Por Damián Quevedo
Las manifestaciones artísticas, desde que existen, están relacionadas con la sociedad del momento, con la forma en la que las personas que la integran se organizan, y, además, con el desarrollo de la técnica. Desde los primeros “instrumentos” utilizados para la percusión por las primeras sociedades, durante el período del comunismo primitivo, hasta los instrumentos eléctricos y electrónicos de la actualidad, los cambios en las formas de la música, reflejaron ese desarrollo técnico.
Como ejemplo, el nacimiento del período clásico en la música, estuvo fuertemente relacionado con la invención del piano, que significó un enorme avance y permitió que los músicos pudieran controlar el volumen y la intensidad del sonido, lo que dio lugar a una mayor expresividad y dinamismo en la interpretación.
Este invento, que fue un avance en la tecnología de los últimos años del feudalismo, crucial para el paso del período barroco al clasicismo, etapa que coincide con los años germinales del modo de producción capitalista.
El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general», de que todas las relaciones sociales y estatales, todos los sistemas religiosos y jurídicos, todas las ideas teóricas que brotan en la historia, sólo pueden comprenderse cuando se han comprendido las condiciones materiales de vida de la época de que se trata y se ha sabido explicar todo aquello por estas condiciones materiales[1].
Las relaciones sociales y los vínculos materiales no solo tienen que ver con las relaciones de producción, aunque estas son la base sobre la que emergen las demás. La lucha de clases es también un producto de esa base material y la manifestación superestructural de la misma, su reflejo en la política, la ideología y la cultura.
En el plano particular de la música, los cambios artísticos y estilísticos en los diferentes períodos también estuvieron influenciados por el clima de época, por el paso de una sociedad a otra, que siempre fue motorizado y concretado a través de grandes revoluciones. Esos cambios revolucionarios también fueron largos procesos de luchas en los que el arte tuvo su correlato, aunque a veces más lento, ya que las transformaciones en la superestructura pueden ser tardías en relación a las bases materiales que las determinan.
La sociedad esclavista, la feudal, la burguesa, todas han engendrado su cultura correspondiente, diferente en sus distintas etapas y con multitud de formas de transición. La sociedad histórica ha sido una organización para la explotación del hombre por el hombre. La cultura ha servido a la organización de clase de la sociedad. La sociedad de explotadores ha creado una cultura a su imagen y semejanza[2].
La burguesía creó una cultura a su imagen y semejanza. Y, al igual que la sociedad, esta tuvo varias etapas que reflejan, de manera más o menos distorsionada, los ciclos del desarrollo social. El triunfo de la burguesía, la conquista del poder político y las transformaciones sociales que la llevaron a convertirse en clase dominante, fueron acontecimientos reflejados en la música de su época -el fin del periodo clásico y el nacimiento del romanticismo- que expresaron a una clase social en ascenso.
Este eco, del capitalismo victorioso, no fue siempre consciente en todos los compositores, aunque algunos lograron una comprensión más clara, y, por lo tanto, fueron partícipes voluntarios de ese proceso. En ese sentido, el compositor alemán Richard Wagner fue un ejemplo más que acabado de esa conciencia social concentrada en un artista.
Wagner se caracterizó por la construcción de obras que trataron de abarcar la totalidad de las artes escénicas, el uso en la ópera de múltiples recursos teatrales y vocales, en particular por el uso predominante del “leitmotiv”, la repetición del mensaje central de la obra, que cumplió un papel político en la Alemania del siglo XIX, Wagner, al igual que Lizt, estuvo fuertemente influenciado por la tendencia de la burguesía a construir -en la superestructura- herramientas que mostraban a la sociedad como un todo que apuntaba a la unidad nacional propia de la nueva sociedad.
El romanticismo expresó en la música, el ciclo de ascenso de la burguesía en el mundo, el tono épico en la mayoría de los compositores románticos y el estado de ánimo de una clase social que tenía un mundo por ganar. Hoy, esta clase social está en su ocaso, y, por lo tanto, las manifestaciones artísticas reflejando, de una u otra manera, esa decadencia.
Por otra parte, aunque de manera más lenta y contradictoria, existen expresiones musicales, que captan la sintonía de los procesos revolucionarios, los que estallaron y, especialmente, aquellos que se avecinan, que, como ha sucedido con todas las sociedades decadentes, tienden a sepultarlas y a construir una nueva relación entre las personas. Ese arte revolucionario es y será una palanca al servicio del cambio social.

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