Por Musa Ardem
Milei viajó a Davos para una reunión convocada por Donald Trump con el objetivo de crear una nueva organización mundial presidida por él mismo. Como una reconstitución del llamado Consejo de Paz, creado por Trump para intervenir en Gaza, el presidente yanqui pretende incorporarle poderes equivalentes a los de la ONU e incluso la OTAN, pero sin Europa.
El organismo, que estará presidido por el mismo presidente de Estados
Unidos, es “una organización internacional que busca promover la
estabilidad, restaurar un gobierno confiable y legítimo, y asegurar una paz duradera en áreas afectadas o amenazadas por conflictos”, según el preámbulo del estatuto enviado a los países invitados a participar. También “realizará funciones de construcción de paz de acuerdo con el derecho
internacional… (La Nación 20/01/2026).
Con este tipo
de gestos, Milei insiste en tratar de sostener un equilibrio insostenible entre
su romance con el magante yanqui y las relaciones comerciales con otros bloques
y potencias imperialistas, como la UE, con la que viene de firmar un acuerdo muy
ambicioso, en el ámbito del Mercosur, pacto, que de
refrendarse, beneficiaría a una parte
de los productores agropecuarios argentinos.
Probablemente el beneficiario más temprano sea la agroindustria ya que el
acuerdo facilita de manera concreta el acceso de la carne vacuna al mercado
europeo. Hoy, una parte significativa de las exportaciones queda fuera de los
cupos preferenciales (cuota Hilton) y enfrenta aranceles altos, lo que reduce márgenes y limita envíos. Con el nuevo esquema, una mayor proporción de la carne argentina podrá ingresar a Europa en mejores condiciones,
con menores costos. (Clarín 18/01/2026).
Al acompañar las cachetadas de Trump contra los
gobiernos europeos, Mile pone en riesgo un mercado sumamente importante para la
agro industria y el potencial ingreso de divisas que representaría para las arcas públicas. La tensión entre las grandes potencias crece, hacienda
que resulte prácticamente imposible sostener la actual ambigüedad comercial y política del gobierno libertario, que tampoco
tiene problemas en negociar con los grandes rivales de EEUU, los chinos.
Mas allá de la simpatía que el presidente argentino pueda tener, o
no, con EEUU e Israel, la cruda realidad es que esos países no representan mercados importantes para
los capitales que operan en Argentina. Por esa razón, el sostenimiento a mediano plazo de las “relaciones carnales” incrementará la presión de Trump para que Argentina deje de
venderles y comprarles a los rivales de los yanquis, situación que hundirá aún más a la débil economía argentina.
Al mismo
tiempo, el avance chino significará la destrucción casi total de la industria nacional, debido
a las importaciones de productos mucho más baratos de los que aquí se podrían producir. Con los yanquis o con los
chinos, Argentina terminará en una crisis
nunca vista con niveles de pobreza similares a los del resto de los países más pobres del continente. Esto significa que
no habrá ningún cambio de fondo, sin la rupture con todos
los imperialismos y sus virreyes locales.
La izquierda
debe ponerse al frente de esta lucha, agitando las banderas del
antiimperialismo y la necesidad de que este proceso lo cumpla la única clase capaz de realizarlo, porque se
beneficiará de manera directa, la clase obrera,
liderando a todos los sectores perjudicados por la recolonización brutal que se está llevando adelante en nuestro país.

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