Cuando Donald Trump eligió Alaska como sede de su cumbre para discutir la guerra de Ucrania con su par ruso, Vladimir Putin, los partidarios del presidente norteamericano dejaron entrever que el lugar escogido era un guiño a las buenas negociaciones del pasado: en 1867, Estados Unidos le compró ese territorio a Rusia por menos de 5 centavos de dólar por hectárea.
Pero con
Ucrania excluida de la cumbre —tal como les pasó a los habitantes autóctonos de
Alaska cuando fue transado su territorio—, entre algunos académicos se reavivó
la discusión sobre un rasgo que, según dicen, Trump y Putin parecen compartir:
una “mentalidad imperial”.
El término describe una idiosincrasia que perdura en la psiquis de muchos países y
que fusiona una nostalgia ingenua de la grandeza pasada con convicciones muy
arraigadas sobre su derecho a seguir dominando a naciones vecinas o más
pequeñas. (New York Times, 16 de agosto)
Trump y
Putin no se juntaron para resolver, desinteresadamente,
situaciones conflictivas que involucran a ambas potencias, como la
guerra de Ucrania. ¡No, para nada, como bien lo explica el N.Y.Times, ambos viajaron a Alaska como representantes de dos imperialismos, que, ingenuamente o no, tienen bien en
claro que las semicolonias que oprimen no pueden decidir por sí mismas sus
propios destinos, deben ser los opresores quienes se encarguen de hacerlo!
Ucrania
es un país dependiente, cuya colonización se disputan los imperialistas europeos, Estados
Unidos y Rusia. Por esa razón, y más allá de
sus actitudes de lamebotas de los opresores occidentales, Zelenski no fue invitado al cónclave. Será Donald Trump quien le informe sobre el pacto de Alaska, o su borrador, que definirá la división en los hechos de Ucrania
en dos regiones, una para Rusia y la otra para los monopolios yanquis, que
quieren quedarse con la explotación de valiosos recursos naturales del país.
Trump,
además, necesita terminar con la guerra, porque quiere concentrar sus esfuerzos
en la guerra comercial contra su principal rival
económico, China, que, aprovechando la debilidad de los yanquis, ha avanzado
una enormidad, inundando el mundo con sus productos, préstamos y obras de
infraestructura. El otro drama para Estados Unidos es Netanyahu, que, con su política de tierra arrasada,
metió a los estadounidenses en una encerrona más que peligrosa.
Putin, a
pesar de sus avances militares en Ucrania, tampoco tiene todas las de ganar,
porque la guerra le significa una erogación de fondos que sigue debilitando la economía de Rusia, que se sostiene gracias al
apoyo de China, que usa a su principal aliado como un peón de su guerra de desgaste contra Estados Unidos. La reunión con Trump, es, de una u
otra manera, una muestra de cierta “independencia”, de Putin para con Xi Xing
Ping.
En ese marco, Rusia y Estados Unidos están tratando de encontrar un acuerdo
que las beneficie. Sin embargo, además de las potencias europeas, que tienen sus propios intereses en Ucrania, el principal inconveniente para Putin y Trump es el pueblo de Ucrania, porque, haga lo que haga Zelensky, la concreción y estabilidad del pacto en cuestión dependerá decómo reacciones el pueblo ucraniano, que sufre
las consecuencias más directas y terribles de la guerra, con miles de muertos,
tanto en el frente como en las ciudades bombardeadas por el invasor
ruso.
Trump tendrá que convencer, tanto a la OTAN como al presidente ucraniano, de las bondades de un pacto que será muy poco conveniente para Europa, en general, y Ucrania, en particular. Esta perspectiva puede radicalizar al pueblo de Ucrania y empujarlo hacia una ruptura con su presidente, que, en estas últimas semanas, fue repudiado por algunos sectores de la población, que se movilizaron en Kiev y otras regiones. Para los y las socialistas no queda otra que profundizar este camino y transformar la guerra actual en guerra revolucionaria, porque con Zelensky y el capitalismo de ese país, Ucrania continuará siendo una semicolonia, pero mucho más empobrecida.
Desde nuestra corriente internacional y el grupo de revolucionarios ucranianos que pertenece a la misma, denunciamos desde el principio, que la política de Zelensky -dependiente de la OTAN y EEUU- conducía a la derrota. Y, que la confianza en la ayuda de las potencias rivales de Putin no era más que una ilusión, porque un país dependiente sólo puede independizarse de la mano de la clase trabajadora movilizada, que debe hacerse cargo de la guerra y las negociaciones. Deben ser los y las de abajo quienes definan, de manera democrática, si están dispuestos o no, a firmar pactos con los invasores. Para eso, el movimiento de masas debe echar a patadas a Zelensky e imponer un gobierno obrero y popular que comience a construir el Socialismo y se relacione de manera fraternal con las otras víctimas de la guerra, los trabajadores y el pueblo ruso.

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