Por Damián Quevedo
El gobierno de Javier Milei es una anomalía política
desde todo punto de vista, siendo, en ese sentido, el producto de una profunda
crisis del régimen político, o, dicho de otro modo, de la agonía de la
democracia representativa que aún no encuentra una nueva institucionalidad que
la reemplace.
La forma de administrar el gobierno es una clara
evidencia de esta situación, ya que su gestión recae, en la práctica, en un
núcleo muy pequeño de personas, en realidad, tres: los hermanos Milei y el
ministro Caputo.
Estos, a su vez, son seguidos por una masa de
funcionarios que operan como fusibles sin ningún poder de decisión, razón por
la cual este gobierno ostenta el récord histórico -desde 1983 en adelante- de
renuncias y despidos de funcionarios, sin un verdadero partido nacional como
base de apoyo.
Pero, además de esto, Milei mismo es la expresión de la
crisis, porque carece de una base social que lo sostenga de verdad. No nos
referimos a una base electoral, sino a una fracción de la clase dominante a la
cual representar, como sucede con los otros partidos patronales, particularmente
el peronismo y el PRO.
Ante esa carencia, Javier Milei optó por actuar como un
simple intermediario entre capitales de potencias imperialistas -con los que
tampoco tiene un vínculo sólido o permanente- y el mercado local, utilizando al
Estado como garante de los negocios, que, en los hechos, realizan los monopolios
yanquis, chinos y europeos.
No es que los demás partidos mayoritarios gobernaran con
“sentido patriótico”. Sin embargo, su calidad de representantes de ciertos capitalistas
locales, otorgaba mayor estabilidad al régimen político. Cabe recordar la
crisis del kirchnerismo, cuando, de manera involuntaria, chocó con fracciones
de la burguesía agraria.
Por esta razón, el gobierno, que tampoco cuenta con una
base popular organizada que se movilice para defenderlo, tiene permanentes
contradicciones con sectores de la burguesía local, conflictos que resultan
verdaderamente desestabilizadores para el conjunto de instituciones y el motivo
fundamental de las renuncias de sus funcionarios.
Una muestra de estas contradicciones es la denuncia de
Paolo Rocca, dueño del grupo Techint, que se enfureció por la pérdida de una licitación
estatal de caños para la industria petrolera, en manos de una empresa de la
India. El empresario denunció la práctica de “dumping” -competencia desleal- que
habría favorecido a esta otra compañía.
Desde el punto de vista técnico, el reclamo
se dirigiría contra la empresa india Welspun, que adquiere su principal insumo
en China. El CEO del Grupo Techint, Paolo Rocca, viene alertando desde hace
años sobre lo que define como una competencia “predatoria y desleal” de la
industria siderúrgica china. La última advertencia pública la realizó en el
encuentro anual Pro pymes, organizado por el holding[i].
El reclamo, en los hechos, apunta contra la apertura indiscriminada
de las importaciones, que pone a los capitalistas locales en desventaja frente
a empresas multinacionales que tienen un nivel de productividad mucho mayor y
costos de producción mucho más bajos. De continuar, esta política significará
la liquidación de buena parte del empresariado local.
Yendo para el mismo lado, el presidente de la Sociedad Rural,
se quejó de la falta de apalancamiento estatal y proteccionismo. Nadie se
salva solo. La salida es colectiva. Es con cooperación, con escucha, con
acuerdos. Es entendiendo que cuando al campo le va bien, a la Argentina le va
mejor”. Esa fue una de las primeras frases del discurso de Nicolás Pino,
presidente de la Sociedad Rural Argentina (SRA), en la inauguración de la 83°
Expo Rural de Neuquén[ii].
Estos chisporroteos expresan una dinámica más que
peligrosa para el gobierno y el conjunto del régimen, que tiene que ver con el
inicio y la posible profundización y radicalización de las peleas entre los de
arriba. Estos procesos significan grandes oportunidades para los trabajadores,
porque cuando suceden, se debilitan sus enemigos de clase, los patrones y el
Estado que defiende sus intereses.
La izquierda debe tomar nota de esta realidad, para
agitar con fuerza el programa anticapitalista y antiburocrático, y, de esa
manera, ganar el liderazgo en amplias capas de la clase obrera y el pueblo
pobre, que, por suerte, ha roto lanzas con el partido del “orden”, el peronismo,
y sus dirigentes políticos y sindicales.

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