martes, 4 de octubre de 2022

La crisis mundial, cada vez más aguda, es fácil de explicar... con el método marxista


Por Ernesto Buenaventura

Hace 150 años Marx explicó las causas de las crisis "cíclicas" del Capitalismo, indicando que estas no son tormentas surgidas del aire o el producto de “malas políticas” de ciertos ministros de economía, que deberían ser reemplazados por otros u otras, con “mayor capacidad” de gestión. No son otra cosa que los mecanismos propios del sistema capitalista, que se repiten con regularidad, con el propósito de reajustar sus ganancias y bajar los salarios obreros, cerrando fábricas y despidiendo trabajadores.

Esto lo escribió hace 150 años en El Capital, que hoy continúa siendo uno de los libros más vendidos en todo el mundo. Según Marx, la razón última de la crisis es la ley de la tendencia descendente de la tasa de ganancia.  Veamos esto en concreto, mediante un ejemplo: un capitalista invierte 50 en máquinas y 100 en salarios para obtener mercancías por 250 pesos. Esa diferencia de 100 pesos entre lo que invirtió y lo que produjo, es la plusvalía, el trabajo obrero excedente no pagado. Si invirtió 150 ganó 100, le quedó un 66% de ganancia.

El capitalista solo se mueve por el afán de aumentar la ganancia. Puede extender la jornada de trabajo y aumentar el número de obreros, pero los obreros empiezan a hacer huelgas, o empiezan a faltar técnicos, mecánicos, y suben los salarios, lo cual reduce sus ganancias. Entonces el capitalista decide invertir en máquinas, que no hablan ni protestan, para prescindir de obreros. Se producen máquinas cada vez más poderosas, el trabajo humano es cada vez más productivo, y se necesitan cada vez menos obreros.

Pero el capitalista solo obtiene sus ganancias del trabajo vivo, que proviene de la explotación por cada uno de los obreros de los cuales consigue extraer el “plusvalor”.  Por eso, la contradicción que existe cada vez que el burgués invierte más invierte en máquinas y técnica, es que se reducen sus ganancias en proporción al capital invertido.  Por ejemplo, si ahora invierte 200 en máquinas y 100 en sueldos, y se mantienen los mismos 100 de trabajo excedente no pago, sacará 400 en mercaderías. Habrá invertido 300 pero sacará cien, es decir, ganará 33%.

Esa es la primera parte de la ley de la tendencia descendente de la tasa de ganancia descrita por Marx. La segunda parte es que, como el capitalista quiere ganar más, sigue extendiendo la producción e invirtiendo.  Como resultado, obtiene cada vez más plata, más masa de dinero, pero menos ganancia en proporción al capital que invirtió.  Como dijo Marx, “el capitalista gana cada vez menos en porcentaje, pero tiene una masa de ganancia cada vez mayor”.

Para Marx este es “el misterio en torno a cuya solución gira toda la economía política”. Entonces viene la crisis: el capitalista deja de invertir, empieza a cerrar fábricas y a despedir, guarda su capital o lo envía a la Bolsa y a la especulación, hasta que logra bajar el salario de los obreros y recuperar su tasa de ganancia. 

Cada vez que se produce una crisis, producto de la ley de la baja tendencial de las tasas de ganancia, los capitalistas deben recurrir a la única receta que conocen para resolverla, cual es la destrucción de fuerzas productivas, para recrear nuevos ciclos “virtuosos” de producción, con un mayor grado de súper explotación y con menos competencia. Para eso, emprende guerras de conquista de mercados y exterminio de trabajadores y burgueses “enemigos”.  

El gravísimo problema de la actual crisis es que los imperialistas no pueden emprender fácilmente esa solución, porque para lograrlo deberían contar millones de personas -organizadas en sus ejércitos- dispuestas a “morir por sus respectivas patrias”. Eso, aunque lo pretendan, todavía no sucede, debido a un problema fundamental que aqueja a la burguesía: los trabajadores y los pueblos, que constituyen la base de las fuerzas armadas regulares, no solo no quieren ir a la guerra, sino que pelean cada vez con más fuerza por sus demandas insatisfechas, enfrentando a los Estados capitalistas.

Eso empujó, durante estos últimos años, a los grandes imperios, principalmente Estados Unidos y China, a profundizar sus enfrentamientos, no de manera militar, sino mediante la “guerra comercial”, un campo de batalla que utilizan para disputar mercados. Ese tipo de contiendas ya les alcanza, ni para rapiñar al mundo y sus recursos, ni, mucho menos, para destruir las fuerzas productivas que requeriría un nuevo ciclo de expansión capitalista, como los que ocurrieron luego de las primera y segunda guerras.  

La imposibilidad de llevar adelante estas guerras clásicas, metiendo al movimiento de masas en una dinámica “patriótica”, combinada con el ascenso mundial de las luchas, dio lugar a la existencia de una Situación Pre Revolucionaria, que la burguesía intentó frenar con las políticas de desmovilización -el “quédate en casa” mundial- desplegadas durante la pandemia.  Como esta “Contrarrevolución Covid” -tal como la denominamos desde nuestra corriente- fracasó, ahora, los dueños del mundo están promoviendo la guerra directa, situación que se empezó a concretar en Ucrania y que tiene posibilidades reales de explotar en el Mar de la China.

Por todo esto, la crisis actual, que es mucho más grande y profunda que las anteriores, lleva a las burguesías a buscar un cambio en el régimen -democrático representativo- con el que, durante años, mantuvieron su dominio. De conjunto, los capitalistas, están tratando de modificar esta manera de gobernar, para imponer regímenes de carácter bonapartista o directamente dictatoriales, lo que no significa ningún “giro a la derecha” de la situación política y social, sino que esta avanza hacia niveles más agudos de polarización, entre revolución y contrarrevolución.

Entender todo esto, permite que los revolucionarios y las revolucionarias contemos con mejores posibilidades para ganar el liderazgo de los próximos combates entre las clases, agitando con audacia y decisión las banderas del Socialismo, que, hoy por hoy, están más vigentes que nunca. Para eso, es necesario construir el “estado mayor” de la revolución, el partido o movimiento -nacional e internacional- que, asumiendo la existencia de condiciones más que óptimas para avanzar hacia la destrucción del capitalismo, sea capaz de impulsar las tácticas que reclaman las actuales circunstancias. Desde nuestra Corriente Comunista Revolucionaria Internacional, CCRI, estamos poniendo nuestro “granito de arena” en función de esta necesaria construcción.

El “milagro” soviético demostró, a pesar de todo, la superioridad del Socialismo

El 7 de noviembre se cumplirá otro nuevo aniversario del triunfo de la Revolución Rusa, acontecimiento que marcó al siglo XX con la fuerza revolucionaria de la clase obrera, y aún ilumina con sus enseñanzas el devenir del presente siglo.  Mucho se ha escrito para negar su legado y desfigurar sus profundas raíces transformadoras, que adquieren una actualidad implacable frente a la barbarie capitalista, que sólo prioriza la tasa de ganancia a costa de lo que sea.

Por ello el futuro socialista que anunció la Revolución de Octubre se agiganta ante el capitalismo que se reproduce constantemente como un sistema depredador de la condición humana.  Generando crisis que pagan los pueblos del mundo con miseria, explotación, enfermedades, guerras…etc.; donde los derechos humanos y la libertad solo existen para los ricos y en los discursos de sus políticos.  No es casual que los escribientes al servicio del capitalismo omitan los logros del socialismo en Rusia frente a la crisis capitalista de 1929.

En los dos años siguientes Estados Unidos y Alemania perdieron un tercio de su industria. El desempleo llegó al 27% en Estados Unidos, 22% en Gran Bretaña, 44% en Alemania.  El comercio mundial disminuyó un 40%. Hubo un solo país que se salvó de la catástrofe: la Unión Soviética. Entre 1929 y 1940 la producción industrial se triplicó.  Su participación en la producción mundial de productos manufacturados pasó del 5% en 1929 al 18% en 1938. No hubo un solo desempleado. En 1925 la URSS ocupaba el lugar número 11 en la producción de energía eléctrica. En 1935 subió al tercer lugar.  En la extracción de carbón pasó del décimo lugar al cuarto. En la producción de acero, del sexto al tercero. Los economistas burgueses no salían de su asombro.


En general, se toma como paradigma el ejemplo del New Deal de Roosevelt en EEUU, que en realidad fue el salvataje de los grandes bancos y monopolios, y se esconde que la Rusia socialista no experimentó las miserias y penurias del resto de los países, gracias a que había expropiado los medios de producción de capitalistas y terratenientes para ponerlos al servicio de toda la sociedad como propiedad colectiva. Por eso en pocos años Rusia había superado su atraso, erradicando el hambre, la miseria y el analfabetismo, convirtiéndose en un verdadero anticipo de lo podría ser el socialismo no sólo en un solo país sino a escala mundial.

La dictadura stalinista, que traicionó los principios revolucionarios del bolchevismo, aplastando la democracia obrera e iniciando el camino de la restauración capitalista, sometió a los trabajadores soviéticos e impidió que el proceso revolucionario se extendiera a nivel mundial, como quería Lenin cuando señalaba “que era necesario el esfuerzo conjunto de los obreros de los países avanzados para que triunfe el socialismo”. Como dijo Trotsky, “tales son los resultados incontestables de la revolución de Octubre en la cual los profetas del viejo mundo quieren ver la tumba de la civilización”.

Por todo esto, más allá de la suerte que terminó corriendo este primer gran experimento socialista, continuador de la revolución iniciada con la gloriosa Comuna de París en 1871, los revolucionarios y las revolucionarias consecuentes debemos tomar como propias las palabras de Trotsky, cuando explicaba que “quedará para el porvenir un hecho indestructible: que la revolución proletaria ha permitido a un país atrasado obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes en la historia”.

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