martes, 13 de febrero de 2024

Febrero de 1991, la huelga que profundizó la crisis del viejo MAS


Por Juan Carlos Beica: secretario general de la Seccional 17 de Marzo de Señaleros del Roca durante la huelga de 46 días de 1991


El 1 de febrero de 1991 una asamblea - de carácter auto convocado - con decenas de representantes de base de distintos sectores ferroviarios, principalmente maquinistas y señaleros, resolvió llevar adelante la huelga más importante en la historia del ferrocarril, superando los 42 días que duró la de 1961, ya que duró 46.

Los delegados, mandatados por las asambleas de base de “La Fraternidad”, las seccionales más importantes de la zona local de los señaleros y algunos sectores de la Unión Ferroviaria, resolvieron organizarse para la huelga en un Plenario de Seccionales Ferroviarias a cuya cabeza se instituyó un “Mesa de Enlace”. 

El conflicto, que tuvo una gran repercusión mediática y ganó la simpatía del movimiento obrero, que entendió que “si ganaban los ferroviarios ganaban todos los trabajadores”, terminó arrancándole al gobierno de Menem la reincorporación de los miles de cesanteados y un aumento salarial cercano al 100%. Sin embargo fue una victoria “pírrica”, ya que se impuso con un costo político enorme. 

La extensión excesiva de la huelga desgastó a la base y le facilitó la tarea a Menem y los suyos, que un año después derrotaron al activismo ferroviario. El conflicto profundizó la crisis del viejo MAS que con su división, dos años después, destruyó el proyecto más avanzado de construcción de una dirección política revolucionaria en nuestro país. 

 El Plenario de Seccionales y la política del MAS 

Para participar en el Plenario, los delegados tenían que ser votados por la base en las asambleas y llevar sus mandatos refrendados en actas. Las asambleas votaban comisiones que organizaron al activismo, muy numeroso y combativo, que tomó en sus manos las tareas más importantes del conflicto, como el fondo de huelga, la olla popular, los piquetes de “convencimiento”, etc. 

Esta metodología (irreconciliable con el viejo “verticalismo” de los “cuerpos orgánicos” peronistas) le otorgó al Plenario un enorme prestigio, razón por la cual estuvo muy cerca de convertirse en el organizador de una nueva y poderosa dirección combativa y democrática de grandes sectores de la clase obrera. 

Sin embargo ese objetivo no llegó a concretarse: por razones objetivas -el gobierno venía fortaleciéndose- y por la línea equivocada de sus dirigentes, fundamentalmente del MAS, que en el punto culminante de la huelga, (a los 15 días, cuando el gobierno había otorgado el 100% de aumento y ofrecido la reincorporación encubierta de los cesantes) se negaron a negociar y profundizaron una política de “todo o nada”. 

Los 31 días “adicionales” que duró la huelga sólo sirvieron para desgastar a la base y aislar a los activistas del resto de la clase trabajadora, que simpatizaba con el gobierno, esa situación abrió las puertas de derrota, un año después. Menem aplastó un nuevo paro de los maquinistas de 36 días, que salieron a pelear luego de una clarísima provocación, que la dirección del MAS no supo entender ni  advertir. 

El MAS y las organizaciones que acompañaron esta orientación ultraizquierdista en la huelga del 91 y la del 92) no entendieron el marco general, que condicionó todo lo que estaba sucediendo a nivel particular. En el mundo los capitalistas venían propinándole duras derrotas a la clase obrera, gracias a las cuales impusieron gobiernos ultra reaccionarios, como los de Bush, Thacther, Fuyimori y el propio Menem, que contaba con esa ventaja. 

No caracterizaron que, más allá de su combatividad y el resultado parcial favorable, la huelga del 91 no expresaba el punto más alto de una “gran ofensiva obrera”, era otra cosa: una de las últimas grandes luchas defensivas del proletariado argentino en ese período. Si hubieran analizado los acontecimientos de esa manera, se habrían planteado una política más cuidadosa, para preservar a una vanguardia que gastó todas sus energías a destiempo. 

En ese sentido, el MAS y sus aliados tácticos, en vez de impulsar la lucha “a tontas y a locas” tendría que haber cuidado a ese heroico destacamento de vanguardia, para fortalecerlo y ubicarlo como referencia de la resistencia a las privatizaciones y al plan de ajuste de Menem y Cavallo. La dirección del MAS, que venía de fracaso en fracaso, pretendió cambiar su rumbo electoralista y conservador yéndose al otro extremo. 



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