Además de las economías de Argentina y
Brasil, el imperialismo chino continúa avanzando en todos los países del
continente, desde el Caribe hacia el sur. En esta parte de Sudamérica, Uruguay es
una de las cabezas de playa de la potencia asiática.
Esta injerencia económica y política va más
allá de los cambios de gobierno, ya que, tanto con el Frente Amplio o con el Partido
Nacional -del actual presidente- las relaciones han sido y continúan siendo
fructíferas para China.
El presidente de
Uruguay, Luis Lacalle Pou, recibió en Montevideo al líder de la delegación
china. Según informó el Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay, se
resaltó el “excelente” estado de las relaciones bilaterales entre las
naciones y la “confianza mutua” lograda. Según la Cancillería, las
conversaciones, de las que participó además el canciller uruguayo, Omar
Paganini, “abordaron el interés de avanzar en la integración económica, con el objetivo
de alcanzar un acuerdo de libre comercio”[1].
En este sentido, Xi Jinping acaba de
donarle Uruguay equipamiento militar por más de cuatro millones de dólares, un
gesto más político que efectivo, desde el punto de vista bélico, con el que
China demostró su confianza para con Lacalle Pou y quien que lo suceda.
Esta relación comercial con la misma
lógica que en el resto de América Latina, ya que las inversiones en cuestión están
destinadas a crear y fortalecer la infraestructura. Esto tiene que ver con que China
quiere mejorar el sistema de producción y transporte de las materias primas, commodities,
que sus empresas extraen de Uruguay y el resto del continente.
Desde
América Latina se exportan
predominantemente recursos naturales y productos primarios (incluyendo
manufacturas derivadas de estos), importa de China productos manufacturados de
mediana y alta tecnología. Esta tendencia se manifiesta con la misma claridad
en el caso uruguayo. Nuestras principales exportaciones hacia China se centran
en productos primarios, como carne bovina, subproductos cárnicos, productos
lácteos, madera, carne ovina y caprina, y lana. Por otro lado, las
importaciones desde China abarcan una variedad de bienes: vehículos, insumos
químicos agrícolas vestimenta, calzado y tecnología[2].
Esta matriz o modelo productivo, impulsada
por todas las potencias imperialistas -desde la época de los españoles,
portugueses e ingleses hasta la actualidad- profundiza la dependencia de los países
oprimidos, que exportan mercancías sin casi ningún valor agregado e importan
productos de las grandes potencias, lo que genera un gran desnivel en las
balanzas comerciales.
Para desarrollar las economías
regionales, hoy como ayer, es necesario romper las cadenas de la dependencia. Para
concretar esta tarea, que sólo pueden llevarla adelante los trabajadores y las
trabajadoras de las semicolonias, hace falta una nueva dirección política del
movimiento de masas, una conducción que entienda la necesidad de luchar contra
todas las potencias, sin sucumbir a ninguna de ellas.
Si esto no ocurre, cuando se intensifique
la nueva gesta independentista, sucederá como en el pasado. En esa época,
Argentina dejó de depender de España para convertirse en una nueva joya de la
corona británica, que, cuando entró en decadencia, fue reemplazada por Washington.
En la actualidad, muchos de los que llaman a enfrentar a Estados Unidos,
albergan esperanzas en que, con China, e incluso con Rusia, existirá un mejor
futuro.
¡Mentira, como lo prueba la historia, cualquier dependencia imperial provoca situaciones como las que viven todos los países colonizados: hambre, súper explotación, contaminación del medio ambiente por la depredación de los suelos y un sinnúmero de males que dejarán de existir si se conquista la Segunda y Definitiva Independencia Nacional!

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