Damián Quevedo y Juan Giglio
La crisis política recurrente del Perú tiene aspectos particulares, pero también presenta elementos comunes al resto de los países de nuestro continente, donde las instituciones que conforman el Estado moderno vienen sufriendo una erosión constante y sistemática. Este proceso es producto del agotamiento de la herramienta con la que ejercieron el poder los capitalistas durante estas últimas décadas, la democracia representativa.
Esta realidad abarca a todas las instituciones de la sociedad actual, desde los organismos del Estado, pertenecientes a los “tres poderes” que lo sostienen, hasta los partidos políticos patronales, los sindicatos, centros de estudiantes y otras organizaciones de la “sociedad civil”. Estas, como decía Trotsky refiriéndose a los gremios, han sido estatizadas, convirtiéndose en instrumentos del dominio burgués.
En ese contexto, mientras unas pierden autoridad, las otras, que deberían contener y organizar al movimiento de masas, se vacían de contenido, transformándose en cáscaras vacías. Por eso, comienza a aparecer una de las tendencias que caracteriza a las situaciones revolucionarias, la búsqueda, por parte del movimiento de masas, de nuevos organismos que las representen, como fueron en su momento la Comuna de París o los soviets, solo por citar un par de ejemplos.
Esto quiere decir, que la debacle del régimen democrático burgués está abriendo un gran espacio para
el desarrollo de la democracia directa, que no asume siempre la misma forma (la
clásica es la asamblea y la decisión a mano alzada), sino que puede adoptar
otros canales, como un torrente de agua que busca un cauce. Así sucedió durante
la Primavera Árabe o las protestas en Hong Kong de 2019, donde las redes
sociales fueron utilizadas como instrumentos para ejercitarla.
Cuarentenas, bonapartismo y después…
El período iniciado en 2019, que denominamos contrarrevolución Covid, ya que las cuarentenas y la quita de libertades, lejos de haber sido organizadas para defender la salud, constituyeron un intento, por parte de la burguesía mundial, de aplastar esta dinámica revolucionaria, mediante una política dirigida a “meter en sus casas” a los trabajadores, para que dejen de realizar asambleas y organizarse para luchar por sus derechos.
Sin embargo, este intento contrarrevolucionario llegó a su fin, siendo derrotado por la resistencia obrera y popular que enfrentaron desde el principio a las restricciones. Esa misma clase social es la que, en el país del Covid, China, está liquidando las cuarentenas de la dictadura en el último de sus bastiones! Esto constituye un problema tremendo para el resto de las burguesías, que, confinamientos sociales mediante, pretendieron reemplazar al viejo y caduco régimen “democrático” por otro, de carácter “bonapartista” o directamente dictatorial.
Por esa razón, los capitalistas, que jugaron todo para consumar esa perspectiva, ahora están obligados a recauchutar las viejas instituciones de la democracia representativa, lo cual les crea grandes problemas, debido a su crisis y nivel de decadencia. ¡Perú es una de las expresiones más elocuentes de esta situación, ya que es un país en el cual este régimen, en los hechos, ha dejado de funcionar!
Perú es, en definitiva, un espejo de la realidad del resto de los países, donde sus regímenes atraviesan una crisis similar, una realidad que le impide a la burguesía gobernar como antes, y, al mismo tiempo, abona las condiciones para la explosión de nuevas insurrecciones. Por lo tanto, el proceso revolucionario que fue frenado a través de los confinamientos, ahora resurge con más fuerza y niveles de radicalización que antes.
Si a todo esto le agregamos la exacerbación de las tensiones entre las potencias, que, en medio de la recesión mundial, parió una guerra en el centro de Europa y prepara otra, entre China y Estados Unidos, no nos queda ninguna duda de que estamos entrando a una nueva situación revolucionaria mundial. En esta, como dijimos al principio, se desarrollará y extenderá la herramienta más importante que tiene la clase trabajadora para disputar el poder, la democracia directa.
Como revolucionarios nos corresponde incentivar esta dinámica, proponiendo que cada combate obrero sea discutido y resuelto en asambleas democráticas, que estas se centralicen a través de coordinadoras y que, además, no se limiten a votar medidas de lucha y pliegos de reclamos mínimos o elementales. Allí, el movimiento de masas en lucha debe comenzar a discutir con qué programa enfrentará a los capitalistas de aquí en más.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario