martes, 27 de enero de 2026

La política libertaria crea cada vez más conflictos con fracciones importantes de la burguesía, debilitando aún más al régimen


Paolo Rocca, dueño de Techint, uno de los empresarios más enojados con el gobierno, debido a la política de importaciones indiscriminadas, debido a la cual acaba de perder una licitación importante frente a capitalistas de la India

Por Damián Quevedo

El gobierno de Javier Milei es una anomalía política desde todo punto de vista, siendo, en ese sentido, el producto de una profunda crisis del régimen político, o, dicho de otro modo, de la agonía de la democracia representativa que aún no encuentra una nueva institucionalidad que la reemplace.

La forma de administrar el gobierno es una clara evidencia de esta situación, ya que su gestión recae, en la práctica, en un núcleo muy pequeño de personas, en realidad, tres: los hermanos Milei y el ministro Caputo.

Estos, a su vez, son seguidos por una masa de funcionarios que operan como fusibles sin ningún poder de decisión, razón por la cual este gobierno ostenta el récord histórico -desde 1983 en adelante- de renuncias y despidos de funcionarios, sin un verdadero partido nacional como base de apoyo.

Pero, además de esto, Milei mismo es la expresión de la crisis, porque carece de una base social que lo sostenga de verdad. No nos referimos a una base electoral, sino a una fracción de la clase dominante a la cual representar, como sucede con los otros partidos patronales, particularmente el peronismo y el PRO.

Ante esa carencia, Javier Milei optó por actuar como un simple intermediario entre capitales de potencias imperialistas -con los que tampoco tiene un vínculo sólido o permanente- y el mercado local, utilizando al Estado como garante de los negocios, que, en los hechos, realizan los monopolios yanquis, chinos y europeos.

No es que los demás partidos mayoritarios gobernaran con “sentido patriótico”. Sin embargo, su calidad de representantes de ciertos capitalistas locales, otorgaba mayor estabilidad al régimen político. Cabe recordar la crisis del kirchnerismo, cuando, de manera involuntaria, chocó con fracciones de la burguesía agraria.  

Por esta razón, el gobierno, que tampoco cuenta con una base popular organizada que se movilice para defenderlo, tiene permanentes contradicciones con sectores de la burguesía local, conflictos que resultan verdaderamente desestabilizadores para el conjunto de instituciones y el motivo fundamental de las renuncias de sus funcionarios.

Una muestra de estas contradicciones es la denuncia de Paolo Rocca, dueño del grupo Techint, que se enfureció por la pérdida de una licitación estatal de caños para la industria petrolera, en manos de una empresa de la India. El empresario denunció la práctica de “dumping” -competencia desleal- que habría favorecido a esta otra compañía.  

Desde el punto de vista técnico, el reclamo se dirigiría contra la empresa india Welspun, que adquiere su principal insumo en China. El CEO del Grupo Techint, Paolo Rocca, viene alertando desde hace años sobre lo que define como una competencia “predatoria y desleal” de la industria siderúrgica china. La última advertencia pública la realizó en el encuentro anual Pro pymes, organizado por el holding[i].

El reclamo, en los hechos, apunta contra la apertura indiscriminada de las importaciones, que pone a los capitalistas locales en desventaja frente a empresas multinacionales que tienen un nivel de productividad mucho mayor y costos de producción mucho más bajos. De continuar, esta política significará la liquidación de buena parte del empresariado local.

Yendo para el mismo lado, el presidente de la Sociedad Rural, se quejó de la falta de apalancamiento estatal y proteccionismo. Nadie se salva solo. La salida es colectiva. Es con cooperación, con escucha, con acuerdos. Es entendiendo que cuando al campo le va bien, a la Argentina le va mejor”. Esa fue una de las primeras frases del discurso de Nicolás Pino, presidente de la Sociedad Rural Argentina (SRA), en la inauguración de la 83° Expo Rural de Neuquén[ii].

Estos chisporroteos expresan una dinámica más que peligrosa para el gobierno y el conjunto del régimen, que tiene que ver con el inicio y la posible profundización y radicalización de las peleas entre los de arriba. Estos procesos significan grandes oportunidades para los trabajadores, porque cuando suceden, se debilitan sus enemigos de clase, los patrones y el Estado que defiende sus intereses.

La izquierda debe tomar nota de esta realidad, para agitar con fuerza el programa anticapitalista y antiburocrático, y, de esa manera, ganar el liderazgo en amplias capas de la clase obrera y el pueblo pobre, que, por suerte, ha roto lanzas con el partido del “orden”, el peronismo, y sus dirigentes políticos y sindicales.



[i] La Nación 26/01/2026

[ii] Infobae 26/01/2026

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