Por Damián Quevedo
A pesar de que gran parte del mundo ya se encuentra transitando
la etapa “Post pandemia”, es decir saliendo del proceso en el cual todos los
gobiernos capitalistas se jugaron a encerrar y desmovilizar a sus pueblos -asustándolos
con el coronavirus- la burocracia China todavía se vale de esta maniobra para
imponer su dominio en base al terror, que tiene características fascistas.
En ese marco, los falsos comunistas chinos encaran
todo tipo de negocios en sus áreas de influencia, como por ejemplo en Cuba,
donde, después de la caída de la URSS y del llamado “Período Especial”, el
régimen castrista abrió sus fronteras al ingreso de todo capital que estuviera
interesado en hacer negocios con el régimen.
Desde la caída
de la URSS, Cuba perdió todos los beneficios que le había otorgado el
matrimonio Castro-Krushchev, ya que el país del cual dependía desapareció con
los acontecimientos de principios de los 90, cuando Cuba comenzó, no
casualmente, un proceso de apertura al ingreso de capitales transnacionales,
fundamentalmente europeos, a raíz del bloqueo yanqui[1].
Esta realidad, si bien tensó aún más las relaciones
con Estados Unidos, permitió que la isla recibiera cierto oxígeno económico, aunque
la consecuencia de este ha sido un aumento exorbitante de la explotación de
grandes masas obreras, por parte de los inversores, que se asociaron a la
burocracia, partícipe necesaria de sus negocios.
China, más allá de su fanfarria y oropeles, es una
potencia imperialista de primer orden, razón por la cual protagoniza una dura pelea
por la hegemonía mundial con los yanquis. Su avance en América Latina es una parte significativa
de esta disputa por los mercados, ya que se trata justamente del histórico
patio trasero de los Estados Unidos.
En ese
terreno, Cuba ha sido cabeza de playa del desembarco chino en América. En la
actualidad esa relación de dependencia se hace cada vez más profunda y el campo
de la biotecnología, que, hoy por hoy y pandemia mediante, es uno de los rubros
en ascenso.
Fruto de la colaboración en el sector
biotecnológico entre China y Cuba se presentó, recientemente, en la Oficina
Nacional de la Propiedad Intelectual de ese país asiático, la primera patente
de la vacuna Pan-Corona, informó, a través de su cuenta en Twitter, Eduardo
Martínez Díaz, presidente del Grupo Empresarial BioCubaFarma[2].
Desde la izquierda revolucionaria entendemos que esta
clase de acuerdos no tiene ningún aspecto beneficioso para el pueblo cubano,
aunque si lo tendrá para la burocracia del Partido Comunista Chino y la
burguesía que lo sostiene. Los negocios encarados por China son,
irremediablemente, pasos adelante en la subordinación, cada vez más profunda,
de Cuba a esta potencia imperialista.
De la misma manera que hoy, en medio de la guerra en Ucrania,
gran parte de la izquierda no admite o se niega a admitir el carácter
imperialista de Rusia, ante China y Cuba sostiene la misma actitud, como si allí
quedaran resabios de Socialismo (o de los elementos de este, que alguna vez
existieron) que sea necesario defender.
Los y las marxistas debemos partir del análisis concreto de las relaciones de producción y de las condiciones objetivas, de manera de definir con claridad el carácter de cada país. Esta es, en definitiva, la única forma de no capitular ante las apariencias o la presión del progresismo, que todavía le canta loas a la burocracia cubana.

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