Por Juan Giglio
El resultado de la elección brasileña sorprendió a propios y
extraños, ya que el triunfo de Lula da Silva no solo fue exiguo, sino que dio lugar a victorias contundentes de los candidatos parlamentarios
más emblemáticos del bolsonarismo, como el ex ministro de Justicia Sergio Moro
-elegido senador nacional por el estado de Paraná- quien fue el juez que
encabezó el “lavajato” contra el principal dirigente del PT.
La pastora evangélica Damares Alves, quien fue titular
del Ministerio de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos, fue elegida
senadora por el Distrito Federal de Brasilia y Teresa Cristina Correa,
exministra de Agricultura, ganó una banca por el estado de Mato Grosso do Sul. En
la Cámara de Diputados ganaron candidatos conservadores emblemáticos… (Página
12, 3 de octubre)
Los progres y buena parte de la izquierda de latinoamericana dicen, que esto se explica por un proceso de “corrimiento hacia la derecha” que estaría
recorriendo el continente, que, semanas atrás, se habría expresado con la derrota
del oficialismo chileno en la elección constituyente. Así lo indica Página
12, cuya redacción simpatiza con Lula: Ese movimiento confirma, según los
analistas, un posicionamiento hacia el centro y el centro derecha de
la sociedad brasileña que implicará un fuerte desafío para el líder del PT en
su carrera por la presidencia. (Clarín, 3 de octubre)
El jefe de las noticias internacionales de Clarín, Marcelo
Cantelmi, dijo algo parecido: Todo el espectro de estas tres figuras, con un
ex mandatario corrido al centro que gana por cuatro puntos, un presidente que
corporiza el extremo de una tendencia y una tercera elegida con un perfil más
perfeccionado sobre la misma vereda, es un indicador muy estridente de
qué es lo que quieren los brasileños desde el poder… un fenómeno regional
que acaba de confirmarse en Chile con el referéndum que derribó el proyecto de
nueva Constitución. (Clarín 3 de octubre)
Impactados por el supuesto avance del “fascismo”,
desde el Nuevo MAS argentino ya han salido a pedir el “voto crítico” para Lula,
política con la que coincidirán otras organizaciones de izquierda. Sin embargo,
el fascismo es algo más que un candidato con ideas ultraderechistas -como las
que tiene Bolsonaro- es un movimiento de masas -integrado por sectores de
la pequeña burguesía y el lúmpen proletariado- que gana las calles con el propósito y la disposición de aplastar
las libertades democráticas, las organizaciones obreras y de izquierda.
Bolsonaro, por más que pretenda avanzar en ese sentido, no cuenta con las condiciones políticas y sociales para lograrlo, como lo demostró durante su gobierno, ya que la mayoría de los votos que recibió no proceden de millones de personas dispuestas a calzarse las camisas pardas para ir a bloquear las puertas del parlamento, los sindicatos y los partidos que se reclaman socialistas. Lo votaron porque odian al PT, porque sus gobiernos no han sido capaces de cambiar la situación de miseria en la que viven.
Eso no quiere decir que entre los votantes no exista una porción más radicalizada y militante, sino que esta es insignificante en relación a lo que se requiere para poner en marcha un verdadero movimiento fascista. Ni Chile, ni Brasil, ni ninguno de los países latinoamericanos están “girando hacia la derecha”, ya que los cambios profundos en las relaciones de fuerza entre las clases no provienen de las elecciones, sino de los avances o retrocesos de la clase trabajadora en otro terrero, el de sus combates cotidianos contra la burguesía.
Lo que están expresando estas últimas elecciones, tanto las que han sido ganadas por el “progresismo”, como las otras, es una profunda desconfianza en los regímenes “democráticos” sobre los que el Capitalismo se ha venido sosteniendo. Ese proceso genera un nivel de polarización social cada vez más acentuado, debido al cual está desarrollándose un nuevo ascenso de las luchas obreras y populares, que comenzó a desarrollarse después del “parate” producido por la gran contraofensiva burguesa, llevada adelante durante la pandemia.
Los revolucionarios consecuentes no deben caer en la trampa “progresista”,
haciendo campaña por Lula en la segunda vuelta -contra del “peligro fascista”- ya que en Brasil,
como en el resto de los países latinoamericanos, el peligro central es el Plan de Ajuste, Saqueo
y Represión, que tanto Bolsonaro como el líder petista coinciden en aplica, acatando las órdenes de los CEOs de los grandes monopolios nacionales e imperialistas.
Aunque la izquierda que rechace las dos opciones, sea, coyunturalmente, minoritaria,
la política de trazar rayas y de agitar las banderas del verdadero Socialismo, es una apuesta ofensiva de cara hacia el futuro. ¡Ninguna
de las opciones en pugna resolverá las demandas insatisfechas del
movimiento de masas, que -más temprano que tarde- explotará de odio hacia los
de arriba, buscando las alternativas que le marcaron el rumbo desde el principio!

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