Por Juan Giglio
En febrero de 1945 se realizó la Conferencia de Yalta, en
Crimea, donde los ganadores de la Segunda Guerra -Inglaterra, Estados Unidos y
la Unión Soviética- discutieron los términos del “nuevo orden mundial”,
dominado por la potencia más vigorosa, Estados Unidos. En esta reunión los
imperialistas se repartieron “zonas de influencia”, dejándoles la mayor parte
del este europeo a los burócratas rusos, cuya aspiración ya no era extender la
Revolución Bolchevique, sino restaurar el Capitalismo.
El acuerdo no era para derrotar lo poco que quedaba del nazi
fascismo, sino para frenar, contener y desviar la dinámica anticapitalista que
se estaba desarrollando en la mayoría de los países de Europa. Esto sucedía de
la mano de las guerrillas antifascistas, principalmente en Grecia y Yugoeslavia.
donde estallaron verdaderas insurrecciones obreras y populares. Por lo tanto,
Roosevelt, Churchill y Stalin se reunieron para boicotear el avance de la
Revolución Socialista.
Roosevelt declaró uno meses después, en 1946, que: “en
Yalta se logró la unanimidad y se le puso carne al esqueleto del mundo de la
posguerra”. Para eso se dividió Alemania en cuatro zonas -con la presencia
de tropas de ocupación rusas, yanquis, inglesas y francesas- de manera de dividir
al proletariado más importante del continente y con mayor tradición marxista
del mundo. Yalta dio lugar a la fundación de las Naciones Unidas, una especie
de parlamento mundial al servicio de garantizar el dominio político, social y
económico de las potencias imperialistas.
A cambio de este nuevo statu quo, que legitimó a los
burócratas restauracionistas de la URSS, Stalin desmontó la resistencia armada
en Francia e Italia y facilitó la reconstrucción del régimen democrático
burgués imperialista, que aún sigue en pie. Aunque los stalinistas estatizaron
las economías de Hungría, Polonia, Alemania del Este, Checoeslovaquia, Rumania
y Bulgaria, esta medida -que no fue el resultado de una revolución social-
sirvió para preparar el terreno de la restauración capitalista, que pegó un
salto a partir de los 70.
¡Stalin salvó al Capitalismo Europeo y legitimó al
imperialismo yanqui, consumando así la traición más grande de la historia
mundial del Socialismo! Entre falsos comunistas e imperialistas montaron un
fenomenal Frente Contrarrevolucionario Mundial, a través del cual le dieron
sobrevida al Capitalismo, que estaba al borde del abismo. La traición
stalinista agravó la histórica crisis de dirección revolucionaria, que
condicionó, desvió o abortó la mayoría de las revoluciones de post guerra.
Nahuel Moreno decía sobre esto -1980- en su Actualización
del Programa de Transición: “A partir de esta posguerra, […] se establece un
frente único contrarrevolucionario entre el imperialismo y la burocracia del
Kremlin, sobre la base de la coexistencia pacífica, concretado en Yalta
-febrero 1945-, Postdam -julio-agosto 1945- y el nuevo ordenamiento mundial: la
ONU, el reparto de zonas de influencia, etcétera”.
“Aunque se produce la Guerra Fría y profundos roces entre
Washington y Moscú, aunque se dan varias guerras calientes
contrarrevolucionarias, como las de Corea e Indochina -Vietnam-, tanto
Washington como Moscú actúan en general de acuerdo y defendiendo ese nuevo
orden mundial organizado en Yalta y Postdam. Stalin y Roosevelt se dividen el
mundo en dos bloques controlados por el imperialismo norteamericano y el
Kremlin, con el objetivo de frenar, desviar, aplastar o controlar la revolución
de los trabajadores en el mundo”.
“Gracias a este acuerdo contrarrevolucionario y a la
colaboración indispensable del estalinismo, el imperialismo estadounidense
puede implementar el Plan Marshall que lleva al establecimiento y
estabilización de la economía capitalista en el occidente de Europa y en Japón,
y la división de Alemania y su proletariado. Este apoyo a la contrarrevolución
en Japón y en Europa por parte del Kremlin le permitió al imperialismo lograr
el boom económico de cerca de veinte años”.
“Gracias al Kremlin el imperialismo pudo compensar su
crisis a nivel imperialista con su estabilización como capitalismo
metropolitano, es decir, compensar la expropiación del capitalismo en países
relativamente periféricos -limítrofes de la URSS-, lo que le permitió mantener
su hegemonía sobre la economía mundial y lograr un proceso de acumulación y
desarrollo capitalista inigualado en los países metropolitanos.”
Sin embargo, Moreno, que fundó la corriente de la que
proviene la mayor parte de la izquierda argentina, incluida CS, no fue consecuente con este
análisis, ya que les otorgó un carácter "objetivamente socialista"
a los procesos de postguerra, que con la burocracia stalinista a la cabeza,
terminaron expropiando a los capitalistas y construyendo estados sobre los que
se apoyó la contrarrevolución restauracionista.
Nahuel Moreno embelleció a estos regímenes, sin advertir que
iban a terminar jugando el mismo papel que sus pares del Este Europeo. El
stalinismo bloqueó no la dinámica insurreccional y de desarrollo de la
herramienta más importante que tiene la clase trabajadora para liberarse de yugo
explotador, la democracia obrera. No puede existir el Socialismo sin el control
del Estado por parte de los trabajadores, a través de organismos democráticos, como
los soviets rusos de 1917 o los consejos obreros de la revolución húngara.
Por suerte para la revolución, en la actual etapa, debido a
la crisis del capitalismo y de los aparatos burocráticos, no existe la
posibilidad de construir pactos tan sólidos como los que se organizaron en la
postguerra. Esta realidad colaborará para que, en los procesos revolucionarios
que se avecinan, crezcan y se extiendan los organismos de autodeterminación de
la clase trabajadora y el pueblo pobre, una buena noticia para los
revolucionarios, que debemos alentar esta perspectiva.

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