Elecciones francesas, una perspectiva negra para el imperialismo galo
Por Damián Quevedo
El futuro gobierno de Francia se debatirá entre dos candidatos, que son -en gran medida- outsiders de la política clásica francesa. El país en el que nació la concepción “republicana”, atraviesa, al igual que sus pares del resto del mundo, una crisis institucional. En el fondo esto demuestra, aunque de manera distorsionada, la debacle del régimen que, durante años, privilegiaron los capitalistas para dominar al conjunto, la democracia representativa.
El extremismo de derecha disfrazado con buenas maneras volvió a descabezar el sistema político francés. La líder de la extrema derecha francesa, Marine Le Pen, disputará la segunda vuelta de las elecciones presidenciales ante el mismo rival que la derrotó hace cinco años: el presidente saliente Emmanuel Macron. El actual jefe del Estado se impuso por 28,5 por ciento de los votos, cuatro más más que en 2017, ante Marine La Pen con sus 23,2, dos más que en ese entonces. En tercer lugar, con diferencia de décimas, se ubicó la izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon[1].
Las principales expresiones políticas que se disputarán la presidencia, no provienen de los partidos tradicionales que se alternaron en el gobierno durante décadas. Uno de aquellos, la socialdemocracia o “Socialismo francés”, que estuvo a cargo del ejecutivo en varios periodos, está a punto de desaparecer, con apenas algo más del 2% de los votos emitidos.
Por otra parte, el gobierno galo se enfrenta a un nivel histórico de abstenciones: Las encuestas reflejan un porcentaje de abstención en torno al 30%, muy superior al registrado en la primera vuelta de los comicios de 2017 (22,2%) y por encima del récord alcanzado en 2002 (28,4%). El último sondeo publicado por Ipsos establece que solo el 69% de los franceses está "seguro" de ir a votar este domingo y un 11% está "casi seguro"[2].
Esta realidad puse de manifiesto la existencia de la crisis de la cual estamos hablando, ya que el régimen político no ha sido capaz de continuar con la habitual, por lo menos durante los años anteriores, alternancia de los partidos patronales que se ocupaban de sostener la gobernabilidad del imperialismo francés, uno de los más poderosos del mundo.
El balotaje entre
dos partidos ultra reaccionarios tampoco significa la existencia de una tendencia
derechista en el movimiento de masas, sino que es el producto de la crisis institucional,
agravada por la guerra en Ucrania. Esto último empuja al conjunto, como siempre
ha ocurrido -al principio de todas las guerras europeas- a cierto grado de conservadurismo
o, dicho en otras palabras, de chovinismo.
Sin embargo, visto en perspectiva, este no es el elemento central del proceso, sino la ruptura con los partidos tradicionales, que deja a la burguesía sin organizaciones fuertes, capaces de contener, desviar o aplastar el próximo ascenso obrero y popular, que irremediablemente explotará, debido a la presión del ajuste, que es algo de lo cual los imperialistas galos no podrán dejar de aplicar.
Estas elecciones, que tendrán por resultado el triunfo de uno u otro partido patronal -a cual más reaccionario- no implican que la clase obrera de Francia haya entrado en un período de “repliegue estratégico”, como indican algunos izquierdistas reconvertidos. Entre otras cosas, la guerra traerá, necesariamente, un incremento de la migración, hecho que, junto con avivar el chovinismo de ciertos sectores, también lanzará a la lucha a millones de trabajadores migrantes y precarizados.
Los “chalecos amarillos" han sido, en estos últimos años, un anuncio temprano de lo que se viene en Francia, que más temprano que tarde volverá a estar en el ojo del huracán de la lucha de clases europea. Los revolucionarios y las revolucionarias deben, en ese marco, prepararse para los combates que se aproximan, asumiendo las posibilidades de conducir a grandes batallones de trabajadores y trabajadoras, que, probablemente sean, como ha sucedido otras veces, la vanguardia continental.




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