Festejo mundialista, la alegría como acto revolucionario
Por Damián Quevedo
Hay momentos en que un partido de fútbol deja de ser un
espectáculo deportivo para convertirse en un hecho político. No porque los
gobiernos lo deseen, sino precisamente porque fracasan en su intento de
impedirlo. La victoria de la selección argentina sobre Inglaterra fue uno de
esos momentos. Milei y Trump hicieron todo lo posible para vaciar el encuentro
de contenido político y el resultado fue exactamente el contrario.
El poder no consiste únicamente en gobernar. Consiste,
sobre todo, en la capacidad de prohibir, disciplinar y fijar los límites de lo
permitido. Un Estado demuestra su fortaleza cuando consigue imponer esas
fronteras, desde las normas más cotidianas hasta las decisiones de mayor
trascendencia. Cuando las prohibiciones dejan de cumplirse, el poder comienza a
mostrar sus grietas.
Eso fue lo que ocurrió alrededor del partido. El gobierno
argentino solicitó a la FIFA y a las autoridades estadounidenses que evitaran
cualquier manifestación vinculada al reclamo de soberanía sobre las Islas
Malvinas. Washington desplegó todo el peso de su aparato de seguridad para
garantizar ese objetivo. Sin embargo, el operativo terminó derrotado por un
gesto tan simple como contundente.
Al finalizar el encuentro, los propios jugadores de la
selección desplegaron ante las cámaras de todo el mundo una bandera con una
única consigna: "Las Malvinas son argentinas". Giovanni Lo Celso y
Julián Álvarez sostuvieron la bandera mientras el resto del plantel acompañaba
el festejo. La imagen recorrió el planeta y anuló, en apenas unos segundos,
todos los esfuerzos por censurar una reivindicación histórica profundamente
arraigada en el pueblo argentino.
No fue solamente un triunfo simbólico sobre la censura.
También fue una demostración de los límites del poder estadounidense. Trump
volvió a exhibir que, incluso dentro de su propio país, su capacidad para
controlar los acontecimientos dista mucho de la imagen de autoridad que intenta
proyectar. Mientras Estados Unidos enfrenta crecientes dificultades para
sostener su política internacional y busca convertir el Mundial en una vidriera
de fortaleza, un simple festejo futbolístico terminó poniendo en escena aquello
que pretendía ocultar.
La escena también golpeó al gobierno de Javier Milei. La
reivindicación de Malvinas no fue realizada por dirigentes opositores ni por
organizaciones políticas, sino por los futbolistas más admirados del país. La
identificación popular con ese gesto convirtió el intento oficial de silenciar
el reclamo en un fracaso político de enormes proporciones.
Pero hubo una segunda derrota para el gobierno. Desde el
comienzo del Mundial, tanto la administración nacional como la de la Ciudad de
Buenos Aires intentaron desalentar las tradicionales celebraciones en el
Obelisco mediante operativos policiales, amenazas y represión. Tampoco lo
consiguieron.
La victoria sobre Inglaterra desbordó cualquier
dispositivo de control. Millones de personas salieron espontáneamente a las
calles en todo el país. El centro porteño quedó completamente colapsado.
Durante horas fue imposible circular. Ningún operativo pudo impedir que la
multitud se apropiara del espacio público. Lo que el poder buscó prohibir
terminó ocurriendo de todas maneras.
No se trata de afirmar que un festejo popular, por sí
mismo, transforme la realidad. Pero sí de comprender que esos momentos revelan
algo fundamental: ningún poder es absoluto. Cuando una causa nacional se
combina con la irrupción masiva del pueblo, las prohibiciones dejan de
funcionar y la autoridad descubre sus límites.
La historia enseña que las grandes transformaciones
políticas suelen anunciarse mucho antes de que cambien los gobiernos. Empiezan
cuando quienes mandan ya no consiguen que sus órdenes sean obedecidas. En ese
sentido, la bandera de Malvinas desplegada por la selección y las multitudes
celebrando en las calles expresan un mismo fenómeno: la distancia creciente
entre un poder que pretende disciplinar y una sociedad que, al menos por un
instante, decide actuar según su propia voluntad.
Porque hay ocasiones en las que la alegría deja de ser un
sentimiento privado para convertirse en un hecho político. Y cuando eso ocurre,
celebrar también puede ser una forma de desafiar al poder.



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