Por Damián Quevedo
Joe Biden y Xi Jinping se dieron la mano en una
solemne reunión entre los jefes de Estado de ambas potencias. Las expectativas
que generó este encuentro en la prensa y otros representantes del capital,
estuvieron muy lejos de la realidad. La reunión fue apenas un intento de
enfriar la creciente tensión entre los dos países imperialistas, que se acelera
en medio de la crisis global y las guerras en Ucrania y Palestina ocupada.
Se esperaba
que la cumbre produjera acuerdos sobre la reanudación de los contactos entre
militares, la cooperación para reducir el flujo de la peligrosa droga fentanilo
a Estados Unidos, la guerra en Ucrania y el conflicto entre Hamas e Israel. Sin
embargo, ambos líderes dejaron claro que el verdadero objetivo fue enfriar las
tensiones que surgieron en un contexto de larga lucha por la primacía global
entre Estados Unidos y una China cada vez más asertiva[1].
El gobierno demócrata, al igual que su antecesor, se
encuentra en un enorme atolladero, el más grande que haya sufrido EE.UU. desde
que se transformó en una potencia imperialista, a fines del siglo XIX. Desde su
ascenso, principalmente luego de la segunda post guerra, cuando ocupó el lugar
de potencia hegemónica, no atraviesa una crisis como la actual.
Esta, además de tener las características propias de
las crisis de sobreproducción -cíclicas y cada vez más fuertes, dentro del capitalismo-
atraviesa el proceso de pérdida de esa hegemonía, que, sin embargo, aún no ha
sido conquistada por ninguna otra potencia. Conseguirlo, es imposible sin una
guerra y es hacia ahí hacia donde se dirigen ambas súper potencias, una en
declive, la otra en un ascenso.
Esta última, China, alcanzó un techo o límite, que no
puede superar si no conquista nuevos mercados mediante una guerra de
características clásicas. China ha
aumentado enormemente la exportación de su capital. Esto se refleja tanto en el
nivel de la inversión productiva como en el nivel de capital-dinero (bonos,
préstamos, etc.). Como resultado de su inmenso proceso rápido de acumulación de
capital, el imperialismo chino acumuló también enormes volúmenes de
capital-dinero.
Esto se
reflejó en un extraordinario crecimiento rápido de sus reservas de divisas.
Estas reservas explotan de $ 165 mil millones en 2000 a $ 3,305 mil millones en
marzo de 2012. (21) Tales reservas de divisas de China son iguales a la suma
combinada de los próximos seis mayores poseedores de reservas en moneda
extranjera!
También China
es un prestamista activo en préstamos bilaterales. Según el "Financial
Times", los bancos chinos se han convertido en un financiero importante en
los últimos años. Ya se está prestando más dinero para los llamados países en
vías de desarrollo que el Banco Mundial. Sin embargo, el capital de China no
sólo es activo en el mercado internacional de préstamos y bonos, sino también
como inversionista extranjero en el sector industrial y de materias primas.
Desde que
China emergió recientemente a una potencia imperialista sigue siendo más débil
en el mercado mundial que las potencias imperialistas que han dominado durante
más de un siglo. En la Tabla 2 se comparan los flujos de salida de IED
(Inversión Extranjera Directa) anuales de un número de países imperialistas en
los últimos cinco años. Uno puede ver que el imperialismo chino ya ha superado
exteriores rivales de inversión directa como Canadá o Italia, y ya ha alcanzado
el nivel de países como Alemania[2].
Este crecimiento fue posible por un proceso de
acumulación originaria particular, muy distinta de la que nutrió al capitalismo
en los siglos XVII y XIX. El actual proceso fue impulsado por la burocracia stalinista,
que ofició como palanca para el desarrollo capitalista de países, que, como
Rusia y China, presentaban grandes niveles de atraso.
Allí, una mayoría campesina -bajo relaciones
semifeudales- combinó ese atraso con el desarrollo, desigual, de algunas
regiones donde existía una industria incipiente, ligada a una división
internacional del trabajo, bajo el dominio del capitalismo imperialista. Ese
impulso estatal y la restauración capitalista plena, pero en condiciones
absolutamente nuevas para China, con un gran capital -estatal y privado- y altísimos
niveles de explotación obrera, transformó a China en una potencia imperialista.
En ese marco, es imposible que ambos gobiernos logren
frenar las tensiones, ya que la base de las mismas es el estancamiento en el
proceso de acumulación de ambas potencias. Más allá de que algunas ramas de la
producción crezcan, el capital, en su totalidad, está imposibilitado de
expandirse, de ampliarse a los niveles que exige su desarrollo actual.
Por eso, la guerra, que es la forma en la que los capitalistas eliminan a las fracciones menores de la burguesía y crean mercados nuevos o ganan los existentes, es inevitable. Los revolucionarios y la clase obrera de todo el mundo, pero principalmente de los países oprimidos (que son el terreno en disputa de las dos súper potencias) debemos prepararnos para combatir y frenar esa guerra, combinando las consignas derrotistas y por la paz, con aquellas que plantean la perspectiva socialista.

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