Existe un argumento falaz, que se puede leer y escuchar
con frecuencia entre quienes, desde el progresismo, militan o defienden proyectos populistas,
particularmente en Argentina, en cuanto a que el pueblo “es”, de por sí, “peronista”,
casi con una conclusión metafísica.
Décadas atrás, esta idea tenía algo de cierto, porque, en
los primeros dos mandatos del fundador de ese movimiento, Juan Domingo Perón, la
clase trabajadora y el pueblo pobre recibieron grandes concesiones económicas y
sociales que les permitieron elevar su nivel de vida.
Sin embargo, luego de esa coyuntura histórica muy particular, en la
cual no sólo el peronisno, sino también otros gobierno populistas de la región,
hicieron cosas parecidas, los seguidores de Juan Perón no contaron con
situaciones políticas, sociales y económicas parecidas, por eso nunca más pudieron hacer concesiones tan significativas.
Las presidencias de Néstor y Cristina, aunque tuvieron el viento de cola de la suba de las materias primas, no se parecieron en nada a la primera de Perón, que aprovechó que los imperialistas
ingleses estaban en pleno retroceso y los yanquis aún no habían ocupado su lugar, mantener por un tiempo cierto grado de independencia de las potencias, gracias a lo cual se beneficiaron millones de laburantes.
Néstor y Cristina no solo se mantuvieron
subordinados a los imperialistas yanquis -y en menor medida a los europeos- sino
que profundizaron la dependencia, continudando el camino trazado por Carlos Menem.
Por eso, durante el mandato de ambos se firmaron los acuerdos más escandalosos
de entrega de los recursos a las multinacionales extractivistas y los pooles de
siembra.
Los progres que van a la rastra del PJ niegan todo esto y
alegan que los triunfos de Macri, primero, y Milei después, fueron el resultado
de un supuesto giro a la derecha de la situación, empujada por los grandes
medios, como Clarín, que sembraron sus ideas en las cabezas de las clases
medias, que serían desde siempre, mayoritariamente “anti-peronistas”.
Para ellos, los trabajadores y las capas más pobres, a pesar de estas derrotas y cambios “reaccionarios” de la
realidad, se habrían mantenido firmes detrás de las banderas del justicialismo,
algo que es una soberana mentira, porque los libertarios ganaron gracias a los millones de
votos de los obreros que rompieron hace rato con el peronismo y comenzaron a buscar una alternativa distinta.
La base social del kirchnerismo no está compuesta por estos laburantes, sino por sectores de las clases medias más politizadas, sobre los que se nutrieron La Cámpora, Grabois, Kicillof y compañía para construir sus estructuras de
cuadros. De allí provienen propagandistas mediáticos, como Tomás Rebord, al
que le acabamos de dedicar un programa, debido a sus ataques contra
el trotskismo.
Aprovechándose del anterior ciclo de expansión sojero, el
kirchnerismo, que se dio la tarea de recomponer las instituciones del régimen
-maltrechas por las puebladas de 2001- cooptó a miles de exponentes de la pequeña
burguesía que enfrentó al neoliberalismo y a jóvenes que no
vivieron ese proceso, con un relato épico y falaz, que se apoyó en algunas de las reivindicaciones democráticas -las más tibias- que se agitaron durante el Argentinazo.
Este proceso fortaleció por un tiempo al peronismo, que,
mientras tanto mantuvo y consolidó la otra gran base de apoyo, la “columna vertebral”,
constituida por la burocracia sindical, que organiza, desde los sindicatos que controla, a miles de delegados y
referentes en todo el país y en cada uno de los lugares de trabajo.
La ruptura con el partido que hace tiempo que no puede
darle ninguna conquista a los trabajadores, combinado con el odio que la mayoría profesan contra los burócratas, que en las empresas no hacen otra
cosa que no sea jugar el papel de capataces de las patronales y el ajuste, le
dieron el triunfo electoral a Milei, que ganó muchos de los votos que tiempo atrás votaban al peronismo.
Sin embargo, La Libertad Avanza, que
capitalizó el descrédito del PJ agitando consignas contra “la casta”, es apenas
una estación de paso de un proceso, que, por cuestiones objetivas y no “ideológicas”,
no marcha hacia la derecha, sino hacia la izquierda. Esta caracterización se está demostrando cierta, cada
vez que los encuestadores más renombrados ubican a la figura de Myriam Bregman
al tope de las pesquizas.
Bregman, independientemente de los límites del partido al que
pertenece -hemos debatido mucho al respecto- es una de las expresiones
subjetivas más genuinas del proceso de radicalización que está teniendo lugar en la consciencia de millones de compañeros y compañeras, que no solo simpatizan con la izquierda, porque saben que nada tiene que ver con la “casta”, sino que ya la han empezado a ver como una alternativa, lo cual no es poca cosa.
Ante esto el peronismo, ese núcleo burocrático y
privilegiado que frenó todos los procesos revolucionarios de las últimas décadas, comenzó a reaccionar, no solo porque la izquierda puede sacarle
votos, sino por algo que está en su ADN: ¡La defensa inquebrantable y
consecuente del capitalismo, que hace que tipos como Juan Grabois y Tomás Rebord hayan salido con los tapones de punta contra los "troskos"!
Los sectores de la clase media acomodada, que se asustan
frente a la perspectiva de perder sus privilegios -en un hipotético gobierno de
la izquierda revolucionaria- son y serán la base social en la que se apoyarán
estos enemigos de todo lo que huela a Socialismo. Serán estos pequeñoburgueses los que le darán cuerpo a una
derecha más peligrosa que la de Milei. ¡Hay que recordar que el peronismo
es el partido de la Alianza Anticomunista Argentina!

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