Por Damián Quevedo y Juan Giglio
La disputa entre Cristina y el presidente ya se está transformando en un culebrón de mala calidad. No solo es un hecho inédito que las diferencias -dentro del gobierno- se hagan públicas, sino también, que la principal figura de la oposición patronal sea la vicepresidenta, que se jacta de haber puesto en el sillón de la Rosada al otro Fernández.
La base de estas discusiones palaciegas no está, como señalan los principales voceros del kirchnerismo, en el plan económico o el acuerdo con el FMI. ¡La búsqueda de diferenciación, por parte de la banda del Calafate, es motivada por la especulación en cuanto a cómo quedar parados en las próximas elecciones presidenciales!
Le exigen a Fernández medidas populistas, pero la realidad es que este y sus ministros están llevando adelante una línea similar a la que aplicarían Cristina y los suyos en las condiciones actuales del país. Que esas políticas no sean más que testimoniales, como los precios cuidados o los bonos, es solo la muestra de la ineficacia del populismo cuando la caja del Estado se achica.
La señora de Kirchner y el Presidente tienen hipótesis distintas sobre el porvenir. Ella cree que la actual experiencia de gobierno es irrecuperable y que termina en un colapso. No está claro si ese colapso es económico, pero seguro es electoral. Desde ese punto de llegada, ha establecido un nuevo punto de partida: separarse de la gestión oficial, romper con Fernández, y definir para el Frente de Todos un nuevo contorno y una nueva agenda[1].
En definitiva, Cristina avizora que este gobierno se encamina a una catástrofe política y pretende apartarse lo antes posible. La pelea que está dando es para liderar lo que quede del peronismo y los grupos que orbitan alrededor del Frente de Todos, en el 2023, una alianza que quedará mucho más fragmentada debido al hecho de haber hundido al país en la crisis.
La izquierda adaptada al régimen y la necesidad de una nueva dirección obrera
Este marco es más que propicio para que surja una nueva dirección política y sindical de la clase trabajadora, que se juegue a liderar los próximos combates reivindicativos, que, cuando se radicalicen, terminarán gestando fenomenales rebeliones. Lamentablemente, los partidos más importantes de la izquierda están muy por detrás de este desafío, traccionados por orientaciones de neto corte electoralista.
Esta realidad se expresó trágicamente en las recientes elecciones del Suteba, el gremio que agrupa a la mayoría de la docencia de la Provincia de Buenos Aires. Allí, el Partido Obrero y sus aliados del FITu -que lideran la Lista Multicolor, en la que participamos en varios distritos- sufrieron una durísima derrota, perdiendo prácticamente todas las seccionales que conducían, especialmente la de la Matanza, que es la más numerosa del gremio.
Esta catástrofe es un síntoma de que estas organizaciones dejaron de aparecer como alternativa frente a amplios sectores de la vanguardia, jugando, en los hechos, el papel de “pata izquierda” de la burocracia. Es que la Multicolor docente se diluyó luego de haber sido una opción clara, cuando supo liderar conflictos auto convocados importantísimos.
Sus dirigentes dilapidaron ese capital en los dos años de pandemia, dejando de impulsar la movilización para sumarse al coro de los funcionarios y burócratas que agitaban el “quédate en casa”, con la clara intención de desmovilizar a las bases. Esta izquierda le hizo el caldo gordo a quienes aprovecharon la situación para dejar de invertir en la educación pública, lo cual perjudicó a gran parte de la docencia y, centralmente, a los pibes y las pibas más pobres.
La Multicolor se transformó en la pata izquierda de la Lista Celeste -que conduce Suteba- dejando pasar la política de “virtualidad”, que permitió todo tipo de manejos y arreglos en los actos públicos y facilitó el aumento de niveles extraordinarios de precarización laboral, a través de la implementación de planes de estas características, como los ATR o los FINES, que hoy por hoy son moneda común en las escuelas.
No es casual que la única lista que conservó su seccional -en Tigre-no haya tenido al frente a camaradas de los partidos orgánicos del FITu, como tampoco lo es que, la Roja-Negra de Escobar, que debutó en estas elecciones -con boleta propia seccional- haya conseguido casi el 20% de los votos. La votación de estos distritos expres la tendencia de un sector de la vanguardia a buscar una nueva dirección que supere los límites infranqueables de los/as conducen la Multicolor.
Las condiciones objetivas son más que óptimas para que aparezca y se
desarrolle una nueva camada de luchadores y luchadoras, con los/as cuales se
podrá construir una nueva dirección política y sindical de carácter socialista. Para que esto suceda habrá que unir a los revolucionarios y las
revolucionarias que rechacen las orientaciones electoralistas y conservadoras
de la izquierda adaptada al régimen.
[1] La Nación 12/05/2022

No hay comentarios.:
Publicar un comentario