Por Damián Quevedo
Hace unos días, la secretaria del Tesoro yanqui, Janet Yellen, anunció que Estados Unidos se encamina hacia otra recesión, aún más profunda que las anteriores. Esto no es una situación nueva, el mundo -particularmente EEUU- atraviesa un profundo estancamiento desde 2019, que se ha profundizado luego de la invasión rusa a Ucrania.
El problema para los capitalistas es que no existe hoy una locomotora que impulse la economía mundial, a pesar del aumento de los precios en las materias primas y del impacto de la guerra en Europa, que benefició a las fracciones capitalistas dedicadas a la producción de alimentos y a otras materias primas o commodities.
Para que el capitalismo experimente un nuevo ciclo de expansión, necesita que las principales ramas de la economía despeguen y tengan perspectivas de encontrar nuevos mercados. Ese fue el papel que jugó, durante la segunda mitad del siglo XX, el complejo militar industrial relacionado al Pentágono.
La producción capitalista es desigual, por eso, no todas las ramas industriales tienen el mismo peso o importancia. En la división entre países imperialistas y semi-coloniales, los dueños del mundo, las potencias industriales, fabrican las máquinas más sofisticadas, aquellas con las que se hacen las máquinas, que otros utilizan para fabricar mercancías de consumo masivo.
Por eso, las potencias imperialistas les impiden -a sus colonias o semi-colonias- alcanzar un grado tal de desarrollo que las vuelva competitivas. Entonces, estas, como sucede con Argentina, deben concentrar sus esfuerzos en la producción de materias primas o, en el mejor de los casos, ensamblar máquinas de las empresas monopólicas y algunos de sus componentes.
Para que el mundo salga del período recesivo debe pegar un gran salto expansivo las industrias de vanguardia, algo que no está sucediendo, como lo reflejan las cifras que hablan de la contracción de las empresas tecnológicas estadounidenses, que retroceden y están despidiendo personal. Los datos de la semana pasada sugerían que el mercado laboral se estaba debilitando, con nuevas solicitudes de subsidios de desempleo que alcanzaron su punto más alto en ocho meses[1]
Por otro lado, tampoco, y a pesar de las
condiciones objetivas para su despegue, la producción de materias primas atraviesa un ciclo de auge, ya que no puede separarse del proceso que golpea al resto de las ramas. ¡Mucho menos, en el marco del actual
grado de internacionalización del capital! Un ejemplo de esta tendencia lo
marca la industria petrolera, que sufre vaivenes y caídas en una coyuntura aparentemente
favorable.
El crudo parece haberse convertido en una montaña
rusa que sufre grandes oscilaciones en periodos muy cortos de tiempo al calor
de las expectativas y las noticias que llegan de la economía (recesión, Rusia,
fortaleza del dólar...). En tres de las últimas diez jornadas ha registrado
variaciones de más del 4% (una hacia arriba y dos hacia abajo)[2].
Lo que sucede actualmente, vuelve a corroborar la tesis de Karl Marx acerca de la anarquía de la producción capitalista, ya que la ausencia de una planificación general de la economía empuja, inevitablemente, hacia un proceso de aceleración y profundización de las crisis, un escenario que gestará enfrentamientos cada vez más duros, incluso guerras, entre las potencias, y grandes rebeliones, como la que acaba de explotar en Sri Lanka.
La izquierda consecuente debe, sí o
sí, prepararse para actuar en esta realidad, que tiende a convertirse en revolucionaria. Para
eso, la tarea principal no es otra que la de poner en pie el estado mayor de la revolución socialista -a nivel nacional e internacional- un partido que se proponga, con audacia, liderar las próximas rebeliones, para destruir al
Capitalismo y conducir a la clase trabajadora hacia el poder.

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