Por Ernesto Buenaventura
Adorni
comenzó la conferencia de prensa de ayer con el tono soberbio que lo
caracteriza, tratando de que la reunión con los periodistas no girara en torno
a sus viajes, lujos y propiedades, sino a las nuevas propuestas gubernamentales,
como el pretendido aumento del presupuesto represivo o la ley “anti okupas”.
Con algunos minutos de retraso, el jefe
de gabinete leyó casi sin levantar la vista del speech inicial, con
aclaraciones sobre lo que no podría decir “para no entorpecer la causa judicial”,
y archivos de los periodistas que se disponían a consultarlo. (La Nación 25/03/2026)
Desde
el gobierno lo bancaron, con una presencia masiva de funcionarios,
aunque sin los hermanos Milei, que, hasta ahora, sólo
lo apoyan a través de las redes. En este marco, la maniobra del vocero
presidencial duró poco, ya que las preguntas -sobre el incremento no declarado
de su patrimonio- lo pusieron contra las cuerdas.
El
jefe de gabinete se puso nervioso y agresivo, ya que no supo cómo responder
acerca de sus viajes personales o cómo hizo para comprar una pequeña
mansión en un exclusivo barrio privado de la zona norte con los escasísimos
fondos que poseería, de acuerdo a lo que declaró ante la justicia inmediatamente después de haber accedido a la función pública.
Este escándalo, más que evidente, de corrupción, abrió una enorme crisis política en el gobierno, mucho
mayor que las anteriores -Espert, caso Libra o coimas en la agencia de
discapacidad, ANDIS- porque explotó en un contexto social y económico que está golpeando con dureza a la mayoría de la población, buena parte de la cual votó por Milei.
El panorama económico es tan crítico, que hasta el ministro Caputo, que jamás consultó a nadie sobre las medidas que implementó, ahora salió a pedirle opiniones a su entorno y a reclamarles - más bien a rogarles- ayuda a los empresarios.
Milei
está perdiendo dos de sus cartas principales. Una, es la del combate contra la
inflación, que, a pesar del relato oficial, continúa y se incrementa mes a mes.
La otra tiene que ver con la idea de que su gestión habría llegado al poder para combatir la
corrupción kirchnerista.
La
banda libertaria, además, acaba de sufrir una derrota significativa este último 24 de marzo, con las multitudinarias y combativas movilizaciones por el 50 aniversario del golpe de Estado, que, en los hechos, aplastaron el discurso negacionista del oficialismo, que pasó prácticamente
desapercibido a la contundencia de las concentraciones.
Para como de males, el jefe de Milei, Donald Trump, está siendo humillado en la guerra de Irán, donde, a pesar de la tremenda superioridad militar con la que cuenta la coalición imperialista que lideran el jefe de la Casa Blanca y Netanyahu, no ha podido doblegar al ejército de los ayatolas.
La combinación de todos estos factores está creando las condiciones objetivas y subjetivas, para que, de acá en más, la resistencia obrera y popular pegue un salto de calidad, una coyuntura que la izquierda revolucionaria debe aprovechar para presentarse como alternativa de dirección -política y sindical- del movimiento de masas.

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