Por Ernesto Buenaventura
Hace 150 años Marx explicó las causas de las crisis
"cíclicas" del Capitalismo, indicando que estas no son tormentas
surgidas del aire o el producto de “malas políticas” de ciertos ministros de
economía, que deberían ser reemplazados por otros u otras, con “mayor
capacidad” de gestión. No son otra cosa que los mecanismos propios del sistema
capitalista, que se repiten con regularidad, con el propósito de reajustar sus
ganancias y bajar los salarios obreros, cerrando fábricas y despidiendo
trabajadores.
Esto lo escribió hace 150 años en El Capital, que hoy continúa siendo uno de
los libros más vendidos en todo el mundo. Según Marx, la razón última de la
crisis es la ley de la tendencia descendente de la tasa de
ganancia. Veamos esto en concreto, mediante un ejemplo: un
capitalista invierte 50 en máquinas y 100 en salarios para obtener mercancías
por 250 pesos. Esa diferencia de 100 pesos entre lo que invirtió y lo que
produjo, es la plusvalía, el trabajo obrero excedente no pagado. Si invirtió
150 ganó 100, le quedó un 66% de ganancia.
El capitalista solo se mueve por el afán de aumentar la ganancia. Puede
extender la jornada de trabajo y aumentar el número de obreros, pero los
obreros empiezan a hacer huelgas, o empiezan a faltar técnicos, mecánicos, y
suben los salarios, lo cual reduce sus ganancias. Entonces el capitalista
decide invertir en máquinas, que no hablan ni protestan, para prescindir de
obreros. Se producen máquinas cada vez más poderosas, el trabajo humano es cada
vez más productivo, y se necesitan cada vez menos obreros.
Pero el capitalista solo obtiene sus ganancias del trabajo vivo, que proviene
de la explotación por cada uno de los obreros de los cuales consigue extraer el
“plusvalor”. Por eso, la contradicción que existe cada vez que el burgués
invierte más invierte en máquinas y técnica, es que se reducen sus ganancias en
proporción al capital invertido. Por ejemplo, si ahora invierte 200
en máquinas y 100 en sueldos, y se mantienen los mismos 100 de trabajo
excedente no pago, sacará 400 en mercaderías. Habrá invertido 300 pero sacará
cien, es decir, ganará 33%.
Esa es la primera parte de la ley de la tendencia descendente de la tasa de
ganancia descrita por Marx. La segunda parte es que, como el capitalista quiere
ganar más, sigue extendiendo la producción e invirtiendo. Como
resultado, obtiene cada vez más plata, más masa de dinero, pero menos ganancia
en proporción al capital que invirtió. Como dijo Marx, “el
capitalista gana cada vez menos en porcentaje, pero tiene una masa de ganancia
cada vez mayor”.
Para Marx este es “el misterio en torno a cuya solución gira toda la economía
política”. Entonces viene la crisis: el capitalista deja de invertir, empieza a
cerrar fábricas y a despedir, guarda su capital o lo envía a la Bolsa y a la
especulación, hasta que logra bajar el salario de los obreros y recuperar su
tasa de ganancia.
Cada vez que se produce una crisis, producto de la ley de la baja tendencial de las tasas de ganancia, los capitalistas deben recurrir a la única receta que conocen para resolverla, cual es la destrucción de fuerzas productivas, para recrear nuevos ciclos “virtuosos” de producción, con un mayor grado de súper explotación y con menos competencia. Para eso, emprende guerras de conquista de mercados y exterminio de trabajadores y burgueses “enemigos”.
El gravísimo problema de la actual crisis es que los
imperialistas no pueden emprender fácilmente esa solución, porque para lograrlo
deberían contar millones de personas -organizadas en sus ejércitos- dispuestas a
“morir por sus respectivas patrias”. Eso, aunque lo pretendan, todavía no
sucede, debido a un problema fundamental que aqueja a la burguesía: los
trabajadores y los pueblos, que constituyen la base de las fuerzas armadas
regulares, no solo no quieren ir a la guerra, sino que pelean cada vez con más
fuerza por sus demandas insatisfechas, enfrentando a los Estados capitalistas.
Eso empujó, durante estos últimos años, a los grandes imperios, principalmente Estados Unidos y China, a profundizar sus enfrentamientos, no de manera militar, sino mediante la “guerra comercial”, un campo de batalla que utilizan para disputar mercados. Ese tipo de contiendas ya les alcanza, ni para rapiñar al mundo y sus recursos, ni, mucho menos, para destruir las fuerzas productivas que requeriría un nuevo ciclo de expansión capitalista, como los que ocurrieron luego de las primera y segunda guerras.
La imposibilidad de llevar adelante estas guerras clásicas, metiendo
al movimiento de masas en una dinámica “patriótica”, combinada con el ascenso
mundial de las luchas, dio lugar a la existencia de una Situación Pre Revolucionaria,
que la burguesía intentó frenar con las políticas de desmovilización -el “quédate
en casa” mundial- desplegadas durante la pandemia. Como esta “Contrarrevolución Covid” -tal como
la denominamos desde nuestra corriente- fracasó, ahora, los dueños del mundo
están promoviendo la guerra directa, situación que se empezó a concretar en
Ucrania y que tiene posibilidades reales de explotar en el Mar de la China.
Por todo esto, la crisis actual, que es mucho más grande y
profunda que las anteriores, lleva a las burguesías a buscar un cambio en el
régimen -democrático representativo- con el que, durante años, mantuvieron su
dominio. De conjunto, los capitalistas, están tratando de modificar esta manera
de gobernar, para imponer regímenes de carácter bonapartista o directamente
dictatoriales, lo que no significa ningún “giro a la derecha” de la situación política
y social, sino que esta avanza hacia niveles más agudos de polarización, entre
revolución y contrarrevolución.
Entender todo esto, permite que los revolucionarios y las
revolucionarias contemos con mejores posibilidades para ganar el liderazgo de
los próximos combates entre las clases, agitando con audacia y decisión las
banderas del Socialismo, que, hoy por hoy, están más vigentes que nunca. Para
eso, es necesario construir el “estado mayor” de la revolución, el partido o
movimiento -nacional e internacional- que, asumiendo la existencia de
condiciones más que óptimas para avanzar hacia la destrucción del capitalismo, sea
capaz de impulsar las tácticas que reclaman las actuales circunstancias. Desde
nuestra Corriente Comunista Revolucionaria Internacional, CCRI, estamos
poniendo nuestro “granito de arena” en función de esta necesaria construcción.
El “milagro” soviético demostró, a pesar de todo, la
superioridad del Socialismo
El 7 de noviembre se cumplirá otro nuevo aniversario del triunfo
de la Revolución Rusa, acontecimiento que marcó al siglo XX con la fuerza
revolucionaria de la clase obrera, y aún ilumina con sus enseñanzas el devenir
del presente siglo. Mucho se ha escrito para negar su legado y desfigurar
sus profundas raíces transformadoras, que adquieren una actualidad implacable
frente a la barbarie capitalista, que sólo prioriza la tasa de ganancia a costa
de lo que sea.
Por ello el futuro socialista que anunció la Revolución de
Octubre se agiganta ante el capitalismo que se reproduce constantemente como un
sistema depredador de la condición humana. Generando crisis que
pagan los pueblos del mundo con miseria, explotación, enfermedades,
guerras…etc.; donde los derechos humanos y la libertad solo existen para los
ricos y en los discursos de sus políticos. No es casual que los
escribientes al servicio del capitalismo omitan los logros del socialismo en
Rusia frente a la crisis capitalista de 1929.
En los dos años siguientes Estados Unidos y Alemania perdieron un tercio de su
industria. El desempleo llegó al 27% en Estados Unidos, 22% en Gran Bretaña,
44% en Alemania. El comercio mundial disminuyó un 40%. Hubo un solo
país que se salvó de la catástrofe: la Unión Soviética. Entre 1929 y 1940 la
producción industrial se triplicó. Su participación en la producción
mundial de productos manufacturados pasó del 5% en 1929 al 18% en 1938. No hubo
un solo desempleado. En 1925 la URSS ocupaba el lugar número 11 en la
producción de energía eléctrica. En 1935 subió al tercer lugar. En
la extracción de carbón pasó del décimo lugar al cuarto. En la producción de
acero, del sexto al tercero. Los economistas burgueses no salían de su asombro.
En general, se toma como paradigma el ejemplo del New Deal de Roosevelt en
EEUU, que en realidad fue el salvataje de los grandes bancos y monopolios, y se
esconde que la Rusia socialista no experimentó las miserias y penurias del
resto de los países, gracias a que había expropiado los medios de producción de
capitalistas y terratenientes para ponerlos al servicio de toda la sociedad
como propiedad colectiva. Por eso en pocos años Rusia había superado su atraso,
erradicando el hambre, la miseria y el analfabetismo, convirtiéndose en un
verdadero anticipo de lo podría ser el socialismo no sólo en un solo país sino
a escala mundial.
La dictadura stalinista, que traicionó los principios revolucionarios del
bolchevismo, aplastando la democracia obrera e iniciando el camino de la
restauración capitalista, sometió a los trabajadores soviéticos e impidió que
el proceso revolucionario se extendiera a nivel mundial, como quería Lenin
cuando señalaba “que era necesario el esfuerzo conjunto de los obreros de los
países avanzados para que triunfe el socialismo”. Como dijo Trotsky, “tales
son los resultados incontestables de la revolución de Octubre en la cual los
profetas del viejo mundo quieren ver la tumba de la civilización”.
Por todo esto, más allá de la suerte que terminó corriendo este primer gran
experimento socialista, continuador de la revolución iniciada con la gloriosa
Comuna de París en 1871, los revolucionarios y las revolucionarias consecuentes
debemos tomar como propias las palabras de Trotsky, cuando explicaba que “quedará
para el porvenir un hecho indestructible: que la revolución proletaria ha
permitido a un país atrasado obtener en menos de veinte años resultados sin
precedentes en la historia”.

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