Por Musa Ardem
Después de once años de prisión el ex jefe del Partido Comunista Italiano, Antonio Gramsci, murió en prisión el 27 de abril de 1937 debido a una apoplejía, luego de haber sido trasladado a una clínica romana por el régimen fascista de Benito Mussolini. Antonio Gramsci, que provenía de una familia de campesinos de Cerdeña, se había unido al socialismo en los años posteriores a la guerra de 1914, cuando se trasladaba hacia Turín para continuar sus estudios, acercándose a una región en la que se concentraba buena parte del proletariado más duro de Italia.
Su gran enemigo, Mussolini, que había comenzado a militar en el socialismo, siempre se acordaba de este personaje de físico pequeño y desalineado, diciendo que el “Partido Comunista de Italia tenía como líder a un pequeño jorobado, extraordinariamente inteligente y vivaz.” Gramsci participó e intervino en el gran ascenso revolucionario de la clase obrera italiana, que en 1919 estaba en “plena efervescencia revolucionaria” en el marco del triunfo y la consolidación de la Revolución Bolchevique, razón por la cual decía que “El emblema de la hoz y el martillo cubre los muros de las ciudades y los pueblos de un lugar a otro de toda Italia".
“Los nombres de Lenin y Trotsky son aclamados como llamados al combate por millones de obreros, soldados, pequeños campesinos. El Partido Socialista, que crecía día a día, resultó ser absolutamente impotente para coordinar el movimiento de las masas, para organizar la revolución”. (Pietro Tessa, ex PCI, luego trotskista, quien escribió sobre Gramsci). Según este mismo camarada, citado por Izquierda Diario en una de las notas conmemorativas de la muerte de Gramsci: “L’Ordine Nuovo será entonces el título del semanario que él fundó en Turín y del que tomó la dirección (…) Durante dos años, en sus artículos de estilo muy personal, pero que reflejaban todo el tormento y el esfuerzo creador de la vanguardia revolucionaria del proletariado de Turín”.
“Gramsci devora los tesoros de su inteligencia, de su cultura y de su pasión revolucionaria para impulsar los Consejos de Fábrica, para demostrar su valor destructivo del orden capitalista y su carácter necesario en tanto células constitutivas del Orden Nuevo, del orden socialista y comunista”. “Los obreros avanzados de las grandes fábricas de Turín, los miembros de las “Comisiones Internas”, se agitan a su alrededor. Los burócratas sindicales lo acusan de minar la autoridad y las funciones de los sindicatos, pero él responde ganando para su punto de vista a las mayorías sindicales y transformando así a los sindicatos en un punto de apoyo para los Consejos de fábrica en lugar de ser sus adversarios”.
“La derrota sufrida por el proletariado italiano en septiembre de 1920 con el abandono de las fábricas ocupadas será el fin de este movimiento de los Consejos de fábricas, a los que Gramsci entregó lo mejor de su vida. L’Ordine Nuovo, de semanario se transformó en diario, pero será otra cosa distinta del que él había fundado”. Como revolucionarios no podemos sino recordar a quien entregó su vida por la causa de los oprimidos y explotados de Italia y todo el mundo, jugando un papel progresivo en el desarrollo de la auto determinación del proletariado italiano, provocando - por esta y otras cuestiones - contradicciones con la conducción stalinista del PCI.
Sin embargo, no acordamos con lo esencial de su obra, escrita en la cárcel, que es reivindicada por un sector importante de la izquierda mundial y algunas organizaciones trotskistas, como el PTS de nuestro país. Desde nuestro punto de vista, tanto Gramsci como sus seguidores más acérrimos han dejado atrás la teoría marxista del Estado, desarrollando conceptos como “hegemonía” y “bloque hegemónico, según los cuales las clases dominantes no ejercen su dominio a través de los aparatos represivos estatales, sino mediante la construcción de la "hegemonía" cultural, que se apoya en el control del sistema educativo, las instituciones religiosas y los medios de comunicación.
A través de estos las clases dominantes "educan" a los dominados para que se sometan y acepten la supremacía de los poderosos como algo natural y conveniente, inhibiendo su potencialidad revolucionaria. En nombre de la "nación" o de la "patria", las clases dominantes generan en el pueblo un sentimiento de identidad y unión sagrada con los explotadores, conformando un "bloque hegemónico" que amalgama a todas las clases sociales.
Esta situación planteó, según Gramsci, la necesidad de ubicar en el centro de la política de los revolucionarios al enfrentamiento contra esta orientación “hegemónica” de las clases dominantes, a través de la “construcción de un bloque intelectual y moral que haga políticamente posible un progreso intelectual de masa y no solo de escasos grupos intelectuales”. Para Gramsci, la consciencia de clase se alcanzaría “a través de una lucha de hegemonías políticas, de direcciones contrastantes, primero en el campo de la ética, luego de la política para llegar a una elaboración superior de la propia concepción real”. La conciencia política, o sea formar parte de una determinante fuerza hegemónica, sería “la primera fase para una ulterior y progresiva autoconciencia donde teoría y práctica finalmente se unen”.
La conclusión práctica de esta elaboración significa, para el teórico italiano, la necesidad de crear “una elite de intelectuales”, ya que para distinguirse y hacerse independientes se necesita organización, y no existiría tal sin intelectuales, “un estado de personas especializadas en la elaboración conceptual y filosófica”. La lucha principal no sería otra que la de “crear una nueva cultura” desarrollando “intelectuales orgánicos y una hegemonía alternativa dentro de la sociedad civil” mediante “la guerra de posiciones”, una táctica superior a la “guerra en movimiento” o ataque frontal que usaron los bolcheviques, que para Gramsci era una línea “vetusta”, porque solo habría servido para la sociedad rusa previa al octubre triunfante.
Guerra de posiciones y conciliación de clases
La “guerra de posiciones", concepto muy utilizado por Gramsci, es un planteo que esconde, detrás de caracterizaciones interesantes y muchas veces correctas, planteos reformistas, muchos de las cuales han sido utilizadas por seudo revolucionarios de distinta calaña para justificar su apoyo a políticas de los gobiernos “progresistas”, como es el caso de la militancia “progresista” que apoyó al kirchnerista en nombre de la “batalla cultural”. En función de ubicar en el centro la lucha contra “la hegemonía capitalista” -materializada en los grandes medios de difusión, como Clarín- un sector de la izquierda convocó a apoyar a Néstor y Cristina, arrastrando a decenas de intelectuales y algunas organizaciones, supuestamente revolucionarias, dejando de lado la caracterización más importante que tiene el marxismo para definir al estado, su carácter de clase y sus principales herramientas.
Para Marx, Engels y Lenin, el Estado lo constituyen, principalmente, “grupos armados” que defienden la propiedad privada de los burgueses, gracias a lo cual ejercen el dominio sobre las clases “subalternas”, como el proletariado, la pequeña burguesía e incluso los sectores capitalistas menores, que son oprimidos por el imperialismo a través de las políticas de colonización comercial, industrial o financiera. Esta “hegemonía” es defendida por el conjunto de las instituciones del estado burgués, dentro de las cuales están la educación, la propaganda, la religión, e incluso de los sindicatos, que como explicó Trotsky en su libro “Sobre los sindicatos”, en la “época del capitalismo imperialista han sido prácticamente estatizados”, transformándose en instituciones al servicio de la gobernabilidad capitalista.
Sin embargo, para los marxistas el “punto nodal” del estado capitalista está en sus fuerzas represivas, razón por la cual el centro de los revolucionarios siempre pasa por impulsar la movilización de los trabajadores y el pueblo para alentar el enfrentamiento con esta columna vertebral del sistema, agitando la necesidad de organizar piquetes armados y milicias proletarias.
"Sólo gracias a un trabajo sistemático, constante, incansable valiente en la agitación y en la propaganda, siempre en relación con la experiencia de la masa misma, pueden extirparse de su conciencia las tradiciones de docilidad y pasividad: educar destacamentos de heroicos combatientes, capaces de dar el ejemplo a todos los trabajadores, infligir una serie de derrotas tácticas a las bandas de la contrarrevolución, aumentar la confianza en sí mismos de los explotados, desacreditar el fascismo a los ojos de la pequeña burguesía y despejar el camino para la conquista del poder para el proletariado.” (Programa de Transición)
Si la cuestión central de la lucha contra la burguesía pasa, como plantea Gramsci, por la organización de las tareas relacionadas a la construcción de una “Contrahegemonía” cultural, los revolucionarios deberíamos concentrarnos en la propaganda, golpeando al “bloque hegemónico” desde una “posición” fundamental: la “trinchera” de los intelectuales socialistas. Los dirigentes kirchneristas que adhieren a Gramsci resolvieron esto de una manera sencilla, ya que cavaron sus propias trincheras dentro de esta “guerra de posiciones”, a partir del apuntalamiento de un “relato” aparentemente antagónico y subversivo, que de por sí -y más allá de la lucha de clases- cuestionaría la “hegemonía” de los sectores más concentrados de las clases hegemónicas.
Los gramscianos no oficialistas, como el PTS no encontraron ningún elemento “progresivo” dentro del relato kirchnerista, optando por fortalecer el propio, mediante la organización de un aparato mediático relativamente importante, como “Izquierda Diario”, con cientos de periodistas y corresponsales que estarían motorizando épicas “batallas por la conciencia” obrera y popular. Tanto quienes eligieron apoyar a las fuerzas burguesas “progresistas”, como aquellos otros que optaron por montar un aparato de propaganda socialista, abandonaron -o están en camino de hacerlo- la política central de los marxistas-leninistas, que es la de impulsar la movilización de las masas, agitando diariamente un programa de consignas transicionales, cuyo centro pasa por promover la destrucción -insurreccional- del estado burgués.
Pensamiento único, globalización y Gramsci
Durante el denominado “proceso de globalización”, a partir del cual algunos ideólogos burgueses intentaron imponer el concepto de “pensamiento único” -aprovechándose de la caída del Muro y el retroceso parcial de las ideas marxistas- reaparecieron las ideas de Antonio Gramsci, de la mano de grupos muy distintos, como el zapatismo, los autonomistas europeos o los sostenedores de los gobiernos “nacionales y populares latinoamericanos". Gramsci, igual que Marx, creía en la unidad entre la filosofía, la política y la praxis de los distintos sujetos sociales que dan lugar a las ideas más abstractas, como el proletariado en relación al partido, cuyos cuadros deben elaborar, conservar y hacer públicas las verdades científicas, que para los proletarios dejan de ser tales para transformarse en preceptos prácticos.
Sin embargo, para sus seguidores, la tarea principal del partido no sería convertir la elaboración “científica” en consignas sencillas, capaces de movilizar a amplias capas del proletariado y sus aliados -Programa de Transición, según Trotsky- sino contrarrestar la “cultura hegemónica” con una gran actividad propagandística, que no debe expresarse en “palabras de orden”, sino en formulaciones generales. Gramsci era consciente, como todos los marxistas, de que los trabajadores reconocen la necesidad del cambio cuando se desarrollan condiciones objetivas -como guerras, crisis económica, ascenso de las luchas, etc.-, sin embargo, él y sus alumnos plantean que la condición absoluta para que ocurran las revoluciones es el avance de la consciencia proletaria, que para que eso suceda debe empezar a contar con ideas “hegemónicas” propias.
Llevando hasta el final el pensamiento gramsciano, este avance se materializaría con el acceso de las masas a un tipo de conocimiento similar al que llegan los intelectuales revolucionarios, que no es práctico, sino científico y abstracto. Es como si el pueblo, que utiliza la aspirina -porque sabe que cura el dolor de cabeza- tuviera como requisito para compararla, la obligación de entender su fórmula científica. Trotsky nunca midió el progreso de la consciencia obrera en función de su capacidad de alcanzar las mismas conclusiones y razonamientos abstractos que los teóricos y los cuadros marxistas, sino en relación a si comprenden, asumen y se “apoderan” -o no lo hacen- de las consignas principales que forman parte del programa socialista, que no llegan a las masas de manera propagandística, sino mediante la agitación.
Como en el ejemplo anterior, el pueblo llega a tener “consciencia” del valor de la aspirina cuando reconoce el valor de su utilización, no cuando descubre su fórmula abstracta. ¡Los obreros y campesinos rusos no sabían demasiado acerca de la elaboración de Lenin y Trotsky, sin embargo, asumieron las Tesis de Abril cuando entendieron que los soviets debían tomar el poder para garantizar sus reivindicaciones más sentidas, como la Paz, el Pan o la obtención de la Tierra! El avance de la consciencia obrera y popular se expresa, esencialmente, en la radicalización de sus luchas y en los organismos que son capaces de construir o apoyar. Por eso, cuando las masas ponen en pie órganos de doble poder y milicias, como en Kurdistán o México, están dando pasos subjetivos muy grandes que facilitan la construcción del partido revolucionario.
Por lo tanto, la lucha por la consciencia proletaria no es una cuestión de propaganda voluntariosa hacia el conjunto de los trabajadores, sino un trabajo de agitación permanente y sistemática de las consignas capaces de movilizar a la clase obrera y el pueblo contra las instituciones del estado burgués, principalmente sus fuerzas represivas. Obviamente, que este trabajo requiere de una elaboración científica, que debe ser encarada por los elementos de vanguardia, sobre los cuales hay que realizar intensas y exhaustivas tareas de propaganda.
La “Batalla Cultural” o el carro antes del caballo
Hay un refrán que dice “Dime con quién andas y te diré como eres”, que podría transformarse en “dime quien usa más estas teorías gramscianas y te diré cuan nefasta es tu política”. No es difícil descubrir que los más acérrimos militantes del Partido Comunista y del kirchnerismo adhieren casi fanáticamente a las ideas de Antonio Gramsci. Esta gente, metiéndose dentro de las estructuras del estado burgués, hizo maravillas, pero no para construir la “cultura anti hegemónica” sino para reconstruir la herramienta fundamental que tienen los capitalistas para ejercer su “dominio” y liderar a las mayorías, como es el estado, que no ha dejado de ser -según el marxismo- un “grupo de hombres armados”.
Néstor y Cristina Kirchner se valieron de los servicios valiosísimos de estos militantes, muchos de cuales actuaron convencidos del supuesto valor de sus interpretaciones gramscianas, ayudando a la burguesía “nacional y popular” a desviar o frenar las luchas más duras contra el estado burgués, como las que se llevaron adelante en 2001 y a posteriori. El matrimonio presidencial, levantando un relato “progre”, aceitado con el asesoramiento de estos gramscianos, logró desviar la crisis revolucionaria e imponer cierta “pax” capitalista, convenciendo a importantes sectores de la vanguardia de colaborar con el régimen a través de una supuesta “guerra” contra los portavoces de la cultura dominante, como Clarín y demás medios “hegemónicos”.
La política de “Construcción del Enemigo” de los Laclau y otros intelectuales gramscianos no fue ningún capricho de los gobernantes “progresistas”, sino una clara y concreta elaboración de quienes supieron valerse de las herramientas más sofisticadas para alejar, por lo menos por algunos años, a los de abajo de la Revolución Obrera y Socialista. La pelea contra Clarín es un ejemplo patético, ya que después de años de ser atacado se fortaleció, jugando un papel central en la asunción del nuevo gobierno “derechista” de los CEOs, demostrando además que este tipo de políticas no le hicieron ni “cosquillas” a quienes fueron declarados “enemigos” de esta épica cruzada gramsciana.
Las políticas gramscianas y el etapismo revolucionario
La política de construir la Contra hegemonía cultural, moral y política, que significa plantearse la necesidad de encarar la toma del poder solo cuando la clase obrera adquiera nivel de consciencia científica, además de anti marxista es derrotista, porque plantea la imposibilidad de tumbar al capitalismo en situaciones como la actual, donde las condiciones objetivas han madurado violentamente. Para los gramscianos estas condiciones nunca alcanzan, ya que la consciencia del “sujeto social colectivo” no ha madurado lo suficiente. Todo lo contrario de lo que afirmaba Trotsky, quien veía la posibilidad de que, en determinadas situaciones se pudiera avanzar hacia la revolución sin contar con un partido consecuente o soviets -la “variante más improbable”- que es la que terminó dándose luego de la Segunda Guerra Mundial.
Sin saber si este tipo de situaciones volverá a teñir la lucha de clases contemporánea, está más que claro que, a partir de la explosión de la Primavera Árabe, se desarrollaron procesos muy progresivos, como los consejos locales sirios, que llegaron a organizar las asambleas y milicias populares que enfrentaron a la dictadura de Bashar al Assad, sin contar con una dirección revolucionaria. ¿Cuál sería, para los gramscianos, el nivel de consciencia de las masas en este proceso, donde a pesar de que no existieron revolucionarios “iluminados” que impulsaran la construcción de la “contra hegemonía”, la clase obrera siria llegó a poner en pie órganos de doble poder -asambleas populares, milicias y jurados populares- que expresaron, en los hechos, un altísimo nivel de consciencia? La burguesía entendió tan bien esto, que, para evitar que la autoorganización se extendiera como ejemplo a otras partes de la región y del mundo, la aplastó con un verdadero genocidio, que los gramscianos como el PTS prácticamente no registraron.
¡Los simpatizantes de Gramsci terminaron, en los hechos, en el bando de Al Assad, apoyándose para eso en su caracterización de “falta de madurez” de la consciencia obrera y popular! En ese caso, algunos terminaron apoyando a la dictadura siria, mientras que otros, como el PTS, se abstuvieron de intervenir. Ambas posturas van de la mano, porque sus ideólogos descreen de la capacidad revolucionaria de las masas, que, sin la creatividad de los “intelectuales brillantes”, no podría desarrollarse nunca.
Lucha de clases versus “batalla contrahegemónica”
Las masas no “crean las condiciones subjetivas” para empezar una revolución, sino al revés, ya que son las condiciones materiales (guerras, crisis, hambrunas, cataclismos naturales, etc.) las que las empujan hacia la práctica revolucionaria, que al tomar velocidad provoca un proceso de aceleramiento en la consciencia de los/as protagonistas. Por eso, los procesos revolucionarios que comienzan en lo que Nahuel Moreno denominada “Revoluciones de Febrero” o inconscientes, avanzan hacia los “Octubres” cuando los trabajadores y el pueblo se deciden a hacerse cargo del poder, no porque han comprendido la teoría de la revolución, sino porque la necesitan para satisfacer sus demandas elementales.
La visión de Gramsci, que fue elaborada en una situación contrarrevolucionaria y de total aislamiento, no alcanza para comprender los mecanismos de la Revolución o la relación entre los procesos objetivos y los factores subjetivos. Sus caracterizaciones han sido utilizadas para impulsar posturas derrotistas, que deben ser combatidas por quienes pretenden luchar en serio por la derrota del sistema capitalista. Cuando escribió el programa de Transición, Trotsky enfrentaba este tipo de planteos: “En todos los países el proletariado está sobrecogido por una profunda inquietud. Grandes masas de millones de hombres vienen incesantemente al movimiento revolucionario, pero siempre tropiezan en ese camino con el aparato burocrático, conservador de su propia dirección…”
Los derrotistas, que obviamente no están convencidos de los planteos “objetivistas” de Trotsky, consideran que sin “iluminados” capaces de reemplazar la creatividad obrera mediante una durísima guerra de posiciones “contra-hegemónica” de carácter cultural, no existirá ninguna posibilidad de poner en pie un nuevo “bloque hegemónico”. Por esto absolutizan y exageran el papel de los medios enemigos y propios. En el caso de los “nacionales y populares”, construyendo al enemigo Clarín y, en el caso de los compañeros del PTS, poniendo en marcha Izquierda Diario, que, aunque en sí mismo constituya una buena idea, no deja de estar subordinada a la política central de ese partido: la propaganda.
LID no se postula como una herramienta al servicio de la agitación revolucionaria, socavando la credibilidad del régimen democrático burgués y convocando -como una de sus tareas centrales- a pelear contra las fuerzas represivas ejerciendo la legítima autodefensa. Se presenta como un periódico digital, cuyo eje es la denuncia de las “maldades” del capitalismo y, sin realizar demasiada propaganda socialista, defender la práctica parlamentaria de los diputados del PTS. León Trotsky le contesta a los compañeros con el Programa de Transición, explicando que "La tarea estratégica del próximo período -prerrevolucionario de agitación, propaganda y organización- consiste en superar la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y de su vanguardia (confusión y descorazonamiento de la vieja dirección, falta de experiencia de la joven).”
El fundador de la Cuarta no habla de “batalla cultural”, sino acerca de la necesidad de “ayudar a la masa, en el proceso de la lucha, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera a una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado."
¿Crisis Orgánica o Situación Revolucionaria Inédita?
Según los gramscianos el mundo estaría atravesando una “crisis orgánica”, una situación o etapa mundial en la cual “La clase dominante ha perdido el consenso”, porque ya no sería “dirigente sino únicamente dominante”, obligando a los de arriba a apoyarse en sus mecanismos más represivos, debido a que la ruptura del “bloque hegemónico” les habría hecho perder autoridad y legitimidad frente a las “clases subalternas”. Dicho con otras palabras, la burguesía ya no actuaría dirigiendo al conjunto de la sociedad, sino imponiéndose mediante la fuerza coercitiva pura. Además, esta clase dominante, que se mantiene artificialmente en el poder, todavía estaría en condiciones de impedir “que la remplace el nuevo grupo de tendencia dominante”. Gramsci diría que “la crisis orgánica consiste en que lo viejo no muere y lo nuevo no puede todavía nacer”.
Para el teórico italiano este tipo de crisis puede deberse al “fracaso de una empresa política de la clase dirigente, que llega a imponer por la fuerza el consenso social”. Por ejemplo, para el PTS la “gran empresa fallida del PT “(Brasil) “se sintetiza en el mito del país de clase media, que viene desmoronándose desde hace tiempo y con mayor agudeza desde el segundo gobierno de Dilma.” Para los gramscianos, la crisis orgánica que se manifiesta como desaparición del consenso que las clases subalternas acuerdan a la ideología dominante, no puede culminar con la aparición de un nuevo bloque histórico (alternativo al de la burguesía) sino en la medida que la clase dominada sepa construir, por la mediación orgánica de sus intelectuales”, un nuevo sistema hegemónico dominante capaz de oponerse al anterior y eficaz para extenderse por todo el ámbito social.
Llevado hasta el final este concepto sirve para decir mucho sin comprometerse a nada, porque más allá de que aporte algunos elementos en el sentido de enriquecer las viejas caracterizaciones marxistas -situación revolucionaria, contrarrevolucionaria, no revolucionaria, crisis revolucionaria, etc.- no define en absoluto lo más importante, que es la relación de fuerzas entre las clases y su dinámica, elementos sobre los cuales se debe apoyar la política de los marxistas revolucionarios. No solo eso, sino que además relativiza el carácter concreto de cualquier situación o etapa, porque para Gramsci las “crisis orgánicas” nunca pueden ser resueltas, de manera positiva, sin la “mediación de los intelectuales”, los únicos capaces de “construir un nuevo sistema hegemónico dominante capaz de oponerse al anterior”. ¡Una burrada mayúscula, ya que la relación de fuerzas la definen, esencialmente, los factores objetivos, que son los que facilitan o no la construcción de la subjetividad revolucionaria!
Las crisis “positivas” son el producto de debacles económicas que producen la reacción del movimiento de masas, que puede poner, o no, contra las cuerdas a la burguesía desequilibrando su “hegemonía” y “dominio”, abriendo de esa manera las puertas a situaciones aún más radicalizadas, como aquellas en las que se desarrolla la dualidad de poderes y explotan las crisis revolucionarias. Este tipo de situaciones no garantizan la imposición de un “nuevo orden” -parafraseando el nombre del viejo periódico dirigido por Gramsci- sino que les permiten a los revolucionarios contar con mejores posibilidades para agitar sus consignas más audaces y conquistar la consciencia de las masas. Gramsci sostiene que estas crisis se producen también cuando “vastas masas (especialmente del campesinado y de pequeñoburgueses intelectuales) han pasado de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantean reivindicaciones que en su conjunto no orgánico constituyen una revolución.”
La “crisis de autoridad” o “hegemonía” de la que
habla, constituiría la “crisis del Estado en su conjunto”. Sin embargo, el
término “revolución” no es utilizado por el autor como sinónimo de crisis
revolucionaria que abre justamente la posibilidad de resolución (por derecha o
por izquierda) de la crisis orgánica, ya que para él y para los gramscianos
todo eso es relativo, como dijimos antes, a la construcción de un “nuevo bloque
hegemónico”. Para quienes reivindicamos al trotskismo no podemos sino mirar con
desconfianza estos “aportes” a la teoría-programa del trotskismo, ya que por su
extrema vaguedad son utilizados tanto para sostener a gobiernos burgueses como
como para justificar el abstencionismo frente a la las batallas más importantes
de la actual situación mundial, que, debido a la combinación entre una crisis
fenomenal de la economía capitalista, la guerra comercial entre potencias y la
lucha del movimiento de masas, va directo a convertirse en una Situación
Revolucionaria inédita, momento en el cual los revolucionarios deben contar con
todo su arsenal teórico y político para disputar la conducción de la clase
trabajadora y el pueblo pobre, algo que Gramsci no les proveerá.
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