Por Damián Quevedo
El futuro inmediato del gobierno depende cada día más de lo que suceda en Qatar, ya que sus funcionarios están convencidos de que, sólo el triunfo en la Copa Mundial de fútbol, les podría garantizar un diciembre más o menos tranquilo. Por eso, en estos días, no han hecho más que rezarle al nuevo santo pagano de la Argentina, “San Messi” de Qatar.
En los últimos dos meses la política del gobierno giró en torno al juicio por la corrupción kirchnerista en Vialidad, algo totalmente fuera de foco con los problemas reales del país. Por eso, inmediatamente después de que concluyó el circo judicial, tanto el ejecutivo como el congreso quedaron en modo “stand by”, pero sin piloto automático.
Luego de los escándalos por espionaje, que empujaron la renuncia de un funcionario cercano al presidente -el jefe de asesores Julián Launda- la última sesión del parlamento terminó peor que los últimos minutos del segundo tiempo entre Argentina y Holanda.
La última sesión en Diputados terminó en un escándalo, la bancada oficialista utiliza la condena a Cristina como un garrote político para castigar a la oposición y Alberto Fernández duda en convocar a sesiones extraordinarias porque asume que es casi imposible acordar una agenda común con Juntos por el Cambio[1].
La paralización política del régimen no es momentánea, ya que ni el oficialismo ni la oposición patronal cuentan con un plan para salir de la crisis. ¡Mientras unos esperan, rogando a la “Scaloneta”, que no se produzca un sismo antes de las próximas elecciones, los otros están metidos en una pelea a muerte por las candidaturas!
En medio de esta crisis política, que involucra a todo el arco patronal, la inflación persiste y erosiona día a día el salario, provocando el hundimiento del Frente de Todos, que no tiene expectativa alguna de ganar las próximas elecciones. Esta realidad explica la huida en masa de la mayoría del gabinete y la desesperación generalizada ante el “renunciamiento” de Cristina, que dejará sin votos a la mayoría de los candidatos peronistas para 2023.
Este combo explosivo, si no explota antes, convirtiéndose en rebelión social, le dejará al próximo gobierno una fenomenal crisis, que se agravará debido a los vencimientos de la deuda en 2023. A todo esto hay que agregarle un factor extra e impensado, la crisis peruana, cuyo desarrollo muestra lo que podría suceder en nuestro país, cuya clase obrera sabe de Argentinazos y otras puebladas capaces de tumbar gobiernos.
La izquierda debe entender, que, para disputar la conducción de las masas tiene que trazar rayas con todas las fracciones de la burguesía, apareciendo como una verdadera opción. Para eso, debe impulsar la construcción de un centro coordinadora de las luchas, que organice la huelga general activa contra el ajuste y los ajustadores y levante un Programa Obrero Alternativo, discutido y resuelto en miles de asambleas de base.

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