domingo, 19 de noviembre de 2023

La bronca popular contra Massa, Cristina y compañía, se canalizó a través del voto a Milei, que asumirá el gobierno con extrema debilidad

Por Damián Quevedo y Juan Giglio 

El triunfo de Javier Milei, más allá de las formas y la ideología del libertario y sus secuaces, no implicará un cambio político y económico de fondo, ya que el nuevo presidente intentará profundizar lo que venía haciendo Sergio Massa: liquidar el poder adquisitivo de los salarios -mediante el impuesto inflacionario- y continuar la entrega del país a los monopolios imperialistas.

Para hacerlo, no impondrá una dictadura militar ni un régimen de carácter fascista, sino que se valdrá de la actual institucionalidad, el régimen “democrático burgués” que los capitalistas defienden a rajatabla, porque les ha garantizado mantener su dominio desde que cayó la dictadura, 40 años atrás.

Más allá de que, un sector del electorado, tiene expectativas reaccionarias, el conjunto no votó a Milei para aplastar los derechos obreros y populares, sino por el odio hacia el actual gobierno, que es, a todas vistas, el responsable del tremendo ajuste que sufre la mayoría del pueblo argentino.

Además, esta es una victoria pírrica, no solo por el hecho de que Milei tuvo que resignar sus principales propuestas de campaña -como la dolarización y el cierre del banco central- sino que se vio obligado a resignar espacios y puestos al macrismo. Esto quiere decir, que el próximo gobierno no será de un solo partido, sino de una coalición recién conformada, cuyo único punto de unida es, o ha sido, ganarle la elección al peronismo.

Este rejunte político que ganó la elección con votos prestados, que expresan la bronca de la que hablamos al principio, dará lugar a un gobierno extremadamente débil, al que le resultará más que difícil ir a fondo con el plan de ajuste que le exigen desde el FMI y las casas matrices de los grandes monopolios imperialistas.

A todo esto, hay que agregarle la situación política y económica mundial, cruzada por la intensificación de la guerra comercial entre potencias, que tiende a convertirse en guerra clásica. Ese marco condiciona todo lo que aquí se haga, desde el nuevo gobierno, porque Argentina no tendrá ningún “viento de cola”, como tuvo en el pasado, al servicio de recomponer, aunque sea un poquito, la actual crisis.

Los capitalistas pretenderán un ajuste mayor, más brutal. Sin embargo, esa opción será muy difícil de concretar, por este contexto crítico, la debilidad del gobierno libertario y, fundamentalmente, porque la clase trabajadora no está retrocediendo, ni mucho menos, sino con la guardia bien levantada. Eso quiere decir que se acercan combates importantes entre los y las de abajo y los y las de arriba.

Otro aspecto importante, que es necesario analizar, es la situación de buena parte de la izquierda, que, en vez de aparecer como una opción distinta a los dos candidatos del ajuste, se ató al carro del PJ. Esto lo pagará caro, porque, frente al movimiento de masas, será vista como parte del aparato, decadente y corrupto, que se está hundiendo.

Hay que poner en pie una nueva izquierda, que saque las conclusiones correspondientes y se juegue a liderar las próximas luchas, agitando con fuerza y audacia las banderas del Socialismo. Esa izquierda debe trazar rayas con todas las variantes del capitalismo, empezando por el peronismo, que es un cadáver maloliente que hay que ayudar a sepultar.

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