viernes, 1 de abril de 2022

Estamos en un nuevo período de crisis, guerras y revoluciones


Por Damián Quevedo

Existen muchos enfoques sobre el problema de las crisis bajo el modo capitalista de producción. En ese sentido, algunos sectores del progresismo latinoamericano explicaron al estallido de la burbuja inmobiliaria -producido entre 2007 y 2008- como el producto genuino de la “voracidad” del capital financiero, supuestamente contrario al capital industrial, cuyas características no serían especulativas.

Esta fábula infantil se desmoronó sola, cuando a los pocos días de la explosión de las hipotecas sub prime, entró en proceso de quiebra la General Motors, un ícono de la industria automotriz en el mundo y una de las vacas sagradas del capitalismo de los Estados Unidos.

La caída de GM, justamente dejó en claro que no existe un capital industrial separado de su par financiero. Podía ser algo así en el siglo XIX, pero no lo es desde el surgimiento del imperialismo, que implica “la fusión del capital bancario con el industrial, y la creación, sobre la base de este capital financiero, de una oligarquía financiera”[1].

El crack financiero de 1929 fue también el inicio de un proceso que generó un terremoto en la llamada economía real, abriendo una recesión de tres años, con más de tres millones y medio de desocupados y un golpe contundente a la industria automotriz. Este sector burgués, que hacia 1920 florecía como nunca, en los finales de la crisis había reducido su producción a una cuarta parte de su capacidad.

La base de estas crisis cíclicas está en la anarquía de la producción, ya que el sistema capitalista se desenvuelve impulsado por la competencia entre distintos sectores burgueses, que producen cantidades inmensas de mercancías que, finalmente, no encuentran compradores. Este proceso general es inverso y antagónico a la planificación y centralización que existe dentro de cada fábrica en particular.  

Al tratar del proceso de producción, hemos visto que todo el empeño de la producción capitalista está en acaparar la mayor cantidad posible de trabajo excedente, es decir, en materializar con un capital dado el mayor tiempo posible de trabajo directo. Esto lo logra ya sea alargando el tiempo de trabajo, acortando el tiempo de trabajo necesario o desarrollando la productividad del trabajo (organización y división del trabajo, maquinaria, etc.); en definitiva, produciendo en gran escala, produciendo en masa.

La producción capitalista lleva, pues, inherente, como algo sustancial, la producción, sin tener en cuenta los límites del mercado. Supongamos que el modo técnico de producción se mantiene invariable, incluso durante un tiempo cuando se amplía la producción. La masa de las mercancías producidas aumenta entonces al emplearse más capital, y no porque se emplee de modo más productivo. 

Pero el aumento puramente cuantitativo del capital implica, también, el aumento de su capacidad productiva. Si el aumento cuantitativo del capital es consecuencia del desarrollo de su capacidad productiva, ésta, a su vez, crece partiendo de una base más amplia y desarrollada de capital.

Es una relación de mutua interdependencia la que se establece. La reproducción sobre una base más amplia (la acumulación), aun cuando originariamente sólo se presente como una ampliación cuantitativa de la producción (como una producción con más capital, pero realizada en las mismas condiciones de producción), al llegar a cierto punto aparece también cualitativamente como un mayor rendimiento de las condiciones en que se desarrolla la reproducción. Y esto trae como consecuencia el aumento del volumen de productos, no ya sólo en proporción simple al crecimiento del capital en la reproducción ampliada, en la acumulación[2].

Este proceso de sobre producción impulsó a los capitalistas a buscar formas de repartirse el mercado mundial, que en otros momentos era insuficiente para el nivel de acumulación capitalista. Luego, para salir de la crisis del 29, el capitalismo necesitó, no solo una, sino dos guerras mundiales, como medio para destruir fuerzas productivas, es decir, la capacidad del capitalismo para producir una determinada masa de mercancías que no encontraban lugar en el mercado mundial.

La primera guerra entre las potencias imperialistas, en 1914, no resolvió la crisis de sobre producción y tampoco cambió la relación de fuerzas entre las potencias. Fue necesaria otra gran contienda para dirimir las contradicciones económicas entre la gran potencia imperialista de la primera mitad del siglo XX -Inglaterra- y la ascendente EEUU, que terminó ocupando el primer puesto en la dominación del mercado mundial.

Dos grandes guerras crearon las condiciones para un nuevo ciclo de expansión del capitalismo, que también fueron el trampolín para que el imperialismo yanqui, tomara el lugar de superpotencia hegemónica. Este cambio en la relación de fuerzas -entre los países de mayor desarrollo en términos capitalistas- fue, además, una condición ineludible para el nuevo ciclo de reproducción capitalista.

¿Es inevitable una guerra mundial? Si es así, ¿significará el fin del sistema capitalista? Sí, una guerra mundial es inevitable si no se le anticipa una revolución. La inevitabilidad de la guerra surge primero de la crisis incurable del sistema capitalista; segundo, del hecho de que la actual partición de nuestro planeta, es decir, especial­mente de las colonias, ya no corresponde más al peso económico específico de los estados imperialistas.

Buscando una salida a la crisis mortal, los estados advenedizos aspiran, y no pueden dejar de hacerlo, a una nueva repartición del mundo. Sólo los niños de pecho y los “pacifistas” profesionales, a quienes incluso la experiencia de la infortunada Liga de las Naciones no les ha enseñado nada, pueden suponer que se puede realizar una repartición más “equitativa” de la superficie territorial alrededor de las mesas de la democracia[3].

Desde la caída del muro de Berlín y la culminación de la restauración capitalista en la ex URSS, China y los demás países que orbitaban en torno a la burocracia stalinista, un enorme mercado se abrió para las empresas de las grandes potencias. Con la apertura del mercado chino y la proletarización de millones de personas, el capital recibió una bocanada de oxígeno para empujar hacia adelante la crisis, que venía siendo arrastrada desde mitad de la década del 70.

En octubre de 1973, la OPEP dispuso suspender sus envíos de petróleo a Estados Unidos, en represalia por el apoyo de Washington a Israel durante la guerra de Yom Kipur. Al mismo tiempo, decidió recortar su producción y fijar precios de exportación más altos, que pasaron de US$ 2,90 a mediados de 1973 a US$ 5,12 en octubre y a US$ 11,65 en diciembre.

“Las ganancias combinadas del petróleo obtenidas por los exportadores aumentaron de US$ 23.000 millones en 1972 a US$140.000 en 1977”, observa. Estos “petrodólares” se reciclaron en el sistema financiero internacional, que los prestó a los países más perjudicados por el shock, iniciando un ciclo de crisis de deudas bien conocido en Latinoamérica.

Pero el impacto de la crisis desatada por la OPEP, que había sido fundada en 1960, tuvo múltiples repercusiones. El brutal cambio de precios relativos sumergió en la recesión y la inflación a gran parte de la economía mundial. El PIB de Estados Unidos se hundió un 6,8% entre el último trimestre de 1973 y el primero de 1975. La economía de Japón se contrajo por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial en el mismo período[4].

Sin embargo, la apertura de nuevos mercados -debido al proceso de restauración capitalista- resultó insuficiente para la realización de las ganancias burguesas sobre la enorme masa de mercancías producidas. Esa situación llevó a que explotaran varios episodios más de contracción y recesiones, cuyo punto más alto se desarrolló durante el estallido de la burbuja hipotecaria en 2008.

Ahora, estamos comenzando a ver la existencia de una realidad aún peor, en términos capitalistas: El reporte más reciente de Naciones Unidas dice que 2019 terminó registrando la menor expansión económica a nivel global desde la crisis financiera mundial de 2008-2009, y el crecimiento apunta a la baja en prácticamente todas las economías principales, y desacelerándose en todas las zonas geográficas, con la excepción de África. Estados Unidos, la mayor economía del mundo, el crecimiento del producto interno bruto cayó de 2,9% en 2018 a 2,2% en 2019[5].

Crisis en la superestructura, la agonía del régimen democrático burgués

Desde 2008 en adelante, el capitalismo no pudo concretar las condiciones para un nuevo ciclo de expansión. Esto tiene que ver con su volumen de desarrollo, pero también con la agonía de todo lo que conforma la superestructura de la sociedad, cuyas instituciones -democrático burguesas- están transitando un período de total y absoluta decadencia, ya que no sirven para revitalizar el sistema, dando lugar a un nuevo período de ascenso burgués.

Una de las características de esta nueva situación es la resistencia de la clase obrera a ser carne de cañón de una nueva guerra entre las potencias, cuyas dimensiones deberían ser catastróficas para que el capitalismo haga lo que necesita: ¡Destruir la masa de mercancías y fuerzas productivas sobrantes! Para entrar en una guerra semejante, ya no le sirve la caparazón democrática, sino que necesita un régimen mucho más “duro”, capaz de regimentar al conjunto de una manera brutal!

Un intento en este sentido fue lo que hemos denominado “Contrarrevolución Covid”, dos años en los cuales la burguesía, de conjunto, restringió las libertades básicas, consiguiendo ciertos éxitos, como por ejemplo aterrorizar y frenar al movimiento de masas, que debía “distanciarse socialmente”. Pero esto sucedió solo por poco tiempo y con un grado insuficiente para incrementar el nivel de explotación de la clase obrera, de forma tal que la acumulación capitalista se reiniciara a un nivel semejante al anterior a la actual crisis.

De este proceso contrarrevolucionario, una fracción de capitalistas, aquellos ligados a la industria farmacéutica y a la tecnología vinculada a la “virtualidad”, consiguió elevar las ganancias a un volumen mucho mayor que el resto, escapando en cierto grado a la recesión general. Sin embargo, la expansión o el crecimiento de una rama de la producción no es una condición suficiente para que el conjunto del sistema escape a la debacle, que no solo continúa, sino que se ha profundizado.

La cuestión nodal, es que las potencias imperialistas aun no han podido ir a una guerra de dimensiones suficientes para destruir el capital sobrante y facilitar la apertura de un nuevo ciclo de expansión. Como dijimos al comienzo, esto tiene que ver con que, desde hace décadas, la clase obrera no está dispuesta a morir por la “patria” capitalista.  

A pesar de esta contradicción, la tendencia guerrerista, en épocas del imperialismo, es permanente, como lo demuestra la invasión rusa a Ucrania por parte del imperialismo ruso y, en el mismo contexto, la posibilidad de otra guerra, aún más importante, entre EEUU y China, cuyos Estados aumentaron los presupuestos bélicos de forma cualitativa.  

La explosión de estas guerras, o la extensión de la actual, será insuficiente para oxigenar al capital, porque, en las condiciones actuales, es imposible que una de las potencias en pugna pueda ocupar el lugar que asumió el imperialismo yanqui en la post guerra. La llamada “multipolaridad”, es, en las actuales circunstancias, más inestabilidad y más guerras, ya que el capital no se reparte los mercados de forma democrática o por consenso.

Esto implica que estamos ante un fenómeno nuevo en la historia de la sociedad actual, un ciclo de crisis prolongado, que puede tener (en las condiciones que podemos ver hoy) dos cursos: Un estancamiento creciente que lleve a la sociedad a la barbarie -una aún mayor a la actual- o nuevas oleadas y ascensos del movimiento de masas, dan lugar a revoluciones socialistas triunfantes.

Las condiciones para una nueva ola de revoluciones, son mejores que nunca

La premisa económica de la revolución proletaria ha llegado hace mucho tiempo al punto más alto que le sea dado alcanzar balo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer. Las nuevas invenciones y los nuevos progresos técnicos no conducen a un acrecentamiento de la riqueza material.

Las crisis de coyuntura, en las condiciones de la crisis social de todo el sistema capitalista, aportan a las masas privaciones y sufrimientos siempre mayores. El crecimiento de la desocupación ahonda a su vez la crisis financiera del Estado y mina los sistemas monetarios vacilantes[6].

En las últimas cuatro décadas, China experimentó un proceso de industrialización acelerado y con este un incremento exponencial en las filas de la clase obrera, desde las reformas de 1978. El número de personas empleadas de China se ubicó en 775,86 millones en 2018, según datos publicados por el Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social.

El desglose muestra que las industrias primaria, secundaria y terciaria representaron el 26,1 por ciento, el 27,6 por ciento y el 46,3 por ciento de la totalidad de los empleos, respectivamente. El sector servicios contribuyó al mercado laboral 1,4 puntos porcentuales más que en 2017[7].

Un camino similar, aunque con menor desarrollo en términos capitalistas, siguió India. En la búsqueda de mejores tasas de ganancia, varias multinacionales se establecieron -aprovechando sus bajos salarios- lo que implicó un impulso a la industrialización del país y el incremento de la clase obrera. Ahora, en ese marco, acaba de explotar una nueva huelga general que involucra a millones trabajadores de ese país.

Si bien en los últimos dos años, a raíz de la guerra comercial, muchas industrias comenzaron a buscar nuevos lugares para establecerse, en un proceso de re localización, yendo países más cercanos -con el objetivo de abaratar el costo de transporte- el desarrollo proletario de los países asiáticos fue, y continúa siendo, fabuloso, lo cual produjo la existencia de nuevos centros objetivamente revolucionarios.  

Por esto, y a diferencia de lo que caracterizan algunos sectores de la izquierda -sobre todo aquellos nostálgicos del muro de Berlín- la clase obrera está en mejores condiciones para encarar la lucha por el socialismo. En ese sentido, en las últimas décadas realizó grandes experiencias de auto organización, a partir de las cuales comenzó a construir su capacidad de liberarse del yugo capitalista.

El crecimiento numérico y el desarrollo de las fuerzas productivas -en un marco de crisis generalizada- son, como siempre lo han sido, las condiciones objetivas para la revolución socialista y el consecuente surgimiento de una nueva dirección revolucionaria. Este, que es el problema central para que las futuras insurrecciones triunfen, debe ser el objetivo que empuje a los revolucionarios y las revolucionarias consecuentes, a unificarse, poniendo en pie el Estado Mayor que reclaman las actuales circunstancias.

 


[1] Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo.

[2] Marx, El Capital; Libro II.

[3] https://www.marxists.org/espanol/trotsky/ceip/escritos/libro6/T10V208.htm#_ftn1

[4] https://eleconomista.com.ar/aniversario-70/la-crisis-cambio-mundo-y-argentina-varias-decadas-n44692

[5] https://apnews.com/apf-Finanzas

[6] https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1938/prog-trans.htm

[7] http://spanish.xinhuanet.com/china/index.htm

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