Milei dejó de ser presidente para convertirse en virrey del FMI
Por Ernesto Buenaventura
Hace unos días pasó por Argentina la directora gerente
del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva. El gobierno
nacional la recibió con todos los honores, al punto de que mantuvo reuniones
con la totalidad del gabinete y encabezó una conferencia de prensa en la que el
ministro de Economía ofició prácticamente de secretario de la jefa del Fondo.
Fue ella quien respondió preguntas sobre la economía
argentina, muchas veces con escaso conocimiento de la realidad del país,
mientras las máximas autoridades nacionales asistían en silencio. Un
espectáculo difícil de imaginar en un país verdaderamente soberano.
Como cierre de su visita, Georgieva viajó a Vaca Muerta
para conocer de primera mano la principal fuente potencial de divisas del país.
El interés no era casual: el petróleo no convencional aparece como uno de los
pilares para garantizar el pago de la deuda que Argentina mantiene con el
organismo.
Una deuda que, paradójicamente, fue contraída durante el
gobierno de Mauricio Macri, cuando el actual ministro de Economía, Luis Caputo,
desempeñaba un papel central. El propio Javier Milei llegó a responsabilizar
públicamente a Caputo por ese endeudamiento, señalando que esos dólares
terminaron fugándose al exterior.
Durante su estadía, Georgieva sostuvo que era necesario
profundizar el ajuste y que, si el plan resultaba exitoso, el país saldría
adelante. Es decir, hasta la propia directora del FMI reconoce implícitamente
que no existe ninguna garantía de éxito para el programa que impulsa.
No sorprende esa cautela. En la historia del Fondo
Monetario Internacional no existe un solo caso en el que sus programas de
ajuste hayan significado un desarrollo sostenido o una mejora para las grandes
mayorías.
Sus recetas son siempre las mismas: reducción del gasto
público, ajuste fiscal, restricción monetaria, reformas laborales y
previsionales, sin importar la historia, las características productivas o las
necesidades sociales de cada país. En la Argentina, la experiencia más cercana
de aplicación estricta de esas políticas desembocó en la catástrofe económica y
social de 2001.
Aunque el FMI siempre condicionó a los distintos
gobiernos patronales —incluso a aquellos que afirmaban haberse desendeudado—,
la injerencia que ejerce en la actualidad alcanza un nivel difícil de ocultar.
Tanto el Poder Ejecutivo como el Congreso aparecen cada vez más reducidos al
papel de simples ejecutores de las directivas emanadas de ese organismo
supranacional.
El objetivo del Fondo es evidente: orientar toda la
economía hacia las actividades que generan divisas para garantizar el cobro de
la deuda externa. En consecuencia, promueve un modelo basado en la producción
primaria y en la exportación de materias primas con escaso valor agregado, es
decir, con baja demanda de trabajo y reducido desarrollo industrial.
Ese plan no solo implica un aumento de la desocupación y
una progresiva desindustrialización. También profundiza la dependencia
estructural del país, consolidando el lugar que el imperialismo reserva para
las naciones semicoloniales dentro de la división internacional del trabajo:
proveedoras de materias primas baratas mientras la industria, la tecnología y
los mayores niveles de rentabilidad permanecen concentrados en las grandes
potencias.
Aceptados, en los hechos y o más complacientemente, por gobiernos
de todos los colores -peronistas, macristas, radicales, libertarios- los planes
del FMI condenaron y continúan condenando a nuestros países al extractivismo y
a la especialización primaria, con sus conocidas consecuencias económicas,
sociales y ambientales.
La visita de Georgieva dejó una imagen difícil de
disimular: un gobierno que actúa más como administrador de los intereses de los
acreedores internacionales que como representante de la voluntad popular. Milei
no gobierna para el FMI únicamente porque comparta su programa económico;
gobierna subordinando las principales decisiones del país a las exigencias de
ese organismo.
Como en los tiempos del dominio colonial, la autoridad
real parece residir fuera de las fronteras nacionales. Por eso, el problema no
es solamente el ajuste, sino quién gobierna y en función de qué intereses.
Mientras el FMI continúe definiendo el rumbo económico del país, no habrá
posibilidad de un desarrollo independiente ni de mejorar las condiciones de
vida de las mayorías.
Romper con el Fondo Monetario Internacional, dejar de
pagar una deuda ilegítima y romper con la subordinación a las potencias
imperialistas constituye una condición indispensable para recuperar la
soberanía nacional. Esa tarea solo podrá ser llevada adelante por un gobierno
de trabajadores que reorganice la economía en función de las necesidades
sociales y no de las ganancias del capital financiero internacional.



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