Por Damián Quevedo
Existen muchos enfoques sobre el problema de las crisis bajo el modo capitalista de producción. En ese sentido, algunos sectores del progresismo latinoamericano explicaron al estallido de la burbuja inmobiliaria -producido entre 2007 y 2008- como el producto genuino de la “voracidad” del capital financiero, supuestamente contrario al capital industrial, cuyas características no serían especulativas.
Esta fábula
infantil se desmoronó sola, cuando a los pocos días de la explosión de las
hipotecas sub prime, entró en proceso de quiebra la General Motors, un ícono de
la industria automotriz en el mundo y una de las vacas sagradas del capitalismo
de los Estados Unidos.
La caída de
GM, justamente dejó en claro que no existe un capital industrial separado de su
par financiero. Podía ser algo así en el siglo XIX, pero no lo es desde el
surgimiento del imperialismo, que implica “la
fusión del capital bancario con el industrial, y la creación, sobre la base de
este capital financiero, de una oligarquía financiera”[1].
El crack
financiero de 1929 fue también el inicio de un proceso que generó un terremoto
en la llamada economía real, abriendo una recesión de tres años, con más de
tres millones y medio de desocupados y un golpe contundente a la industria
automotriz. Este sector burgués, que hacia 1920 florecía como nunca, en los
finales de la crisis había reducido su producción a una cuarta parte de su
capacidad.
La base de
estas crisis cíclicas está en la anarquía de la producción, ya que el sistema
capitalista se desenvuelve impulsado por la competencia entre distintos sectores
burgueses, que producen cantidades inmensas de mercancías que, finalmente, no
encuentran compradores. Este proceso general es inverso y antagónico a la
planificación y centralización que existe dentro de cada fábrica en particular.
Al tratar del proceso de producción,
hemos visto que todo el empeño de la producción capitalista está en acaparar la
mayor cantidad posible de trabajo excedente, es decir, en materializar con un
capital dado el mayor tiempo posible de trabajo directo. Esto lo logra ya sea
alargando el tiempo de trabajo, acortando el tiempo de trabajo necesario o
desarrollando la productividad del trabajo (organización y división del
trabajo, maquinaria, etc.); en definitiva, produciendo en gran escala,
produciendo en masa.
La producción capitalista lleva, pues, inherente, como algo sustancial, la producción, sin tener en cuenta los límites del mercado. Supongamos que el modo técnico de producción se mantiene invariable, incluso durante un tiempo cuando se amplía la producción. La masa de las mercancías producidas aumenta entonces al emplearse más capital, y no porque se emplee de modo más productivo.
Pero el aumento puramente cuantitativo
del capital implica, también, el aumento de su capacidad productiva. Si el
aumento cuantitativo del capital es consecuencia del desarrollo de su capacidad
productiva, ésta, a su vez, crece partiendo de una base más amplia y
desarrollada de capital.
Es una relación de mutua
interdependencia la que se establece. La reproducción sobre una base más amplia
(la acumulación), aun cuando originariamente sólo se presente como una
ampliación cuantitativa de la producción (como una producción con más capital,
pero realizada en las mismas condiciones de producción), al llegar a cierto
punto aparece también cualitativamente como un mayor rendimiento de las
condiciones en que se desarrolla la reproducción. Y esto trae como consecuencia
el aumento del volumen de productos, no ya sólo en proporción simple al
crecimiento del capital en la reproducción ampliada, en la acumulación[2].
Este proceso
de sobre producción impulsó a los capitalistas a buscar formas de repartirse el
mercado mundial, que en otros momentos era insuficiente para el nivel de
acumulación capitalista. Luego, para salir de la crisis del 29, el capitalismo
necesitó, no solo una, sino dos guerras mundiales, como medio para destruir
fuerzas productivas, es decir, la capacidad del capitalismo para producir una
determinada masa de mercancías que no encontraban lugar en el mercado mundial.
La primera
guerra entre las potencias imperialistas, en 1914, no resolvió la crisis de
sobre producción y tampoco cambió la relación de fuerzas entre las potencias. Fue
necesaria otra gran contienda para dirimir las contradicciones económicas entre
la gran potencia imperialista de la primera mitad del siglo XX -Inglaterra- y la
ascendente EEUU, que terminó ocupando el primer puesto en la dominación del
mercado mundial.
Dos grandes
guerras crearon las condiciones para un nuevo ciclo de expansión del
capitalismo, que también fueron el trampolín para que el imperialismo yanqui,
tomara el lugar de superpotencia hegemónica. Este cambio en la relación de
fuerzas -entre los países de mayor desarrollo en términos capitalistas- fue, además,
una condición ineludible para el nuevo ciclo de reproducción capitalista.
¿Es inevitable una guerra mundial? Si
es así, ¿significará el fin del sistema capitalista? Sí, una guerra mundial es
inevitable si no se le anticipa una revolución. La inevitabilidad de la guerra
surge primero de la crisis incurable del
sistema capitalista; segundo, del hecho de que la actual partición de nuestro
planeta, es decir, especialmente de las colonias, ya no corresponde más al
peso económico específico de los estados imperialistas.
Buscando una salida a la crisis
mortal, los estados advenedizos aspiran, y no pueden dejar de hacerlo, a una
nueva repartición del mundo. Sólo los niños de pecho y los “pacifistas” profesionales,
a quienes incluso la experiencia de la infortunada Liga de las Naciones no les
ha enseñado nada, pueden suponer que se puede realizar una repartición más
“equitativa” de la superficie territorial alrededor de las mesas de la
democracia[3].
Desde la
caída del muro de Berlín y la culminación de la restauración capitalista en la
ex URSS, China y los demás países que orbitaban en torno a la burocracia
stalinista, un enorme mercado se abrió para las empresas de las grandes
potencias. Con la apertura del mercado chino y la proletarización de millones
de personas, el capital recibió una bocanada de oxígeno para empujar hacia
adelante la crisis, que venía siendo arrastrada desde mitad de la década del
70.
En octubre
de 1973, la OPEP dispuso suspender sus envíos de petróleo a Estados Unidos, en
represalia por el apoyo de Washington a Israel durante la guerra de Yom Kipur. Al
mismo tiempo, decidió recortar su producción y fijar precios de exportación más
altos, que pasaron de US$ 2,90 a mediados de 1973 a US$ 5,12 en octubre y a US$
11,65 en diciembre.
“Las
ganancias combinadas del petróleo obtenidas por los exportadores aumentaron de
US$ 23.000 millones en 1972 a US$140.000 en 1977”,
observa. Estos “petrodólares” se reciclaron en el sistema financiero
internacional, que los prestó a los países más perjudicados por el shock,
iniciando un ciclo de crisis de deudas bien conocido en Latinoamérica.
Pero el impacto de la crisis desatada
por la OPEP, que había sido fundada en 1960, tuvo múltiples repercusiones. El
brutal cambio de precios relativos sumergió en la recesión y la inflación a
gran parte de la economía mundial. El PIB de Estados Unidos se hundió un 6,8%
entre el último trimestre de 1973 y el primero de 1975. La economía de Japón se
contrajo por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial en el
mismo período[4].
Sin embargo,
la apertura de nuevos mercados -debido al proceso de restauración capitalista-
resultó insuficiente para la realización de las ganancias burguesas sobre la
enorme masa de mercancías producidas. Esa situación llevó a que explotaran varios
episodios más de contracción y recesiones, cuyo punto más alto se desarrolló
durante el estallido de la burbuja hipotecaria en 2008.
Ahora, estamos comenzando a ver la existencia de una realidad aún peor,
en términos capitalistas: El reporte más reciente de Naciones
Unidas dice que 2019 terminó registrando la menor expansión económica a nivel
global desde la crisis financiera mundial de 2008-2009, y el crecimiento apunta
a la baja en prácticamente todas las economías principales, y desacelerándose en
todas las zonas geográficas, con la excepción de África. Estados
Unidos, la mayor economía del mundo, el crecimiento del producto interno bruto
cayó de 2,9% en 2018 a 2,2% en 2019[5].
Crisis en
la superestructura, la agonía del régimen democrático burgués
Desde 2008 en
adelante, el capitalismo no pudo concretar las condiciones para un nuevo ciclo
de expansión. Esto tiene que ver con su volumen de desarrollo, pero también con
la agonía de todo lo que conforma la superestructura de la sociedad, cuyas
instituciones -democrático burguesas- están transitando un período de total y
absoluta decadencia, ya que no sirven para revitalizar el sistema, dando lugar
a un nuevo período de ascenso burgués.
Una de las
características de esta nueva situación es la resistencia de la clase obrera a
ser carne de cañón de una nueva guerra entre las potencias, cuyas dimensiones
deberían ser catastróficas para que el capitalismo haga lo que necesita: ¡Destruir
la masa de mercancías y fuerzas productivas sobrantes! Para entrar en una
guerra semejante, ya no le sirve la caparazón democrática, sino que necesita un
régimen mucho más “duro”, capaz de regimentar al conjunto de una manera brutal!
Un intento en
este sentido fue lo que hemos denominado “Contrarrevolución Covid”, dos años en
los cuales la burguesía, de conjunto, restringió las libertades básicas, consiguiendo
ciertos éxitos, como por ejemplo aterrorizar y frenar al movimiento de masas,
que debía “distanciarse socialmente”. Pero esto sucedió solo por poco tiempo y
con un grado insuficiente para incrementar el nivel de explotación de la clase
obrera, de forma tal que la acumulación capitalista se reiniciara a un nivel semejante
al anterior a la actual crisis.
De este
proceso contrarrevolucionario, una fracción de capitalistas, aquellos ligados a
la industria farmacéutica y a la tecnología vinculada a la “virtualidad”,
consiguió elevar las ganancias a un volumen mucho mayor que el resto, escapando
en cierto grado a la recesión general. Sin embargo, la expansión o el
crecimiento de una rama de la producción no es una condición suficiente para que
el conjunto del sistema escape a la debacle, que no solo continúa, sino que se
ha profundizado.
La cuestión
nodal, es que las potencias imperialistas aun no han podido ir a una guerra de
dimensiones suficientes para destruir el capital sobrante y facilitar la
apertura de un nuevo ciclo de expansión. Como dijimos al comienzo, esto tiene
que ver con que, desde hace décadas, la clase obrera no está dispuesta a morir
por la “patria” capitalista.
A pesar de
esta contradicción, la tendencia guerrerista, en épocas del imperialismo, es
permanente, como lo demuestra la invasión rusa a Ucrania por parte del
imperialismo ruso y, en el mismo contexto, la posibilidad de otra guerra, aún
más importante, entre EEUU y China, cuyos Estados aumentaron los presupuestos
bélicos de forma cualitativa.
La explosión
de estas guerras, o la extensión de la actual, será insuficiente para oxigenar
al capital, porque, en las condiciones actuales, es imposible que una de las
potencias en pugna pueda ocupar el lugar que asumió el imperialismo yanqui en
la post guerra. La llamada “multipolaridad”, es, en las actuales
circunstancias, más inestabilidad y más guerras, ya que el capital no se
reparte los mercados de forma democrática o por consenso.
Esto implica
que estamos ante un fenómeno nuevo en la historia de la sociedad actual, un
ciclo de crisis prolongado, que puede tener (en las condiciones que podemos ver
hoy) dos cursos: Un estancamiento creciente que lleve a la sociedad a la
barbarie -una aún mayor a la actual- o nuevas oleadas y ascensos del movimiento
de masas, dan lugar a revoluciones socialistas triunfantes.
Las
condiciones para una nueva ola de revoluciones, son mejores que nunca
La premisa económica de la revolución
proletaria ha llegado hace mucho tiempo al punto más alto que le sea dado
alcanzar balo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad han
cesado de crecer. Las nuevas invenciones y los nuevos progresos técnicos no
conducen a un acrecentamiento de la riqueza material.
Las crisis de coyuntura, en las
condiciones de la crisis social de todo el sistema capitalista, aportan a las
masas privaciones y sufrimientos siempre mayores. El crecimiento de la
desocupación ahonda a su vez la crisis financiera del Estado y mina los
sistemas monetarios vacilantes[6].
En las
últimas cuatro décadas, China experimentó un proceso de industrialización
acelerado y con este un incremento exponencial en las filas de la clase obrera,
desde las reformas de 1978. El número de
personas empleadas de China se ubicó en 775,86 millones en 2018, según datos
publicados por el Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social.
El desglose muestra que las industrias
primaria, secundaria y terciaria representaron el 26,1 por ciento, el 27,6 por
ciento y el 46,3 por ciento de la totalidad de los empleos, respectivamente. El
sector servicios contribuyó al mercado laboral 1,4 puntos porcentuales más que
en 2017[7].
Un camino
similar, aunque con menor desarrollo en términos capitalistas, siguió India. En
la búsqueda de mejores tasas de ganancia, varias multinacionales se
establecieron -aprovechando sus bajos salarios- lo que implicó un impulso a la
industrialización del país y el incremento de la clase obrera. Ahora, en ese
marco, acaba de explotar una nueva huelga general que involucra a millones
trabajadores de ese país.
Si bien en
los últimos dos años, a raíz de la guerra comercial, muchas industrias
comenzaron a buscar nuevos lugares para establecerse, en un proceso de re
localización, yendo países más cercanos -con el objetivo de abaratar el costo
de transporte- el desarrollo proletario de los países asiáticos fue, y continúa
siendo, fabuloso, lo cual produjo la existencia de nuevos centros objetivamente
revolucionarios.
Por esto, y a
diferencia de lo que caracterizan algunos sectores de la izquierda -sobre todo
aquellos nostálgicos del muro de Berlín- la clase obrera está en mejores
condiciones para encarar la lucha por el socialismo. En ese sentido, en las
últimas décadas realizó grandes experiencias de auto organización, a partir de
las cuales comenzó a construir su capacidad de liberarse del yugo capitalista.
El crecimiento
numérico y el desarrollo de las fuerzas productivas -en un marco de crisis
generalizada- son, como siempre lo han sido, las condiciones objetivas para la
revolución socialista y el consecuente surgimiento de una nueva dirección revolucionaria.
Este, que es el problema central para que las futuras insurrecciones triunfen,
debe ser el objetivo que empuje a los revolucionarios y las revolucionarias
consecuentes, a unificarse, poniendo en pie el Estado Mayor que reclaman las
actuales circunstancias.
[1] Lenin, El imperialismo, fase
superior del capitalismo.
[2]
Marx, El Capital; Libro II.
[3] https://www.marxists.org/espanol/trotsky/ceip/escritos/libro6/T10V208.htm#_ftn1
[4] https://eleconomista.com.ar/aniversario-70/la-crisis-cambio-mundo-y-argentina-varias-decadas-n44692
[5] https://apnews.com/apf-Finanzas
[6] https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1938/prog-trans.htm
[7] http://spanish.xinhuanet.com/china/index.htm

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