jueves, 15 de febrero de 2024

45 años atrás explotaba la gran revolución obrera de Irán, que terminó siendo desviada y aplastada por los ayatolas


Por Musa Ardem

45 años atrás el Sha de Irán, Reza Pahlevi, era echado del gobierno por un proceso revolucionario en el que la clase trabajadora había construido organismos de doble poder con los que puso en jaque la institucionalidad capitalista de ese país petrolero y de toda la región. Sin embargo, la inexistencia de una conducción socialista consecuente les permitió a los islamistas -liderados por el ayatola chiita Komeini- apropiarse del poder e imponer un régimen teocrático y contrarrevolucionario que todavía se mantiene en pie. 

El país persa era gobernado por la dinastía Pahlevi desde 1925, que con el "Sha de Irán" a la cabeza mantenía relaciones “carnales” con los monopolios petroleros británicos y estadounidenses, con fuerte presencia de bancos con origen en estas potencias imperialistas. Para ejercer su dominio, Reza Pahlevi contaba con un ejército que llegó a ser considerado como el quinto más poderoso del planeta, fuerza represiva que cohabitaba con un servicio secreto sanguinario, la Savak. 

A pesar de la presencia y protagonismo de importantes organizaciones de izquierda, como el Partido Comunista o la guerrilla maoísta Fadaiyan-e-Khalq izquierda, los grupos chiitas tenían fuertes raíces en el campesinado y los sectores más empobrecidos, situación que le permitió a Komeini, exilado en Francia, ganar un gran nivel protagónico dentro del proceso de resistencia contra la dictadura, que creció durante la década del 70 con grandes movilizaciones obreras y populares.    

En ese marco, signado por las huelgas petroleras, el 15 de enero de 1979 el Sha y su esposa tuvieron que abandonar el país. Mientras se sublevaban las tropas, los obreros tomaban las fábricas y refinerías organizándose en Shoras (consejos similares a los soviets) desatando una auténtica situación de doble poder. Cientos de efectivos militares de bajo rango se sumaban a las masas, que cantaban contra el gobierno provisional, encabezado por Chapour Bakhtiar. 

Komeini aprovechó todo eso para volver al país y ponerse al frente de la insurrección, proclamándose “Lider Supremo y Espiritual de la Revolución”. Apenas se hizo cargo del poder, comenzó a tomar ciertas medidas radicalizadas -como la nacionalización de la banca y la industria petrolera- con el claro propósito de contener el proceso revolucionario. Para fortalecerse construyó un cuerpo armado de características teocráticas, la Guardia Revolucionaria Iraní, que comenzó a funcionar de forma paralela al ejército regular.

El nuevo régimen se propuso liquidar el doble poder obrero, aprovechando que buena parte de la izquierda le capituló, caracterizándolo como “progresista”. En ese contexto, el primero de abril de 1979 se impuso masivamente el Sí en el referendo convocado para definir si Irán debía ser una República Islámica. Pocas horas después de esta victoria reaccionaria, los Guardianes de la Revolución atacaron a las milicias obreras, que habían conseguido sus armas de mano del desarticulado ejército.

Para legitimar su contraofensiva, Komeini acusó a los trabajadores en lucha y a la izquierda de “traidores” o “agentes del imperialismo”, organizando tribunales religiosos para perseguirlos y condenarlos. ¡La revolución proletaria, que había explotado para liquidar a la dictadura secular del Sha, terminó siendo aplastada por este gobierno, que con retórica "antiimperialistas" mantuvo en pie la estructura capitalista y los negocios con las multinacionales petroleras, principalmente europeas!

En 1988, una vez consolidado, el régimen masacró a miles de presos políticos, buena parte de los cuales habían participado en la insurrección de 1979, integrando el MEK (Moyahedin-e-Khalq), los Fadaiyan-e-Khalq o el Partido Comunista. De esa manera, los ayatolas eliminaron prácticamente a toda su oposición interna. Komeini murió en 1989, siendo reemplazado por Alí Khamenei en el cargo de Líder Supremo.  

En los últimos años, Irán se convirtió en un puntal de la estabilización capitalista de Medio Oriente, tras haber firmado el Pacto 5 más 1, promovido por Obama, el Papa y las potencias europeas. Gracias a esto, los persas -cuyas milicias, funcionarios y agentes secretos están desplegados por todo Irak, Siria y Líbano- se dedicaron a poner en marcha decenas zonas “francas”, de manera de profundizar el intercambio comercial entre su país y las potencias imperialistas.

La consolidación del carácter dependiente de Irán y el plan de ajuste y precarización laboral impuesto para eso por los ayatolas -en el marco de la “Primavera Árabe” y la crisis internacional post 2008- provocaron la vuelta a escena del poderoso proletariado persa, que, más allá de su retroceso coyuntural -impuesto a sangre y fuego por el régimen- continúa siendo una amenaza para el poder de los ayatolas. La dinámica de Medio Oriente estará, de acá en más, signada por la recuperación de este poderoso actor social, que está llamado a jugar el papel de líder del proceso revolucionario actual, mucho más radicalizado que el de 1979.

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