La coalición conservadora que gobierna Japón acaba de
obtener una amplia victoria en las elecciones legislativas. Este triunfo pone
al partido de la primera ministro Sannae Takaichi en condiciones de obtener quórum
parlamentario propio para gobernar, en los hechos, sin oposición.
El aspecto central de este gobierno no son su planes de
corte liberal y ataques a la clase trabajadora -algunos comparan a Takaichi con
Margaret Tacher- sino sus políticas de rearme del imperialismo
japonés, frenado luego de la derrota nipona en la segunda guerra.
En materia de seguridad, Takaichi propone una
revisión profunda de las políticas de defensa para el mes de diciembre. Su
objetivo central es el refuerzo de las capacidades militares ofensivas. Esto
implica el fin de la prohibición histórica sobre las exportaciones de armas.
La meta es el alejamiento de los principios
pacifistas que rigen desde la posguerra. La primera ministra justifica estas
medidas ante el aumento de la tensión con China. Su postura respecto a Taiwán
es clara: sugiere una posible intervención militar si Pekín intenta una toma
por la fuerza[i].
A diferencia del período previo a la segunda guerra inter
imperialista, en el que Japón formaba parte del “eje” fascista -con Alemania e
Italia- ahora está alineado con EEUU, por lo menos hasta ahora, ya que las
alianzas entre potencias pueden cambiar.
La estrategia de seguridad nacional, adoptada
en 2022, califica a China como el principal desafío estratégico,
motivando este viraje en la doctrina militar japonesa que tradicionalmente
limitaba el uso de la fuerza a la estricta autodefensa[ii].
Scott Bressent celebró el triunfo del partido de Takaichi
y Donald Trump la ubica como una aliada estratégica en la región. Queda claro,
que el imperialismo yanqui necesita una base militar poderosa y alianzas cerca
de China, en la perspectiva de una confrontación abierta.
En ese marco, y desde el 2022, Japón comenzó a
incrementar su presupuesto militar, con el objetivo de alcanzar el 2% de su PBI.
Para 2026 aprobó un presupuesto de 58000 millones de dólares, una cifra que estaba
planificada para 2027, pero que, por presión de EEUU, se ejecutó un año antes.
El clima, no solo en Estados Unidos, sino en todas las
potencias imperialistas, es de creciente militarismo. La crisis capitalista las empuja a disputarse el mercado mundial de la manera
más salvaje, como sucedió en las dos grandes crisis anteriores, que generaron los dos conflictos bélicos más importantes de la historia.
Esta dinámica no responde a decisiones ideológicas, es
una tendencia objetiva producto de una gran sobre producción que no encuentra
mercados para vender las mercancías que sobran. Las grandes guerras explotaron, porque las potencias en pugna necesitaban destruir a sus competidores y
conquistar sus respectivos mercados.
Los trabajadores no debemos participar en estas guerras de rapiña, ya que seremos, como siempre, un botín de guerra de las potencias. Tenemos que aprovechar que los de arriba se pelean entre sí, para acabar con todos los capitalistas de una vez y para todas, a través de una revolución social que sirva para construir un nuevo mundo, sin guerras y sin explotadores.

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