En un nuevo aniversario de la recuperación de Malvinas, repetimos
nuestra bronca por la actitud criminal de los milicos del Proceso, que, para zafar
de la crisis que estaba hundiendo a la dictadura, invadieron las islas y
enviaron al matadero a cientos de pibes, sin ninguna preparación ni los
pertrechos suficientes para combatir con uno de los ejércitos más poderosos del
mundo.
Aunque este es un aspecto más que cierto y evidente, también
existe otro, no menos importante: la toma de Malvinas desató una gran
movilización antiimperialista, no solo en el país, sino en todo el continente.
Las masas latinoamericanas ganaron las calles para repudiar a la flota pirata y
defender el derecho argentino a quedarse con una porción de su propio
territorio, usurpada por los imperialistas.
En ese contexto, tuvo lugar un importante debate entre las
organizaciones revolucionarias, que, a partir del 2 de abril, tuvieron que
responder a los acontecimientos, que hicieron vibrar el escenario político
internacional.
Entonces: ¿Había que quedarse en el “medio”, denunciando el
aventurerismo de Galtieri, como planteó buena parte de la izquierda europea? ¿O
era necesario actuar con una política similar a la que propuso el PST, de donde
provenimos, que se ubicó en la trinchera militar argentina, pero sin apoyar
políticamente a la Junta?
Una vez en guerra, ya no existían posibilidades de volver
atrás sin la derrota de alguna de las partes. Ningún margen para plantear una
línea abstencionista o “derrotista”, ya que el enfrentamiento militar no era entre
dos potencias imperialistas o dos burguesías oprimidas, sino entre opresores y
oprimidos: el imperialismo y un país dependiente.
Por lo tanto, los trotskistas del PST caracterizamos que los
militares, sin desearlo, habían desatado una movilización, que iba
objetivamente en contra de ellos mismos. En los hechos, ayudaron a gestar una realidad,
que podía llevarse puesta a la dictadura militar y abrir una situación
revolucionaria.
Eso es lo que entendieron los jefes imperialistas, que
dejaron de lado sus diferencias y se unieron contra Argentina. EE.UU. y las
potencias europeas, que tenían grandes desacuerdos con la jefa del estado inglés
-Margaret Thacther- comprendieron que la chispa encendida por Galtieri
amenazaba con desatar un Tsunami antiimperialista.
Los y las militantes del Partido Socialista de los
Trabajadores nos alistamos en el campo militar argentino, desde el cual
continuamos la lucha política contra Galtieri. Desde allí dijimos, que no había
que suspender la resistencia obrera, porque, para derrotar a los piratas, teníamos
que echar a la Junta Militar y reemplazarla por un gobierno del único sector
social capaz de acabar con el imperialismo, la clase trabajadora.
Enfrentamos a los pacifistas, que creían que las tropas
inglesas jugaban un papel progresivo, porque podían colaborar con la
restauración de las libertades democráticas, agitando la necesidad de expropiar
a las empresas inglesas y de levantar todas las medidas restrictivas de la
libertad y la democracia.
Esta ubicación nos permitió empalmar con la vanguardia que tomó
como propia la pelea contra los piratas, con una parte de la cual pusimos en
marcha una nueva etapa de la construcción de nuestra organización, que, luego
de la caída del gobierno militar, incorporó a miles de militantes y se
convirtió en el viejo MAS, el partido trotskista más importante del mundo.
La discusión política que dividió aguas en Malvinas tiene
una gran vigencia histórica, porque las nuevas invasiones o ataques militares
de países imperialistas a colonias o semicolonias -como la ocupación de Ucrania
por parte de tropas del imperialismo ruso, o el lanzamiento de misiles contra
los rebeldes hutíes de Yemen- obligan a los revolucionarios y las
revolucionarias a posicionarse, de uno o de otro lado del mostrador.

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