miércoles, 14 de diciembre de 2022

Qatar, la rebelión de la alegría y el fin del "quedate en casa"


Por Damián Quevedo y Juan Giglio

La llegada de la selección a la final de Qatar y las gambetas de Messi provocaron festejos callejeros multitudinarios, típicos de un país que ama al fútbol, como el nuestro. Sin embargo, estas expresiones de júbilo son distintas a las anteriores, ya que suceden poco tiempo después de que terminaran de caer las restricciones a las libertades, impuestas por el gobierno en nombre de la “salud”.   

Esta política de encierro y control policial, que se derrumbó de manera generalizada, ya está cayendo en donde más duró, China. La burguesía “comunista”, igual que sus pares del resto del planeta, agitó el fantasma del virus para meterle miedo a la clase trabajadora, desmovilizarla e imponer el ajuste salvaje que necesita para salir de la crisis que embarga a la economía del gigante asiático.  

En todos lados, fueron millones quienes, de una u otra manera, enfrentaron los confinamientos, pases “sanitarios” y otros engendros “científicos”, a través de marchas, huelgas, bloqueos y una fenomenal resistencia subterránea, que acabó en los hechos con una política, que desde nuestra corriente hemos denominado Contrarrevolución Covid.  

Esta caracterización no significa negar la existencia del virus ni la necesidad de combatirlo, sino cuestionar el discurso de la OMS, las potencias imperialistas y la Big Pharma. Esta gente, no solo realizó grandes negocios, incrementando las ventas de la industria medicinal, sino que se propuso desmovilizar a un movimiento de masas, que hasta finales de 2019 venía protagonizando un ascenso revolucionario.  

Los festejos por la clasificación, son, más allá de la compresión individual de cada una de las personas que vivan a Messi y los suyos, una estocada final a la política del “Quedate en Casa”.  

Una mirada superficial de este proceso, haría creer que el gobierno se beneficiará con las victorias futbolísticas, aprovechándolas para seguir metiendo el ajuste. Aunque en parte es así, en el fondo es exactamente al revés, porque el fenómeno que está emergiendo va en contra de lo que quisieron hacer los kirchneristas durante casi dos años: encerrar y dividir a la clase trabajadora.  

La movilización callejera de millones, en este contexto e independientemente del motivo que la gestó, es un gran acontecimiento político y social, ya que terminó de triturar la política de miedo fabricada en los “laboratorios” del poder imperialista. Esta dinámica, en definitiva, está creando las condiciones para que esa enorme energía se oriente en contra del ajuste y los ajustadores.  

Existe una similitud entre esta situación y la que tuvo lugar a partir de los festejos del Mundial 78, porque, a pesar del intento de la dictadura, el triunfo argentino no le sirvió para legitimarse o lavarse la cara frente al mundo. La salida del pueblo a la calle, que estaba prohibida por el estado de sitio, empujó la resistencia, que pocos años después pegó un salto de calidad, tumbando a quienes quisieron perpetuarse por décadas.   

Todo esto ocurre a pocas horas de que movimiento de masas del Perú saliera a repudiar al nuevo gobierno, elegido entre las cuatro paredes de un Congreso que la mayoría aspira a disolver. Aquí, el odio contra del régimen y sus personeros es cada vez más parecido al de nuestros hermanos de clase peruanos, a pesar del circo futbolero y todo el verso “nacional y popular” del gobierno.

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