Por Ernesto Buenaventura
Luego del fracaso -para el régimen- de las elecciones realizadas en algunas provincias, donde el único ganador fue la abstención, el gobierno acelera el paso para imponerse en la "madre de todas las batallas electorales", la provincia de Buenos Aires.
La caída en la participación volvió a ser protagonista en las elecciones provinciales del fin de semana. En Chaco, Jujuy, Salta y San Luis, la concurrencia electoral retrocedió en comparación con los comicios legislativos de 2021, cuando todavía persistía el impacto del aislamiento por la pandemia. Cuatro años después, la apatía se profundiza. En Chaco, apenas votó el 52% del padrón, lo que representa una caída de 14 puntos[1].
El PRO busca una alianza con los libertarios, porque su objetivo es derrotar al peronismo en la provincia más grande, para lo cual busca una alianza con el oficialismo, aunque con el cuidado necesario para no ser fagocitado por los libertarios. Sin embargo, el oficialismo juega a “dos bandas”, por un lado contra el peronismo, y, por el otro, contra el macrismo, que es su competidor natural.
Pese a la abierta voluntad de los negociadores del PRO, la negociación en la provincia de Buenos Aires con La Libertad Avanza podría terminar mal. El principal problema, como le vienen señalando a Cristian Ritondo los intendentes macristas, es la poca o nula voluntad de los actores locales de Karina Milei para cerrar un acuerdo. Todo lo contrario: coquetean con armarle listas propias a los intendentes del PRO, y con la derrota de Jorge Macri en CABA como norte, ponen condiciones imposibles de aceptar para los macristas y ofrecen pocos lugares en las listas[2].
Este panorama no es más auspicioso para el peronismo de la provincia, que retrocedió en su interna luego de la sentencia contra Cristina. Para colmo de males, Kicillof puede encontrarse con un panorama desolador, si es que se repite el fenómeno de baja participación, una expresión clara del hastío de la mayoría y de la crisis del régimen de la “democracia” burguesa.
Tanto una elección con muy poca participación como una derrota electoral, constituirán un gravísimo problema para el gobierno nacional, que necesita demostrarle al FMI y los grandes capitalistas que es capaz de garantizar plan de ajuste sin desestabilizar el funcionamiento de las actuales instituciones “democráticas”.
La izquierda revolucionaria debería aprovechar esta situación, con una campaña electoral centrada en denunciar la crisis del régimen y la necesidad de impulsar desde abajo la coordinación de las luchas para construir un nuevo Argentinazo que termine con el plan de ajuste y con los ajustadores.
Esa perspectiva se vuelve difícil, porque el Frente de Izquierda, que acaba de marchar a la cola del PJ para embellecer la figura de su líder, en vez de aprovechar las bancas para agitar la necesidad de que todo se resuelva mediante la acción y directa y la autoorganización obrera, se está convirtiendo en la pata simpática del sistema.
Los revolucionarios consecuentes, aquellos y aquellas que trazamos rayas con la política de conciliación de la izquierda para con el peronismo, deberíamos conformar un bloque que intervenga audazmente en el actual proceso de luchas, y, desde esa ubicación, defienda a capa y espada la independencia política de la clase obrera y de los partidos de izquierda.

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