Aniversario de la revolución cubana, sus alcances y sus límites


Por Juan Giglio 

Fidel Castro formó parte del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), una organización nacionalista burguesa creada en el año 1947 por Eduardo Chibás Ribas, que no se proponía medidas socialistas, sino la limitación del accionar de los monopolios yanquis y la lucha contra la corrupción administrativa en el estado, de allí que su principal símbolo fuera la escoba.

En 1952 tomó el poder Fulgencio Batista a través de un golpe de estado y, en 1955, con la dirección del hermano de Chibás -que se había suicidado- se hizo un congreso de la militancia de su partido, estimulado por la juventud, a la cual pertenecía Fidel y su “Movimiento 26 de Julio”, que terminó imponiendo una línea insurreccionalista para acabar con la dictadura.

El 26 de julio de 1953 Fidel había comandado un operativo de asalto al cuartel de la Moncada en Santiago de Cuba, razón por la cual el grupo que lideraba terminó adoptando ese nombre. El asalto fracasó y sus cabecillas fueron hechos prisioneros. Fidel Castro logró la amnistía en 1955, pasando a organizar el M26-J en la clandestinidad. 

Procedentes del exilio mexicano, en el 56 el grupo -en el que ya militaba Ernesto “Che” Guevara- entró clandestinamente a la isla, estableciendo su cuartel general en la Sierra Maestra, comandando una intensa lucha armada, que al combinarse con las movilizaciones y huelgas generales urbanas, terminaría derrocando a Batista a finales del 58.

Guerrilla, huelga general y triunfo de la Revolución

El viaje hacia Cuba fue realizado a bordo de un yate denominado Granma, donde viajaban 82 guerrilleros del M-26-J que desembarcaron en la zona de los Cayuelos, cercano a la playa Las coloradas, en la zona oriental de la isla. El grupo, que se instaló en las laderas de la Sierra Maestra, no tuvo mucha suerte y terminó reduciéndose a 20 personas.

Sin embargo, luego de esto, el 1° de enero de 1959 las fuerzas encabezadas por Fidel Castro ingresaron victoriosas a Santiago de Cuba obligando al dictador Fulgencio Batista a escaparse hacia EE.UU. Una semana después, el 8 de enero, una huelga general derrotó las maniobras de la dictadura, facilitando el ingreso del Ejército Rebelde a La Habana, que fue recibido por una multitud.

En esa época, Cuba enfrentaba una grave situación debido a la caída de la demanda de su principal producto de exportación, el azúcar, además de una tremenda dependencia económica y política del imperialismo yanqui, que era el dueño de todo, como las “empresas” relacionadas a la prostitución y el juego, que pertenecían a la mafia. 

En 1958 la mortalidad infantil se situaba en los 60 niños por cada 1000 nacidos vivo, el analfabetismo era superior al 30% y la falta de vivienda asolaba a los habitantes de las ciudades. En el campo los terratenientes explotaban despóticamente a una masa gigantesca de campesinos despojados y peones rurales.

El programa original de los revolucionarios se limitaba a tomar el poder para restaurar la constitución burguesa de 1940, junto con realizar una tímida reforma agraria que aliviara un poco la tremenda situación que vivía el campesinado. Para conseguir esto, el M26 se planteaba la necesidad de un gobierno de unidad con el resto de las fuerzas capitalistas opositoras.

Sin embargo, la debilidad del imperialismo, que en esa época había concentrado toda su atención y poderío en la guerra de Corea, más la presión de la lucha de los obreros y campesinos, obligaron al M26 a radicalizarse, llevándolo a plantear la necesidad de reformas agrarias muy audaces y la expropiación de las propiedades imperialistas. 

Otro elemento importante fue la destrucción -a través de la guerra de guerrillas y la huelga general de cinco días previa a la toma de la Habana- del ejército regular, que fue reemplazado por las milicias del Ejército Rebelde, que no estaba integrado por hijos de los capitalistas como los viejos oficiales, sino por peones rurales, obreros y campesinos. 

La radicalización objetiva del proceso cubano asustó a la burguesía y al imperialismo, que inicialmente miraban con simpatía a los “barbudos”. Por eso, se decidieron a boicotear al gobierno, empujándolo a girar a la izquierda. Los roces empezaron a sucederse alrededor de la creación de los tribunales revolucionarios y la reducción de alquileres y tarifas.

Reforma agraria, expropiaciones y una “Revolución de Contragolpe”

La relación con el imperialismo se tensó en mayo de 1959, cuando se dictaminó la Ley de Reforma Agraria, razón por la cual el presidente Urrutia expulsa a Fidel Castro de su puesto gubernamental. La movilización obrera y campesina lo restituyó en su cargo, lo que obligó a la renuncia de Urrutia, que terminó dejándole al Ejército Rebelde. 

Ernesto Guevara definió a todo esto como una “Revolución de Contragolpe”, explicándola como un proceso dentro del cual cada vez que se respondía a los ataques de los burgueses nacionales e internacionales se empujaba al gobierno a la ruptura con los capitalistas. Mientras tanto, la movilización de los trabajadores y el pueblo multiplicaba esta presión.

El 29 de junio de 1960 se intervino la Texaco y el 1º de julio, la Esso y la Shell (en este mismo mes EE.UU. suspendió la compra de azúcar a Cuba como presión económica). En agosto son nacionalizadas todas las compañías norteamericanas de los sectores petrolero, azucarero, telefónico y eléctrico. 

En octubre se nacionaliza la banca (nacional y extranjera) y casi 400 grandes empresas (centrales azucareros, fábricas, ferrocarriles) y se sanciona la Ley de Reforma Urbana dando la propiedad de su vivienda a miles de inquilinos. EE.UU. continúa presionando en todos los terrenos y Cuba comienza a recostarse en la Unión Soviética.

En enero de 1961 los norteamericanos rompieron relaciones y en abril la CIA organizó la invasión de exiliados o gusanos, a Bahía de los Cochinos. Las milicias, en las que combatieron el trotskista argentino Bengoechea y un grupo de militantes enviados por Nahuel Moreno, derrotaron la incursión, luego de la cual se proclamó el carácter socialista de la revolución.  

A pesar de todo esto, la Revolución no parió un estado dirigido por los trabajadores y el pueblo a través de organismos democráticos -como la Asamblea de la Comuna de París de 1871 o los soviets rusos del 1917 a 1924- sino un gobierno de características burocráticas, apoyado en la fuerte autoridad de Fidel Castro y su hermano Raúl.

Aislamiento, dependencia de la ex URSS y contradicciones con el Che

Debido aislamiento y escasa capacidad productiva, el castrismo tuvo que apoyarse en los burócratas de la ex URSS, de la que comenzaron a depender económicamente, lo cual facilitó la tarea de los comunistas rusos, que terminaron copando la Revolución, ganando a la mayoría de los comandantes para su concepción de “Revolución por Etapas” y la “Coexistencia con el Capitalismo”. 

Esta teoría se enfrentó en los hechos con la que sostenía el Che Guevara, que convocaba públicamente a la vanguardia a hacer “Uno, Dos, Tres Vietnam”. ¡No es ninguna casualidad que el guerrillero haya caído en Bolivia- portando dentro de su mochila el libro de Trotsky La Revolución Permanente!

Una de las anécdotas relatadas por el revolucionario internacionalista Ángel Bengoechea, confiadas a su amigo Horacio Lagar, era que, luego de la batalla de Bahía Cochinos -donde el “Vasco” combatió con un brazo quebrado- Guevara felicitó efusivamente a los argentinos que se estaban entrenando en la isla y pelearon contra los gusanos: “Si ser trotskista es ser como el “Vasco”… yo también soy trotskista” (Testimonios de Horacio Lagar, Editorial El Trabajador). 

La adhesión del aparato comunista cubano a las teorías de los burócratas de la URSS, fueron mortales para el gobierno revolucionario, que luego de la muerte del Che, frenó su extensión y comenzó a dar pasos de calidad hacia la restauración capitalista, que hoy está prácticamente consumada.

Los acuerdos con Obama para la introducción de empresas imperialistas en Cuba fueron un golpe demoledor y definitivo, un retroceso económico que tuvo sus jalones políticos en la década del 70 en Chile y en la del 80 en Nicaragua, cuando en esos países se desarrollaron las condiciones para  hacer triunfar a una nueva revolución de carácter Socialista.

Utilizando todo su prestigio, la conducción cubana recomendó a las masas chilenas, que “No debían construir una nueva Cuba”, lo que en otras palabras significa que “no tenían que expropiar a los capitalistas” ni destruir su ejército, que finalmente acabó con Allende a través de un golpe.

Cuando a fines de los 70, los trabajadores y el pueblo de Nicaragua derrotaron a la dictadura de Anastasio Somoza con una combinación parecida a la del proceso cubano -guerrilla, huelgas generales y quiebre de las Fuerzas Armadas- Fidel se dirigió al pueblo victorioso para repetir lo que había dicho en Chile: “No hagan como en Cuba”. 

El gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional, ganado para la ideología stalinista, abortó cualquier posibilidad de avanzar hacia las expropiaciones y la realización de una reforma agraria, transformándose con los años en un gobierno burgués tradicional, que defiende coherentemente los intereses de los empresarios nacionales e imperialistas.

Esto no fue casual, ya que Fidel antes de los acontecimientos de Chile y Nicaragua, había apoyado fervientemente la invasión de los tanques soviéticos a Checoeslovaquia, que fueron para aplastar la “Primavera Checa”, una revolución obrera y popular contra la burocracia stalinista, a favor de la democracia directa y del socialismo. 

Fidel Castro apoyó el golpe de estado del general Jaruzelsky en Polonia en el año 1981, contra los trabajadores que construían sus nuevos sindicatos democráticos, denominados Solidaridad. El argumento fue el mismo que utilizó en Checoeslovaquia, o sea el de salir a “defender el socialismo”, que de eso no tenía nada, salvo el nombre.

Fidel retrocedió tanto que, rememorando sus inicios como militante de la juventud del Partido Ortodoxo y del catolicismo, se terminó arrodillando frente a la institución más reaccionaria de la humanidad, la Iglesia Católica Apostólica Romana, con cuya mediación promovió la rendición incondicional de las FARC en Colombia. 

Desde el régimen cubano también sostuvieron y sostienen al gobierno de falso socialismo venezolano y al dictador sangriento de Siria, Bahsar Al Assad, asesino de cientos de miles de compatriotas, uniéndose para esta cruzada genocida con el representante del imperialismo ruso, el “Zar” Vladimir Putin, que provee a la dictadura de aviones y armas de destrucción masiva.

No obstante esto, y a pesar de las críticas, no podemos ni debemos dejar de reivindicar la heroicidad de los guerrilleros que bajaron de la Sierra Maestra y, empujados por las circunstancias, se vieron obligados a construir una revolución que fue más allá de lo que pretendían. Por lo tanto, debemos asumir, aprender y socializar sus mejores enseñanzas.  

Todo eso debe transformarse en una guía para los/as trabajadores/as que luchan contra sus patrones y gobiernos. ¡Un ejemplo que demuestra la posibilidad concreta de derrotar a los imperialistas, poniendo en evidencia que las medidas socialistas son capaces de resolver problemas elementales que el capitalismo ya no puede solucionar!

¡Viva la Revolución, aprendamos de sus límites!

Como admiradores del Che Guevara, quien más allá de sus límites y contradicciones fue el que más trató de hacer la revolución, extendiéndola hacia el resto del planeta, seguiremos bregando por la unidad de los revolucionarios para poner en pie partidos que estén guiados por la estrategia de construir poder obrero y popular democrático, impulsando los órganos de autodeterminación y autodefensa de las masas, como las asambleas populares, las coordinadoras, los consejos obreros o los soviets. 

Es que el Socialismo no se reduce a la imposición de medidas de carácter expropiatorio o estatistas -que son importantísimas- sino a la posibilidad de que el movimiento de masas se sienta capaz de ejercer el poder a partir de la construcción de la principal herramienta que existe para que eso suceda: la democracia directa. 

Los procesos revolucionarios que están en curso, como la explosión de los “chalecos amarillos” en Francia, están mostrando esa perspectiva, ya que los nuevos procesos de lucha se apoyan en el mecanismo asambleario, que es, en definitiva, el germen del poder obrero y popular.

Por todo esto, frente al 60 aniversario de la Revolución Cubana, los revolucionarios y las revolucionarias debemos gritar bien fuerte: ¡Viva la Revolución del 59! ¡Con sus enseñanzas y sus críticas, ahora vamos por más revoluciones, construyendo organizaciones revolucionarias consecuentes que impulsen la democracia directa de la clase obrera y el pueblo en lucha!


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