Malvinas, primero, lucha por la tierra, después, crece la consciencia antiimperialista del pueblo argentino

Este domingo, minutos antes de que Newell’s saliera a jugar contra Boca por la tercera fecha del Torneo Clausura, alguien desplegó en la bandeja superior de la platea Maxi Rodríguez, en el estadio Marcelo Bielsa, una enorme tela blanca con letras negras. La consigna era tan sencilla como contundente: **“Las tierras no se venden, las tierras se defienden”**.

Por Ernesto Buenaventura

En los últimos días, cuando parecía comenzar a disiparse la fiebre patriótica despertada por el Mundial de fútbol, empezaron a surgir nuevas expresiones semejantes al gesto de los jugadores de la selección nacional, que levantaron la bandera de las Malvinas ante los ojos del mundo. Esta vez, sin embargo, la cuestión no remite solamente a un reclamo histórico, sino a una batalla política inmediata: la defensa de la tierra y la soberanía nacional frente a los planes de entrega del Gobierno.

El próximo 6 de agosto se debatirá otra de las leyes emblemáticas del gobierno libertario: la denominada Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. Detrás de ese nombre pomposo se esconde un proyecto profundamente reaccionario, que incluye, entre otros puntos nefastos, la reforma de la Ley de Tierras para facilitar la compra de grandes extensiones del territorio nacional por parte de capitales extranjeros.

La sorpresa para el Gobierno, que pelea voto a voto para conseguir la aprobación de este proyecto exigido por el FMI y los grandes grupos económicos, es que el tema comenzó a transformarse en una discusión masiva. La defensa de la tierra salió de los despachos legislativos, atravesó las redes sociales, llegó al mundo de la cultura y comenzó a expresarse incluso en los estadios de fútbol.

Este domingo, minutos antes de que Newell’s saliera a jugar contra Boca por la tercera fecha del Torneo Clausura, alguien desplegó en la bandeja superior de la platea Maxi Rodríguez, en el estadio Marcelo Bielsa, una enorme tela blanca con letras negras. La consigna era tan sencilla como contundente: **“Las tierras no se venden, las tierras se defienden”**.

El mensaje aludía directamente al proyecto que el Gobierno intentará aprobar esta semana en el Senado. Su capítulo más resistido pretende flexibilizar las restricciones vigentes para que personas, empresas y fondos de inversión extranjeros puedan comprar tierras en la Argentina. Bajo el argumento gastado de “atraer inversiones”, el oficialismo busca abrirles las puertas a los grandes capitales para que se apropien de territorios, recursos naturales, fuentes de agua, zonas fronterizas y áreas estratégicas.

Lo que está sucediendo, por lo tanto, va mucho más allá de una bandera desplegada durante un partido. El gesto de los jugadores argentinos en el Mundial no fue un episodio aislado ni una simple manifestación de entusiasmo patriótico. Fue el primer emergente visible de un proceso lento, contradictorio, pero profundo: un salto cualitativo de la resistencia popular contra el ajuste, el saqueo y la entrega del gobierno de Milei, porque tiene lugar junto al desarrollo de la conciencia antiimperialista en sectores cada vez más amplios de la población.

Otro ejemplo de la repercusión alcanzada por esta batalla es la cantidad de artistas y referentes de la cultura que comenzaron a pronunciarse públicamente. A pocos días del debate parlamentario, músicos, actores y personalidades reconocidas convocaron a movilizarse este jueves 6 de agosto frente al Congreso. Entre quienes difundieron la convocatoria se encuentran Lali Espósito, Emilia Mernes, Dolores Fonzi, Juana Molina, Ca7riel y Dillom, entre muchos otros.

Esta intervención tiene un enorme significado político. Demuestra que el rechazo a la reforma dejó de estar limitado a especialistas, organizaciones ambientalistas o comunidades directamente afectadas. La discusión comienza a llegar a millones de personas, instalando una pregunta elemental: ¿puede un gobierno disponer del territorio nacional como si fuera una mercancía y entregarlo al mejor postor?

Milei y su camarilla enfrentan, además, sus propias fracturas internas. El Gobierno teme no contar con los votos necesarios y que la vicepresidenta, en caso de producirse un empate, se convierta en su propio Julio Cobos. Pero el problema que enfrenta el oficialismo es mucho más profundo que una crisis parlamentaria o una rebelión circunstancial dentro de sus filas.

La tierra está comenzando a ocupar, en la conciencia de la clase trabajadora y del pueblo, el mismo lugar que otras conquistas históricas consideradas intocables. Milei ya lo experimentó con las gigantescas movilizaciones en defensa de la universidad y la educación pública. También lo comprobó con la multitudinaria marcha del 24 de marzo, cuando cientos de miles salieron a las calles para enfrentar el negacionismo y reivindicar la lucha contra la dictadura. Son derechos, conquistas y banderas profundamente arraigadas en la conciencia popular, que ningún gobierno pudo eliminar sin provocar una respuesta de masas.

Ahora, la defensa de la tierra, los recursos naturales y la soberanía nacional comienza a recorrer un camino semejante. La bandera de Malvinas desplegada durante el Mundial y la consigna levantada en la cancha de Newell’s forman parte de un mismo proceso: la recuperación popular de una idea de patria opuesta al nacionalismo reaccionario del Gobierno.

Porque la patria de Milei termina donde comienzan los negocios de las multinacionales. Para el Presidente, la cordillera, la Patagonia, el litio, el petróleo, el agua, los bosques y las tierras productivas no constituyen un patrimonio colectivo, sino mercancías disponibles para quienes puedan pagarlas. Su supuesta defensa de la propiedad privada consiste, en los hechos, en garantizar el derecho de los grandes capitalistas a apropiarse de todo, incluso de aquello que pertenece al conjunto del pueblo.

Frente a ese proyecto colonial, comienza a levantarse otra concepción: la tierra no es una mercancía, la soberanía no se negocia y los recursos naturales deben servir a las necesidades de las mayorías trabajadoras, no al enriquecimiento de las multinacionales y al pago de una deuda externa fraudulenta.

La enorme repercusión alcanzada por este debate indica que el territorio y la soberanía también pueden convertirse en derechos intocables. Si esa conciencia se desarrolla y se transforma en movilización, el Gobierno enfrentará un obstáculo mucho más poderoso que cualquier maniobra parlamentaria. Porque un pueblo que decide que su educación, su memoria, su territorio y sus recursos no se venden se vuelve incompatible con un gobierno cuyo único programa consiste en ajustar, entregar y saquear.

La tarea de la izquierda revolucionaria es intervenir decididamente en este proceso, impulsar la movilización del 6 de agosto y promover la más amplia unidad de acción para derrotar el proyecto en las calles y en el Congreso. Pero también debe plantear una salida de fondo: romper con el FMI, desconocer la deuda externa, expropiar a las multinacionales saqueadoras y colocar la tierra y los recursos naturales bajo control de los trabajadores y las comunidades.

La tierra puede volverse intocable. Para lograrlo, deberá dejar de ser propiedad y fuente de ganancias de unos pocos y convertirse, mediante la lucha, en patrimonio soberano de todo el pueblo.

Comentarios

Entradas populares