Por Ernesto Buenaventura
Luego de haber obtenido algunos logros, en ciertas votaciones del parlamento y con el desembolso de 20 mil millones de dólares del FMI, el gobierno nacional se enfrenta a un panorama político cada día más adverso.
Los “éxitos” libertarios,
como la baja de la inflación y el control de la calle, ya desaparecieron, en
medio de un año electoral en el que explotaron varios conflictos salariales y
el Congreso se convirtió en un terreno hostil para el poder ejecutivo.
El panorama legislativo se le empieza a hacer cuesta
arriba al Gobierno, que pretende hacer una elección en la que, de mínima,
duplique el número de bancas propias en Diputados[1].
La elección porteña será un termómetro de la situación general, tanto, que el propio Milei se tuvo que meter de lleno en la campaña para potenciar la candidatura de su vocero Adorni, una jugada peligrosa, porque demuestra la debilidad de los laderos del presidente.
Esta situación golpeó al
gobierno nacional, que viene de sufrir la salida de otro funcionario de primer
nivel, debido a la importancia de su cartera -transporte- para la economía
nacional. Más allá de las declaraciones oficiales, este personaje cayó por los
conflictos gremiales y el escándalo Libra.
La salida del ahora ex secretario de Transporte Franco Mogetta tiene que ver con esto. No logró frenar el paro de la UTA a pocos días de las elecciones porteñas y su situación se agravó cuando un aliado como el gobernador cordobés mandó a sus diputados a votar a favor de la creación de la comisión investigadora de $Libra, el token y presunta estafa que difundió el presidente en sus redes[2].
La situación política posterior a las elecciones puede poner contra las cuerdas a Milei, ya que no solo está en juego el peso legislativo del oficialismo; una mala elección influirá directamente en el flujo de préstamos del FMI y de capitales privados. ¡Frente a los verdaderos dueños del poder, los grandes capitalistas, Milei necesita mostrar una firmeza que nunca tuvo!
Como sucedió muchas veces en la historia, esta crisis en la superestructura política significa una nueva oportunidad para los trabajadores, que, cuando salga a pelear, lo harán en mejores condiciones que antes, porque los de arriba están débiles y divididos.
La autoconvocatoria de cientos de colectiveros, que cortaron el Puente Pueyrredón y se movilizaron en otras regiones -en el marco del paro que se vio obligada a convocar la conducción de UTA- es una expresión clara de esta dinámica, que comenzó a parir una nueva vanguardia, independiente de la burocracia, que quiere pelear en serio.
La izquierda debe ayudar a
que ese nuevo activismo se fortalezca y crezca en términos nacionales, para que
se convierta en la nueva dirección que reclaman las actuales circunstancias.
Una conducción de características opuestas a la que representa la tradicional y
putrefacta mafia sindical peronista, con compañeros y compañeras que impulsen
mecanismos democráticos de participación y decisión de las bases y un plan de
lucha de verdad.

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