con la familia de la víctima. Esta
respuesta fenomenal obligó a la policía y a la justicia a encarcelar y procesar
rápidamente a los chetos, que, en los hechos, fueron juzgados y condenados por
el movimiento de masas, que ahora les reclama a los jueces que sean
implacables.
Este proceso empalma con otras respuestas multitudinarias y contundentes
contra crímenes perpetrados por la policía del gatillo fácil, casos de abusos,
violaciones o femicidios, donde miles saldaron cuentas con los criminales, arrancándole
a la justicia penas inéditas. Esta dinámica hizo que oportunistas de todo
pelaje se sumaran al carro de la ejecución mediática. Sin embargo, esta
cuestión es insignificante, si se la compara con el gran incremento de las
movilizaciones democráticas o las incipientes acciones de autodefensa y
justicia popular que se multiplican en los barrios.
Estos avances tienen como vanguardia a varios destacamentos
del movimiento de mujeres, como las Defensorías de Géneros o las Madres
Protectoras, que escrachan violadores y femicidas en sus lugares de trabajo o
vivienda, impulsadas por una consigna -Si no hay justicia habrá escrache- que,
no casualmente, el PTS cuestiona y combate.
La probable imposición de un castigo ejemplar para estos
rugbiers, tal como ha ocurrido con cientos de violadores, femicidas, milicos
del Proceso o policías del gatillo fácil,
no será un logro de la justicia burguesa, ni, mucho menos, de sus sectores más
retrógados. Constituirá un nuevo paso delante de la movilización democrática,
que el PTS, en vez de alentar, intenta detener o ponerle “límites”, agitando el
peligro del avance de la “derecha” a través del “punitivismo” y otros fantasmas.
En el actual período los regímenes “democráticos” del capitalismo están pudriéndose a pasos agigantados, una realidad que está dando lugar -todavía de manera incipiente- a un fenómeno contrapuesto, que es el surgimiento de organismos o instituciones democráticas de los y las de abajo.
Esas herramientas no solo responden a la necesidad de organizar los próximos combates, sino a la posibilidad de defenderse frente a la violencia de los de arriba. Los piquetes de autodefensa serán el primer paso en el sentido de poner en pie las milicias obreras, mientras que los escraches y demás acciones dirigidas a imponer la justicia popular, son el germen de los tribunales obreros que requerirá la revolución social que se avecina.




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