viernes, 3 de marzo de 2023

Discurso contra la corte, ataques mafiosos en Rosario y corte de luz... un combo fatal para un gobierno que se hunde


Por Damián Quevedo

Alberto Fernández hizo su último y más acabado gesto de impotencia, en la inauguración de las sesiones legislativas. El ataque a la Corte Suprema terminó de demostrar lo que ya se veía desde el último acto de Cristina Fernández en el conurbano: ¡El peronismo habla consigo mismo y con un reducido y volátil electorado propio! El discurso presidencial estuvo, en el fondo, plagado de justificaciones hacia la vicepresidenta, por no haber podido resolver su principal inquietud, las causas judiciales que pesan sobre ella y su grupo.

La rabiosa embestida contra la Corte Suprema de Justicia por sus recientes fallos (la coparticipación de la Capital Federal y la inconstitucionalidad del Consejo de la Magistratura) delante de los propios jueces de ese tribunal –a quienes no se privó de señalar con su perenne dedo-, exhibieron a un presidente que perdió la dignidad de un jefe del Estado, a un mandatario tan enmarañados en sus extravíos que solo profundizó su descrédito social. Nunca un presidente había llegado a tanto cuando se refirió a la cima del Poder Judicial en el acto institucional más importante del año, como es la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso[1].

A esta altura, los dirigentes del peronismo/kirchnerismo se asemejan a generales que arengan a una topa desmoralizada y amotinada, que sabe que se prepara para librar una guerra perdida. Fernández, el presidente, busca desesperadamente congraciarse con un kirchnerismo que no acepta treguas en la interna. La única forma de lograr un acuerdo de paz con el núcleo duro del cristinismo, sería que Alberto Fernández se baje de la reelección y que logre una reforma de la corte a gusto de la vice, lo cual hoy es imposible.

En medio de esta pelea callejera, está la cada vez más difícil pelea por los votos, con una realidad económica que erosiona rápidamente las posibilidades electorales del oficialismo y un gobierno que fabula de forma grosera al hablar de la situación del país. Esa fábula no busca engañar a la mayoría de la población… quienes gobiernan saben que eso ya no es posible, pretende engañar a sus propias bases, para conservar una porción de votos que los mantenga con cierta vida.  

Los propios voceros del oficialismo reconocen que, hubo y puede haber crecimiento económico pero el ingreso real de gran parte de los trabajadores y de los jubilados no ha mejorado sustancialmente y arrastra una pérdida de 15 a 20 por ciento desde el derrumbe macrista. O sea, la distribución del ingreso no ha cambiado en esencia y consolidó el rasgo regresivo pese al crecimiento económico[2].

Para colmo, el gobierno ha sido golpeado estos últimos días por dos cuestiones distintas, pero que tienen que ver con el mismo proceso de descomposición política, social y producitiva, el ataque a la familia Messi y los cortes de la energía eléctrica. Estos acontecimientos empujan aún más al presidente hacia el abismo, que en su caída arrasta al peronismo y a Juntos por el Cambio. El descrédito creciente de Alberto, es también el de los políticos tradicionales, razón por la cual existe el fenómeno Milei, que expresa, de forma distorsionada, el rechazo mayoritario al régimen actual.

Desde la izquierda debemos aprovechar esta situación, de características excepcionales, para agitar con fuerza y mucha audacia la necesidad de acabar con esta sociedad en descomposición. Hay que destruir al Capitalismo y construir la única opción capaz de reemplazarlo y superarlo, el Socialismo, a través de una revolución social que imponga un gobierno obrero y popular.  



[1] La Nación 02/02/2013

[2] Página 12 02/02/2023

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