martes, 5 de noviembre de 2024

Uruguay, cada vez más dependiente del imperialismo chino, que, lejos de favorecer su economía, consolidó su carácter semicolonial


Por Damián Quevedo

Además de las economías de Argentina y Brasil, el imperialismo chino continúa avanzando en todos los países del continente, desde el Caribe hacia el sur. En esta parte de Sudamérica, Uruguay es una de las cabezas de playa de la potencia asiática.

Esta injerencia económica y política va más allá de los cambios de gobierno, ya que, tanto con el Frente Amplio o con el Partido Nacional -del actual presidente- las relaciones han sido y continúan siendo fructíferas para China.

El presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, recibió en Montevideo al líder de la delegación china. Según informó el Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay, se resaltó el “excelente” estado de las relaciones bilaterales entre las naciones y la “confianza mutua” lograda. Según la Cancillería, las conversaciones, de las que participó además el canciller uruguayo, Omar Paganini, “abordaron el interés de avanzar en la integración económica, con el objetivo de alcanzar un acuerdo de libre comercio”[1].

En este sentido, Xi Jinping acaba de donarle Uruguay equipamiento militar por más de cuatro millones de dólares, un gesto más político que efectivo, desde el punto de vista bélico, con el que China demostró su confianza para con Lacalle Pou y quien que lo suceda.  

Esta relación comercial con la misma lógica que en el resto de América Latina, ya que las inversiones en cuestión están destinadas a crear y fortalecer la infraestructura. Esto tiene que ver con que China quiere mejorar el sistema de producción y transporte de las materias primas, commodities, que sus empresas extraen de Uruguay y el resto del continente.  

Desde América Latina  se exportan predominantemente recursos naturales y productos primarios (incluyendo manufacturas derivadas de estos), importa de China productos manufacturados de mediana y alta tecnología. Esta tendencia se manifiesta con la misma claridad en el caso uruguayo. Nuestras principales exportaciones hacia China se centran en productos primarios, como carne bovina, subproductos cárnicos, productos lácteos, madera, carne ovina y caprina, y lana. Por otro lado, las importaciones desde China abarcan una variedad de bienes: vehículos, insumos químicos agrícolas vestimenta, calzado y tecnología[2].

Esta matriz o modelo productivo, impulsada por todas las potencias imperialistas -desde la época de los españoles, portugueses e ingleses hasta la actualidad- profundiza la dependencia de los países oprimidos, que exportan mercancías sin casi ningún valor agregado e importan productos de las grandes potencias, lo que genera un gran desnivel en las balanzas comerciales.

Para desarrollar las economías regionales, hoy como ayer, es necesario romper las cadenas de la dependencia. Para concretar esta tarea, que sólo pueden llevarla adelante los trabajadores y las trabajadoras de las semicolonias, hace falta una nueva dirección política del movimiento de masas, una conducción que entienda la necesidad de luchar contra todas las potencias, sin sucumbir a ninguna de ellas.

Si esto no ocurre, cuando se intensifique la nueva gesta independentista, sucederá como en el pasado. En esa época, Argentina dejó de depender de España para convertirse en una nueva joya de la corona británica, que, cuando entró en decadencia, fue reemplazada por Washington. En la actualidad, muchos de los que llaman a enfrentar a Estados Unidos, albergan esperanzas en que, con China, e incluso con Rusia, existirá un mejor futuro.

¡Mentira, como lo prueba la historia, cualquier dependencia imperial provoca situaciones como las que viven todos los países colonizados: hambre, súper explotación, contaminación del medio ambiente por la depredación de los suelos y un sinnúmero de males que dejarán de existir si se conquista la Segunda y Definitiva Independencia Nacional!



[1] Infobae 10/08/2024

[2] El País, Uruguay. 18/08/2023

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