Por Damián Quevedo
La renuncia del ministro de desarrollo productivo, Matias Kulfas, desnuda dos aspectos representativos de la crisis política y de debilidad extrema en que se encuentran las instituciones del capitalismo que dan lugar al régimen -democrático representativo- que las hace funcionar.
Una serie de acusaciones y reproches que se dieron en menos de 24 horas culminaron con la salida del exministro de Desarrollo Productivo Matías Kulfas del gabinete nacional. La secuencia comenzó durante el acto que compartieron Alberto Fernández y Cristina Kirchner ayer en Tecnópolis por los 100 años de la empresa YPF y tuvo su desenlace esta tarde, con el pedido de Fernández a Kulfas para que renunciara a su cargo[1].
El primero, es la evidencia de que, tanto el ministro de economía como el presidente, están cada día más acorralados. En el texto, atribuido a Kulfas, que circuló en "off", este le responde a Cristina, diciéndole que los que deberían usar mejor la “lapicera” -que ella recomendó en Tecnópolis- son algunos funcionarios de su entorno más cercano, aquellos que organizar una monumental tramoya para beneficiar a Techint, como proveedor de los caños sin costura para el aún nonato gasoducto Néstor Kirchner.
"Ellos armaron un pliego de licitación a la
medida de Techint y de la chapa que el grupo fabrica en Brasil, de 33 mm de
espesor. Si en lugar de poner esa especificación hubieran puesto 31mm, como son
los gasoductos en Europa, se podría haber provisto caños desde otra firma que
produce en Villa Constitución (Laminados industriales SA)"[2].
Si el comunicado en cuestión salió del ministerio de desarrollo productivo, queda claro que Alberto -o sus funcionarios más cercanos- no están en condiciones de desafiar al Kirchnerismo. Si, en cambio, se trató de una operación de prensa -orquestada por el mismo kirchnerismo- el resultado es el mismo, ya que demuestra la existencia de un presidente tan débil como su ministro de economía.
El mencionado texto muestra, al igual que los famosos "cuadernos de la corrupción" el Lava Jato brasilero y otros escándalos parecidos, que el Estado no es otra cosa que la administración de los negocios de los capitalistas, especialmente los que están más vinculados al gobierno de turno. ¡Queda claro que este no es un hecho inusual, sino que la esencia misma del Estado!
Pase lo que pase, estamos ante el inicio de una crisis política en desarrollo, que todavía no muestra sus consecuencias más profundas, pero que, seguramente, acrecentarán la debilidad institucional. Desde el siglo pasado, cuando los capitalistas alternaban la democracia representativa con sangrientos golpes palaciegos, sus representantes gubernamentales nunca han estado tan divididos y con tan pocas posibilidades de maniobrar.
Es un momento
ideal para que la izquierda salga a proponer un curso diferente, impulsando la
movilización que desemboque en otro Argentinazo, que hace cierta la consigna
que retumbó en las principales calles del país en 2001 -¡Que se vayan todos!-
aunque, ahora, dando lugar a una verdadera revolución, de carácter obrero y
socialista.

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