Por Ernesto Buenaventura
El gobierno volvió a sufrir nuevos golpes en el Congreso, luego de que sus funcionarios creían haberle ganado una nueva pulseada a la dinámica inflacionaria, mediante el freno, momentáneo, de otra suba del dólar. Es que, a pesar de la popularidad que todavía mantiene, Milei y su hermana no construir alianzas que le permitan hacer pasar el ajuste con el velo institucional que otorga el parlamento. La oposición patronal deja pasar la motosierra, pero no le otorga ningún cheque el blanco al presidente.
Esta semana, Diputados será escenario de un nuevo capítulo de esa pulseada. Entre martes y miércoles, la oposición buscará dictaminar cinco iniciativas que irritan a la Casa Rosada: el reparto automático de los Aportes del Tesoro Nacional (ATN) y del impuesto a los combustibles líquidos -dos medidas reclamadas por los gobernadores-, una reforma del reglamento para reactivar la comisión investigadora del caso $LIBRA, un programa nacional de promoción de la salud cerebral y un proyecto que declara la emergencia en el sistema de ciencia, tecnología e innovación[1].
Por supuesto, ningún partido patronal -macrista, radical, peronista o provincialista- pretende tocar las fibras sensibles del plan económico, con el que todos comulgan. Pero, además de pelear por una parte de la porción de la torta para el sector burgués que defienden, buscan posicionarse como un recambio más razonable, que esté en condiciones de hacerse cargo del timón del Estado cuando derrape totalmente la gestión libertaria.
Todo esto sucede, en un marco en el cual el régimen político -las instituciones “democráticas” sobre las que se asienta el sistema capitalista semicolonial argentino, no se recuperó después de la crisis que lo hirió gravemente en el Argentinazo de 2001. Los pilares en los que se sostenía este régimen, los grandes partidos patronales, se quebraron dando lugar a la creación de alianzas -poco estables- y la aparición de nuevas fuerzas políticas, como el macrismo y a su disolución en La Libertad Avanza de Karina Milei.
Este partido, de color violeta, no es otra cosa que un rejunte de mercenarios, sin una estructura nacional que le permita sostener el poder que ganó electoralmente. Por eso, y muy a pesar de su debacle, el partido del “orden” continúa siendo el peronismo, que Cristina y sus secuaces intentan mantener unido para garantizar la gobernabilidad, apoyándose en su “columna vertebral”, la burocracia sindical, que, en la actualidad, igual que siempre, trabaja para impedir que la clase obrera explote contra el ajuste.
Por eso las elecciones bonaerenses no solo preocupan al gobierno nacional, al que las encuestas no le resultan auspiciosas, sino también al PJ, que, a pesar del armisticio, continúa metido en una interna infernal. En ese sentido, una mala elección para el principal partido de la oposición patronal, debido principalmente al ausentismo, que gana terreno día a día, lo debilita como opción de recambio.
La disolución del PRO, la caída a pique del peronismo y las constantes renuncias y expulsiones dentro de las filas del oficialismo, son expresiones concretas y contundentes de la existencia de una crisis política, que tiene características inéditas. Esta realidad, que debe ser aprovechada por las fuerzas revolucionarias, puede empujar a la clase obrera hacia posturas mucho más radicalizadas que las que sostuvo durante toda su rica historia de conflictos y rebeliones.
[1] La Nación 10/09/2025

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