Por Claudio Colombo
El gobierno impulsa una cruzada “contra el odio”, con el
propósito claro de frenar, o, en el peor de los casos aminorar, la condena
judicial contra la jefa de la banda, Cristina Fernández. También lo hace para montar
una cortina de humo que distraiga la atención del movimiento de masas, mientras
aplica el ajuste que Massa acaba de ratificar frente a sus verdaderos jefes,
los funcionarios imperialistas de New York.
Sin embargo, esta maniobra -salvo en buena parte de la
izquierda y ciertos sectores de la pequeña burguesía progre- no sirvió de mucho.
La clase trabajadora, de conjunto se dio cuenta de las intenciones gubernamentales
y profundizó su bronca contra los kirchneristas, sentimiento que se viene
acumulando y, que, cuando explote, dará lugar a combates obreros y populares
realmente feroces.
A pesar de su debilidad política, desde el gobierno seguirán
insistiendo con medidas que atenten contra las libertades democráticas, porque las
necesitan para enfrentar las luchas que se vienen contra el plan de ajuste. Por
eso, no los “fascistas”, que en este país prácticamente no existen, quienes se aprestan
para reprimir con firmeza a los y las de abajo, sino los integrantes del tradicional
“partido del orden”, que es el PJ, hoy Frente de Todos.
Para eso, no solo cuentan con burócratas sindicales
dispuestos a contener, desviar y traicionar cuanto conflicto explote entre sus
bases, sino también con las patotas, organizadas desde los sindicatos y las
barras bravas futboleras. Esto no quiere decir que toda la burocracia sindical
se alineará de manera vertical con los dictados del gobierno, ya que algunos
sectores, presionados por la crisis económica de sus respectivos rubros, pueden
llegar a alentar huelgas y movilizaciones, aunque sea esporádicamente.
Aunque la orientación central que deben impulsar los
luchadores y las luchadoras consecuentes es la autoconvocatoria, a través de
asambleas de base y la coordinación independiente entre distintos sectores en
lucha, no hay que descartar la posibilidad de practicar, en determinadas
circunstancias, la unidad de acción con las conducciones burocráticas que, por
determinadas razones, rompan el corral.
Para definir con claridad estas cuestiones tácticas hay que poner
en pie una nueva dirección obrera, democrática, clasista y combativa, que tenga
claro que la principal tarea es poner en pie un Centro Coordinador de la
Resistencia, que cumpla el papel que no cumplirán las centrales sindicales. Una
dirección realmente independiente del gobierno, que se valga de los métodos
tradicionales de la clase trabajadora, las asambleas, las huelgas, las huelgas
con ocupación, los piquetes de autodefensa, etc.
Lamentablemente, los partidos mayoritarios de la izquierda no
militan en función de esta estrategia, sino que hacen todo lo posible para “no sacar los
pies del plato”. Están cada vez más integrados al régimen, por eso, el objetivo
principal de sus direcciones no pasa por motorizar la rebelión social, sino intervenir
en las elecciones de la democracia burguesa, un régimen que se cae a pedazos y
al que hay que combatir con todas las herramientas habidas y por haber.
Desde Convergencia Socialista nos jugamos a empalmar con las
fracciones o tendencias que resistan a esta dinámica de adaptación a la
institucionalidad “democrática” de la burguesía, para construir en unidad el Estado Mayor de la Revolución Socialista, el partido nacional e
internacional que reclaman las actuales circunstancias. Convocamos a los
luchadores y luchadoras de la clase trabajadora y el pueblo pobre a incorporarse a
nuestra organización para impulsar esta perspectiva.

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