miércoles, 2 de abril de 2025

Malvinas, otro aniversario que reaviva un viejo debate, que dividió a las organizaciones revolucionarias


Por Juan Giglio

En un nuevo aniversario de la recuperación de Malvinas, repetimos nuestra bronca por la actitud criminal de los milicos del Proceso, que, para zafar de la crisis que estaba hundiendo a la dictadura, invadieron las islas y enviaron al matadero a cientos de pibes, sin ninguna preparación ni los pertrechos suficientes para combatir con uno de los ejércitos más poderosos del mundo.

Aunque este es un aspecto más que cierto y evidente, también existe otro, no menos importante: la toma de Malvinas desató una gran movilización antiimperialista, no solo en el país, sino en todo el continente. Las masas latinoamericanas ganaron las calles para repudiar a la flota pirata y defender el derecho argentino a quedarse con una porción de su propio territorio, usurpada por los imperialistas.

En ese contexto, tuvo lugar un importante debate entre las organizaciones revolucionarias, que, a partir del 2 de abril, tuvieron que responder a los acontecimientos, que hicieron vibrar el escenario político internacional.

Entonces: ¿Había que quedarse en el “medio”, denunciando el aventurerismo de Galtieri, como planteó buena parte de la izquierda europea? ¿O era necesario actuar con una política similar a la que propuso el PST, de donde provenimos, que se ubicó en la trinchera militar argentina, pero sin apoyar políticamente a la Junta?

Una vez en guerra, ya no existían posibilidades de volver atrás sin la derrota de alguna de las partes. Ningún margen para plantear una línea abstencionista o “derrotista”, ya que el enfrentamiento militar no era entre dos potencias imperialistas o dos burguesías oprimidas, sino entre opresores y oprimidos: el imperialismo y un país dependiente.

Por lo tanto, los trotskistas del PST caracterizamos que los militares, sin desearlo, habían desatado una movilización, que iba objetivamente en contra de ellos mismos. En los hechos, ayudaron a gestar una realidad, que podía llevarse puesta a la dictadura militar y abrir una situación revolucionaria.

Eso es lo que entendieron los jefes imperialistas, que dejaron de lado sus diferencias y se unieron contra Argentina. EE.UU. y las potencias europeas, que tenían grandes desacuerdos con la jefa del estado inglés -Margaret Thacther- comprendieron que la chispa encendida por Galtieri amenazaba con desatar un Tsunami antiimperialista.

Los y las militantes del Partido Socialista de los Trabajadores nos alistamos en el campo militar argentino, desde el cual continuamos la lucha política contra Galtieri. Desde allí dijimos, que no había que suspender la resistencia obrera, porque, para derrotar a los piratas, teníamos que echar a la Junta Militar y reemplazarla por un gobierno del único sector social capaz de acabar con el imperialismo, la clase trabajadora.

Enfrentamos a los pacifistas, que creían que las tropas inglesas jugaban un papel progresivo, porque podían colaborar con la restauración de las libertades democráticas, agitando la necesidad de expropiar a las empresas inglesas y de levantar todas las medidas restrictivas de la libertad y la democracia.

Esta ubicación nos permitió empalmar con la vanguardia que tomó como propia la pelea contra los piratas, con una parte de la cual pusimos en marcha una nueva etapa de la construcción de nuestra organización, que, luego de la caída del gobierno militar, incorporó a miles de militantes y se convirtió en el viejo MAS, el partido trotskista más importante del mundo.

La discusión política que dividió aguas en Malvinas tiene una gran vigencia histórica, porque las nuevas invasiones o ataques militares de países imperialistas a colonias o semicolonias -como la ocupación de Ucrania por parte de tropas del imperialismo ruso, o el lanzamiento de misiles contra los rebeldes hutíes de Yemen- obligan a los revolucionarios y las revolucionarias a posicionarse, de uno o de otro lado del mostrador.

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