Por Damián Quevedo
Aprovechando los efectos publicitarios de los hechos sucedidos en Recoleta, que involucraron a la denominada “banda de los copitos” y la vicepresidenta, el Kirchnerismo ha salido a motorizar la realización de un encuentro entre los jefes del oficialismo y la oposición patronal, específicamente entre Cristina Fernández y Mauricio Macri.
Sobre esto, hasta los “halcones” de La Cámpora asumieron ahora la necesidad de buscar el consenso entre ambos representantes patronales. El secretario general de La Cámpora, Andrés "Cuervo" Larroque, volvió a insistir con la idea de que los dos retomen el diálogo y consideró que es "imprescindible" que ese acercamiento suceda en este contexto[1].
Este llamado a la unidad, una especie de "gran acuerdo nacional" -como el que se firmó en la década del 70 entre Perón y la oposición patronal- es uno de los síntomas más explícitos de una crisis política casi permanente y de la incapacidad del régimen para imponer, aunque sea algunas leyes, que le permitan endurecerse para ir más a fondo con el ajuste.
La épica actual del kirchnerismo se sostiene en la victimización y la canonización de Cristina, atacada por un grupo de lúmpenes con aparentes problemas psiquiátricos, que aunque están lejos de parecerse a Bin Laden y sus secuaces de Al Qaeda, con su accionar mostraron la inoperancia e incapacidad del Estado, burlando la custodia de la vicepresidenta.
La batalla gubernamental contra “los copitos” no fue suficiente para imponer una censura digna del Zar Putin, ya que Cristina y los suyos fracasaron con la promoción de una ley cuyo propósito era amordazar “los discursos de odio”, o, peor aún, para eliminar la relativa división de poderes del régimen democrático burgués imperante, a través de una “ley contra el lawfare”.
El resultado de todo esto, es que el Estado nacional terminó demostrando ser mucho menos eficaz que la ineficaz “banda de los copitos”. Sin embargo, no está en mejores condiciones la oposición patronal, que vive como un calvario la pelea interna hacia el 2023, aunque las encuestas le dan más posibilidades que al peronismo.
Todos sus dirigentes, hoy por hoy metidos en el combate por las candidaturas, saben, que, pilotear una crisis como la que vivimos, requerirá una dirección fuerte y aceptada por todo el espacio político -y con cierto consenso social- que es, justamente, lo que no tienen hoy, ni Macri ni Larreta. ¡Para colmo de males, ninguno de ellos se ilusiona con la existencia, para un próximo gobierno, de un nuevo ciclo de expansión económica!
La mayoría de los cálculos de este año, estiman una inflación entre el 95 y el 105 % para fin de 2022. Mientras tanto, las “proyecciones” del gobierno apuntan a una inflación del 40% para el 2023, es decir una baja de más del 60%, sin un plan para llegar a eso y sin haber hecho absolutamente nada. ¡Este análisis, fundado en el pensamiento mágico, es el que rige el presupuesto para el año próximo, acordado con el FMI!
La búsqueda que un acuerdo mayor, entre los partidos patronales, es, además, el intento de dar una señal al Fondo Monetario Internacional, de que si la economía estalla tiraran todos para el mismo lado. Una manera de decirles a los dueños del mundo, de que, por más explosiones económicas y sociales que se avecinen, el “stablishment” argentino se jugará a sostener el régimen, lo que también parece un plan digno del grupo de vendedores de azúcar.
La izquierda, en
lugar de sumarse a la persecución de marginados y liberales, debería romper el
endeble consenso institucional, basado en el repudio al cuasi atentado y a la
defensa de la democracia representativa. Todavía no existe una apreciación
profunda de la magnitud de la crisis económica y política, en los partidos de
izquierda, por eso actúan como si estuviera garantizado el proceso electoral
del 2023, que, lamentablemente, es su principal orientación.
[1] Ámbito financiero 17/09/2022

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