El triunfo de Javier Milei, más allá de las formas y
la ideología del libertario y sus secuaces, no implicará un cambio político y
económico de fondo, ya que el nuevo presidente intentará profundizar lo que
venía haciendo Sergio Massa: liquidar el poder adquisitivo de los salarios
-mediante el impuesto inflacionario- y continuar la entrega del país a los
monopolios imperialistas.
Para hacerlo, no impondrá una dictadura militar ni un
régimen de carácter fascista, sino que se valdrá de la actual institucionalidad,
el régimen “democrático burgués” que los capitalistas defienden a rajatabla,
porque les ha garantizado mantener su dominio desde que cayó la dictadura, 40
años atrás.
Más allá de que, un sector del electorado, tiene expectativas
reaccionarias, el conjunto no votó a Milei para aplastar los derechos obreros y
populares, sino por el odio hacia el actual gobierno, que es, a todas vistas,
el responsable del tremendo ajuste que sufre la mayoría del pueblo argentino.
Además, esta es una victoria pírrica, no solo por el
hecho de que Milei tuvo que resignar sus principales propuestas de campaña -como
la dolarización y el cierre del banco central- sino que se vio obligado a resignar
espacios y puestos al macrismo. Esto quiere decir, que el próximo gobierno no
será de un solo partido, sino de una coalición recién conformada, cuyo único
punto de unida es, o ha sido, ganarle la elección al peronismo.
Este rejunte político que ganó la elección con votos
prestados, que expresan la bronca de la que hablamos al principio, dará lugar a
un gobierno extremadamente débil, al que le resultará más que difícil ir a
fondo con el plan de ajuste que le exigen desde el FMI y las casas matrices de
los grandes monopolios imperialistas.
A todo esto, hay que agregarle la situación política y
económica mundial, cruzada por la intensificación de la guerra comercial entre
potencias, que tiende a convertirse en guerra clásica. Ese marco condiciona
todo lo que aquí se haga, desde el nuevo gobierno, porque Argentina no tendrá
ningún “viento de cola”, como tuvo en el pasado, al servicio de recomponer,
aunque sea un poquito, la actual crisis.
Los capitalistas pretenderán un ajuste mayor, más
brutal. Sin embargo, esa opción será muy difícil de concretar, por este
contexto crítico, la debilidad del gobierno libertario y, fundamentalmente,
porque la clase trabajadora no está retrocediendo, ni mucho menos, sino con la
guardia bien levantada. Eso quiere decir que se acercan combates importantes
entre los y las de abajo y los y las de arriba.
Otro aspecto importante, que es necesario analizar, es
la situación de buena parte de la izquierda, que, en vez de aparecer como una
opción distinta a los dos candidatos del ajuste, se ató al carro del PJ. Esto
lo pagará caro, porque, frente al movimiento de masas, será vista como parte del
aparato, decadente y corrupto, que se está hundiendo.
Hay que poner en pie una nueva izquierda, que saque
las conclusiones correspondientes y se juegue a liderar las próximas luchas,
agitando con fuerza y audacia las banderas del Socialismo. Esa izquierda debe
trazar rayas con todas las variantes del capitalismo, empezando por el
peronismo, que es un cadáver maloliente que hay que ayudar a sepultar.

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