Milei, entre la crisis interna y el muro chino
Por Damián Quevedo
La renuncia de Manuel Adorni, acorralado por los escándalos de
corrupción, no cerró la crisis del oficialismo. Por el contrario, profundizó la
guerra interna en La Libertad Avanza. En ese marco, la vicepresidenta retomó la
ofensiva contra Javier Milei, Karina Milei y el núcleo duro del Gobierno, luego
de las desaforadas reacciones del Presidente durante su viaje a Brasil y de su
discurso en la Sociedad Rural.
El enfrentamiento en la cúpula del oficialismo alcanzó un nivel
impensado. Tras las declaraciones de Victoria Villarruel, quien expresó en
redes sociales una “genuina preocupación por el estado” de salud mental del
Presidente y habló de “persecuciones imaginarias”, desde el propio oficialismo
surgieron voces reclamando que diera un paso al costado. La vicepresidenta,
cada vez más distanciada del círculo de poder que integran Javier y Karina
Milei, respondió acusando a sus detractores de “pretender dañar la institucionalidad
y conspirar contra el orden republicano de nuestra Patria”.
La salud mental del Presidente dejó hace tiempo de ser un tema tabú.
La cuestión aparece cada vez con mayor frecuencia en los grandes medios y entre
periodistas de alcance nacional. Pero que esa caracterización provenga de la
propia vicepresidenta tiene un peso político muy superior. Mientras el Gobierno
intenta proyectar una imagen de fortaleza, enfrenta un deterioro persistente de
la imagen presidencial y crecientes dificultades para sostener su autoridad.
Villarruel mantiene desde hace meses un enfrentamiento abierto con
el círculo íntimo del Presidente y encontró en esta crisis una oportunidad para
volver a diferenciarse. La repercusión de sus declaraciones refleja, más que
una fortaleza propia, la extrema fragilidad del oficialismo. También pone de
relieve la importancia institucional que conserva como presidenta del Senado, a
pocos días del tratamiento del proyecto de ley que Milei y Luis Caputo
comprometieron ante el FMI. La aprobación de esa iniciativa está lejos de estar
asegurada y el Gobierno continúa haciendo cuentas para reunir los votos
necesarios. En ese contexto, unas pocas declaraciones bastaron para desatar un
verdadero tembladeral político.
La asistencia financiera del Fondo Monetario Internacional está
condicionada al cumplimiento del programa de ajuste y de las reformas
estructurales exigidas por el organismo. El proyecto sobre la inviolabilidad de
la propiedad privada constituye una pieza clave de esa agenda, orientada a
reforzar las garantías jurídicas para el gran capital y consolidar un nuevo
ciclo de dependencia. Los desembolsos del FMI se han convertido en un verdadero
respirador artificial para sostener un esquema económico cada vez más
cuestionado y con crecientes signos de agotamiento.
Desde luego, Villarruel no cuestiona el ajuste ni el programa
acordado con el Fondo. Las diferencias que atraviesan al oficialismo no
expresan proyectos sociales enfrentados, sino una disputa por el control del
poder dentro de una misma coalición reaccionaria. Se trata de un rejunte de
sectores que comparten el rumbo económico y los intereses fundamentales del
gran capital, pero que, cuando la crisis se profundiza, están dispuestos a
enfrentarse entre sí aunque el barco termine hundiéndose.
Al mismo tiempo, Milei comienza a exhibir un aislamiento cada vez
mayor en el plano internacional. Su alineamiento incondicional con Estados
Unidos e Israel genera tensiones incluso entre gobiernos de derecha de la
región que, aunque comparten posiciones conservadoras, priorizan la defensa de
sus propios intereses económicos y estratégicos.
Milei y Caputo apostaban a constituir un bloque latinoamericano de
ultraderecha que funcionara como punta de lanza de la estrategia de Washington
en la región. Sin embargo, esa pretensión chocó rápidamente con los límites que
impone la realidad económica. Más allá de las afinidades ideológicas que puedan
mantener con el Gobierno argentino dirigentes como Keiko Fujimori y otras
fuerzas conservadoras que han ganado o disputan el poder en distintos países,
las clases dominantes latinoamericanas no están dispuestas a sacrificar sus
negocios en nombre de una cruzada ideológica.
La razón es sencilla: el principal socio comercial de buena parte de
América Latina ya no es Estados Unidos, sino China. Las exportaciones de
materias primas, alimentos, minerales y energía, así como las inversiones en
infraestructura y financiamiento, convierten al gigante asiático en un actor
indispensable para las economías de la región. Incluso gobiernos profundamente
conservadores procuran preservar esos vínculos porque de ellos dependen buena
parte de sus ingresos, de sus reservas y de la estabilidad de sus economías.
Por eso, ninguno de esos gobiernos está dispuesto a acompañar la
política de confrontación permanente que Milei intenta impulsar contra Beijing
ni a romper relaciones fluidas con Brasil, principal socio económico de
Sudamérica y, al mismo tiempo, el principal aliado estratégico de China en el
continente. La retórica anticomunista puede servir para cohesionar a
determinados sectores políticos, pero pierde fuerza cuando entra en
contradicción con los intereses materiales de las burguesías nacionales.
Esa contradicción explica el creciente aislamiento internacional del
Gobierno argentino. Milei pretendía convertirse en el principal referente
regional de la nueva derecha continental, pero terminó descubriendo que incluso
sus aliados potenciales privilegian el pragmatismo económico antes que el
alineamiento ideológico absoluto con Washington. Los intereses materiales
terminan imponiéndose sobre las afinidades políticas, dejando al Presidente
argentino cada vez más solo en el escenario latinoamericano.
En este escenario, el debate previsto para el 6 de agosto en el
Congreso será una verdadera prueba de fuego para el oficialismo. El resultado
de esa votación puede otorgarle un respiro transitorio o profundizar una crisis
política que ya atraviesa al Gobierno y que amenaza con seguir debilitando su
capacidad para imponer el programa de ajuste y reformas exigido por el FMI.
La crisis del oficialismo no implica, por sí misma, una salida
favorable para las mayorías populares. Mientras las distintas fracciones del
poder disputan espacios dentro del mismo proyecto de ajuste, continúa
descargándose sobre los trabajadores el costo de una política dictada por el
Fondo Monetario Internacional y los grandes grupos económicos. La tarea de
quienes enfrentan ese rumbo pasa por construir una alternativa política
independiente, capaz de derrotar tanto el programa del Gobierno como los intereses
sociales que lo sostienen.



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