jueves, 12 de mayo de 2022

La utopía de reactivar la economía incentivando el mercado interno


Por Damián Quevedo

Ayer publicamos dos artículos en los que cuestionamos la política de los sectores, especialmente kirchneristas, que plantean la posibilidad de "reanimar" la economía nacional mediante la inyección de dinero a los laburantes, para, con un aumento del poder adquisitivo del conjunto, conseguir un crecimiento del mercado interno. Para esta gente, el fortalecimiento de este mercado daría lugar a un avance económico general. (Leer artículo)

Este argumento es falaz, ya que los trabajadores y las trabajadoras consumen, en el marco del Capitalismo, solo aquello que corresponde a la recomposición de su fuerza laboral, ya que el resto de la producción, la mayoría, no se realiza para esto. Entonces, por más que se logren ciertos avances salariales, sin romper con el sistema económica basado en la explotación de unos pocos privilegiados sobre el conjunto, no habrá ninguna manera de beneficiar, en serio, a las mayorías.

Además, existe otro elemento que es necesario tener en cuenta a la hora de analizar la realidad, tiene que ver con que los capitalistas, para competir entre ellos y lograr un aumento de la "productividad", necesariamente deben profundizar la explotación obrera, lo cual destruye la ilusión de lograr un verdadero aumento salarial en el marco de un gobierno burgués. Esto, además, deja fuera de circulación a las empresas más pequeñas, aquellas que son vistas por los "progres" como base de la recuperación económica.

En ese marco, la puja permanente entre sectores empresariales, que es motivada por la necesidad del capital de obtener mercados para sus productos, hace que los capitales más grandes y de mayor productividad -es decir los que logran una mayor explotación del trabajo de los obreros obteniendo más mercancías en menos tiempo (por lo tanto más baratas)- van dejando en el camino, eliminando, a las empresas que no llegan a ese grado de productividad.  

Existe en la sociedad, en el caso de la producción de mercancías, un nivel promedio de eficiencia histórica y socialmente determinado, esto significa que para que una empresa, cualquier capitalista, pueda fabricar una determinada mercancía, venderla y obtener una ganancia de ello, su costo de producción debe estar dentro del promedio social. Si, por ejemplo, fabricar un teléfono celular le resulta más costoso que a otros capitalistas, que producen el mismo teléfono a menor coste, y por lo tanto su precio de venta resulta menor, esa empresa terminará siendo eliminada por la competencia.  

Un capital puede producir a un costo menor que el promedio, consiguiendo así una ganancia mayor, al vender el producto al precio de mercado. Esto se puede ver en Argentina en algunas ramas de la producción, principalmente las que tienen que ver con la producción de materias primas, como la soja o el resto de los productos de la tierra, en los que los capitalistas que producen aquí obtienen una ganancia superior al promedio (por las condiciones naturales) lo cual se denomina renta diferencial.  

Pero la eficacia de la producción en el otro polo, es decir por debajo del promedio, lleva a los capitales a desaparecer ya que no pueden sostenerse sin obtener ganancias de sus mercancías. Estas empresas pueden bien desaparecer estrictamente de una determinada rama de la industria o bien ser absorbidas, compradas generalmente a un costo muy bajo, por otras empresas más grandes y que producen a un nivel superior al promedio, lo que se significa contar con mayor productividad.  

Esta es una tendencia en el capitalismo, es un proceso que lleva a que los capitales se eliminen entre sí, llevando a que cada vez sean menos capitalistas los que dominan una determinada rama de la industria y un mercado determinado, surgiendo de esa manera lo que comúnmente denominamos monopolio. Esta expropiación se lleva a cabo por el juego de leyes inmanentes de la propia producción capitalista, por la centralización de los capitales.  

Un capitalista devora a muchos otros. Paralelamente a esta centralización o expropiación de una multitud de capitalistas por unos pocos, se desarrolla cada vez en mayor escala la forma cooperativa del proceso del trabajo, se desarrolla la aplicación tecnológica consciente de la ciencia, la metódica explotación de la tierra, la transformación de los medios de trabajo en medios de trabajo que sólo pueden ser utilizados en común, y la economía de todos los medios de producción, por ser utilizados como medios de producción del trabajo combinado, del trabajo social, el enlazamiento de todos los pueblos por la red del mercado mundial y, como consecuencia de esto, el carácter internacional del régimen capitalista.  

A la par con la disminución constante del número de magnates del capital, que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, aumenta la masa de la miseria, de la opresión, de la esclavitud, de la degradación y de la explotación; pero aumenta también la indignación de la clase obrera, que constantemente crece en número, se instruye, unifica y organiza por el propio mecanismo del proceso capitalista de producción[1] 

Este proceso de concentración y centralización conlleva también otro de diversificación productiva de un mismo capital, llegando al punto en el cual un capitalista o una empresa determinada se adueña de todo el proceso de una rama determinada, desde las materias primas (que antes debía comprar a otro capitalista) hasta el transporte y los comercios donde se vende la mercancía finalizada, pasando por todo el proceso productivo. Este grado de desarrollo -con características monopólicas- que permite un avance enorme en el proceso de acumulación capitalista, se debe al grado de productividad alcanzado por ciertas compañías, que al contar con este pueden vender barato debido a sus bajos costos.  

Cabe señalar que este proceso, tendencial hacia el monopolio, no significa que este exista en la forma clásica, como se daba en las sociedades pre- capitalistas, sino que tiene y está atravesada por las características propias del modo capitalista de producción. El monopolio es fundamentalmente económico, es decir que en líneas generales no está determinado por una fuerza extra económica, como el caso del monopolio en la América Colonial, pero también entran en juego las artimañas de los estados burgueses, que obran como gerentes de estos grandes conglomerados de capitalistas.  

Como dijimos, no desaparecen los aspectos esenciales del capitalismo, entre ellos, la competencia, que no es eliminada por la concentración de la producción y se exacerba en los períodos de crisis, hasta llevar a la forma más abierta en la que los capitalistas resuelven sus contradicciones, llegado este punto, la guerra. La tendencia, cada vez más exacerbada, del sistema capitalista a este tipo de concentración, en menos monopolios que a su vez son más grandes que los anteriores, camina junto a otras leyes, como la de la baja de la tasa de la ganancia, de la que hablamos en otra nota, que obligan a concentrar, previo destrucción de la competencia, debido a que la única manera de sostener las ganancia es destruyendo fuerzas productivas y avanzando hacia una mayor monopolización.  

Como también explicamos en artículos anteriores, esta realidad, que es concreta y no depende de la voluntad de los burgueses ni de sus gobiernos, hace imposible que se concrete el sueño “progresista” de construir un “mercado interno” en base al desarrollo de las Pymes o del incremento de los salarios, para que los trabajadores puedan comprarles a estas y fortalecerlas. Esto no es más que una utopía, porque las propias leyes del sistema capitalista empujan la realidad en el sentido opuesto, destruyendo a los pequeños capitalistas y, en ese contexto, aplastando salarios y conquistas obreras, con el fin de extraer mayor plusvalía, que es la base central de las ganancias burguesas.  

La única manera de resolver, por la positiva, la actual crisis a la que nos llevan los capitalistas, cuya economía está siempre condicionada por estas leyes, de las que no pueden escapar, es acabando con el sistema, en términos generales, de manera de producir de forma planificada y en función de los intereses del movimiento de masas, no de las ganancias individuales de los dueños de las empresas, que es lo que determina la actual “anarquía” productiva. Esta nueva forma de producción, que la propia existencia de los monopolios favorece, no es otra que la del Socialismo, que significa la expropiación de estos por parte de un estado Estado organizado democráticamente por los obreros y las obreras, que constituyen la única clase social interesada en que esto suceda.


 

[1] K .Marx; El Capital, libro I cap. XXIII.

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