Adorni e Insaurralde, dos muestras de la corrupción, que es inherente a los partidos que sostienen al capitalismo
El gobierno acaba de reemplazar al cripto-vocero Manuel
Adorni, demostrando que el “especialista en crecimiento patrimonial sin dinero” tiene los minutos contados como funcionario de la gestión libertaria. Probablemente, la
negociación con los bloques aliados que dio lugar a la postergación de la discusión en favor de la moción
de censura, tenga que ver con la promesa gubernamental de alejarlo del poder.
Adorni se transformó en un nuevo símbolo de todo los que
el gobierno juró combatir, porque el casi ex jefe de gabinete es el mascarón
de proa de la nave oficialista, repleta de piratas y marginales. Sin embargo, la
corrupción no es patrimonio de los libertarios, todos los gobiernos
capitalistas han tenido grandes corruptos, una de las razones
por las que creció el rechazo al peronismo.
Por esto, aunque con un poco menos de ruido que el causado por el Adornigate, volvió a ser noticia el ex jefe de gabinete de Axel
Kiccilof, el jerarca lomense Martín Insaurralde. M.I. renunció a su cargo en el
gobierno provincial inmediatamente después de que fuera fotografiado -en compañía de una despanpanante
modelo- en un yate, no precisamente en el Río Paraná o en alguno de sus afluentes,
sino en las costas de la lujosísima Marbella.
Martín Insaurralde dejó de lado toda
exposición política desde que renunció a la Jefatura de Gabinete bonaerense
tras difundirse sus imágenes a bordo de un yate que navegaba por el Mar
Mediterráneo, acompañado por la modelo Sofía Clerici. La publicación, el último
sábado, de videos en los que su exesposa, Jesica Cirio, muestra un vestidor
repleto de dólares, lo encuentra en el mismo ostracismo político.
Sin embargo, la profunda huella de poder que
tejió en la provincia de Buenos Aires durante más de una década se mantiene en
estructuras estratégicas como la Legislatura bonaerense, las áreas que
controlan el juego y controlan a los municipios, y la intendencia de Lomas de
Zamora.[1]
La causa por enriquecimiento ilícito sobre Insaurralde
dejó de ser noticia y se congeló, gracias a los vínculos e influencias -políticas, policiales y judiciales- del ex
intendente de Lomas de Zamora. En el fondo, los libertarios son simples pungas si
se los compara con este personaje y toda la mafia peronista, entranada durante
años en el viejo oficio de “meter la mano en la lata” de la administración estatal.
La reaparición de Insaurralde golpea, por un lado, a sus
padrinos políticos -Máximo y Cristina Kirchner- y, por el otro, al candidato
más competitivo del PJ, Axel Kicillof, del que fuera su mano derecha. Por otra
parte, este affaire, sumado al de Adorni y demás chanchullos libertarios, no
hace más que hecharle leña al fuego de la bronca contra la política tradicional.
Esa casta, conformada por todo tipo de representantes
de los capitalistas, viene siendo cuestionada por el movimiento de masas, lo
cual, desde el punto de vista de la revolución social, es una buena noticia,
porque alienta a los y las de abajo a rebelarse contra los
agentes vernáculos de la burguesía, los virreyes de la decadencia y la recolonización
imperialista.
Desde el estallido del 2001 y mucho más en los últimos
años, la corrupción es asociada a la política. Pero no es esta actividad, en sí misma, la que crea y reproduce ladrones de guante blanco, la raiz del fenómeno se encuentra en el capital. Quienes ofician de mandaderos de los
grandes empresarios reciben -legal e ilegalmente- una tajada de sus
ganancias, única manera de incentivar su oficio de lacayos.
La revolución social acabará con este flajelo, porque el gobierno de los trabajadores acabará con el
capitalismo y funcionará como una gran cooperativa, en la que no existirán privilegiados que lucren en base al trabajo ajeno. Para ser eficiente y cristalino, este nuevo gobierno tendrá que ser controlado por las bases, con el método de la democracia directa, a través de asambleas permanentes en los lugares de trabajo y barrios populares.


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